Ateneo para una familia, una propuesta que se destaca en la cartelera porteña
La obra de Marcelo Mininno, también director de la pieza, es una pieza muy lograda
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Ateneo para una familia. Autor: Marcelo Mininno. Dirección: Marcelo Mininno. Intérpretes: Agustín Rittano, Karina Antonelli, Malena Figó, Horacio Marassi, Diego Berone, Leila Ducrey, Catalina Fusari, Benjamín Marco, Paula Rozenwurcel y Jonás Volman. Diseño de escenografía: Rodrigo González Garillo. Diseño de vestuario: Pheonia Veloz. Diseño de iluminación: Eli Sirlin. Música original y diseño sonoro: Nico Diab. Coreografía: Andrés Molina. Sala: Teatro de la Ribera (Pedro de Mendoza 1821). Funciones: viernes 14.30; sábado y domingo 16.30. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
La familia ha sido tematizada de manera insistente en la escena argentina. En las últimas décadas, la denominación “disfuncional”, modo de describir lo que no funciona de manera “normal”, se ha asociado a la descripción de la familia a partir de alguna creación escénica. Pero en realidad el término podría haber surgido mucho antes; lo desajustado, lo desarreglado se ha inscripto en la escena de manera sistemática. La pregunta es si una configuración familiar sin conflictos podría devenir obra sobre el escenario. En familia de Florencio Sánchez, obra de 1905, es, al decir de Marcelo Mininno, un intertexto para Ateneo para una familia.

Los vínculos, los problemas —las tragedias— económicos provocados no solo desde adentro (por la ludopatía del padre) sino también por el afuera de la familia (y el adentro del país) muestran una desintegración formidable. Sucede que ya no tenemos un relato relativamente tradicional, ordenado en secuencias cronológicas con articulación de causa-consecuencia, sino que la narración, como la familia, también está rota, interrumpida, alterada, en desorden.
Un ateneo es un espacio simbólico (y no tanto) que se caracteriza por ser instancia de reflexión, de socialización de saberes: ateneo para una familia. ¿Para una? No, para la oscilación entre lo general y lo particular, una familia representa a muchas otras. La cantidad de capas sobre las que se construye la puesta que tiene lugar en el Teatro de la Ribera es verdaderamente inefable.

A telón cerrado, con los restos de una vivienda en decadencia, nos proponen la reconstrucción de una línea genealógica. Acompañar a la madre en el último tramo de la vida y luego desarmar la casa. De ahí en más iremos para atrás en la historia, ida y vuelta. Con personajes que son y que no son. Salvo en algunos casos: la madre es la madre; el hijo que vuelve del sur con su mujer luego de su fracaso con las ovejas y la empresa extranjera también; el padre lo mismo. Los demás ocupan los roles de hijos y en ocasiones alternan con el de perro o el de abuelo o se reemplazan entre ellos. Una familia, todas las familias. Una serie de roles intercambiables.
La familia tuvo una fiambrería o una fábrica de colchones y los proveedores dejaron de entregarles mercadería o se vendieron las máquinas, o vivieron en un departamento cerca de la AMIA o en una casona en La Boca.

Los discursos políticos (literal de los políticos) atraviesan las décadas y las marcas del declive. Todo se repite una y otra vez: las mismas fórmulas, los mismos argumentos, los mismos errores, las mismas huidas. Como se repiten los nombres en la familia. Es en la insistencia, en el surco —como dicen—, en la hendidura que se provoca al pasar una y otra vez por el mismo lugar. Así es nuestra historia, la familiar y la del país.
Los lenguajes que se ponen en juego los habilita la escena. Pueden dar la espalda en bloque, convertirse en ovejas, ocultar el nombre de un político con aplausos, señalar la nota musical de un grito, cantar un tango, desplazarse coreográficamente por el espacio.
La escenografía, el trabajo sonoro, los desplazamientos (y los conglomerados de intérpretes), el vestuario, la iluminación articulan el mismo tipo de discurso que el verbal. Para dar un ejemplo, la ropa dada vuelta, el revés de los bolsillos (los cambios graduales en los “recién llegados”), la manera de mover el mobiliario, habitar un espacio con objetos y prontamente deshabitarlo.

Ateneo para una familia espera un espectador activo que sature los huecos, que repare las ausencias, que reponga los vacíos. Lo que deja también la escena que se desarma como escena, que queda arrasada hacia el final, que deja ver solamente las estructuras de madera. Pero algo de esperanza hay, no diremos por qué.
Además de la brillante dirección y de las sólidas actuaciones de intérpretes de trayectoria, es necesario decir que de los diez actores seis son egresados de la EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramático) de la carrera de Formación del Actor-Actriz que recibieron la Beca «Familia Podestá» para egresados con los mejores promedios. Otro plus para valorar esta propuesta que se destaca en la cartelera porteña.
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