Sarmiento, la clase: una obra que se asienta en la maestría interpretativa de Juan Leyrado
La pieza de Juan Francisco Dasso recorre la obra y el pensamiento del prócer
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Autor: Juan Francisco Dasso. Intérpretes: Juan Leyrado y Carolina Oviedo. Vestuario: Pia Drugueri. Escenografía: Micaela Sleigh. Iluminación: Fernando Chacoma. Diseño de maquillaje: Germán Pérez. Dirección: Nicolás Dominici. Sala: Centro Cultural de la Cooperación (Avenida Corrientes 1543). Funciones: sábados, a las 22. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: Buena
La disposición escenográfica anuncia, en gran medida, lo que minutos después sucederá en ella: una especie de conferencia en la que una tarima, un sillón y una jarra con agua serán todos los objetos necesarios, dispuestos frontalmente en relación a la platea, para garantizar una buena visibilidad del futuro disertante. El título del espectáculo a su vez lo explicita y en las primeras líneas su protagonista lo corroborará. Casi como en un intento de poner claramente las expectativas en su justo término. Se trata de una clase, de una conferencia magistral, en donde la teatralidad parecería estar dada por la identidad de su protagonista: alguien fallecido hace ya más de cien años.
La gran apuesta no está tanto en la novedad del texto sobre el punto de vista a desarrollar sobre Domingo Faustino Sarmiento, sino en la composición interpretativa que, con ajustada precisión, busca la mímesis con aquellas imágenes que nos han quedado del “padre del aula”. ¡Y vaya si lo logran! El parecido de Juan Leyrado con algunas de esas imágenes es más que sorprendente y la propuesta lo sabe: por eso, lo recibe, efecto teatral mediante, con un juego de luces, humo y telón, para darle aun un mayor extrañamiento al ingreso. Del resto ya es sabida y reconocida la jerarquía intelectual y personal del personaje en cuestión.

Recorrido por una obra y un pensamiento
Sarmiento, la clase no pretende ser una obra teatral tradicional, en la que a través de la disposición de los personajes constituir una “ficción” con el objetivo de rearmar algún capítulo en la vida del personaje, como una suerte de teatro documental. Muy por el contrario, se asume como una conferencia que estará “performativizada” (pero no siguiendo las lógicas de ese género tan de moda en la escena porteña de los últimos años). Aquí Sarmiento viene a disertar. Ignoramos quien lo convocó, ni para qué, pero lo tenemos allí, frente a nosotros, y nosotros en el juego dramatúrgico, estamos allí porque los organizadores nos han invitado. Somos espectadores con un rol dramatúrgico específico: no estamos en la sombra, somos la excusa para que este fantasma nos hable. Y en su hablar Juan Francisco Dasso como dramaturgo va realizando un recorrido transversal por la obra y el pensamiento de este prócer, al tiempo que retoma viejas polémicas, como la que despertó en su momento el monumento sobre su figura encargado a Auguste Rodin y emplazado en Palermo, o el “chiste” de nombrar a una avenida porteña con su apellido, y justo en donde se encontraba la estancia de Juan Manuel de Rosas, quien no fuera un amigo suyo precisamente. Él rescata estos sucesos como forma de reforzar la perspectiva histórica que sobre él se yergue y que se vuelve absolutamente necesaria para pensar su obra y reflexionar sobre su pensamiento. Leído desde el hoy y despojado del contexto lógicamente su figura adquiere otro color.
Dasso refuerza el egocentrismo que lo acompaña -datos históricos sobre la personalidad- a través de un juego lingüístico que lo lleva a reforzar el pronombre de la primera persona del singular -innecesario de ser repetido en español por la propia conjugación verbal- y hace que, de manera recurrente y molesta gramaticalmente hablando, diga “yo, yo, yo, yo”. Sus ideas no estarán exentas de polémicas y el climax precisamente será cuando llegue a la carta a Mitre y arribe a su frase “no escatime sangre de gauchos” para introducirlo en un lugar de violencia necesaria, aparentemente, para lograr ciertos fines “nobles”. Es allí que una asistente de la conferencia cobrará volumen -ya había tenido una presencia sutil, para silenciarle un celular que trae en su portafolio y para darle una pastilla “para calmarlo”-. Es un tanto extraño este juego que se hace desde la dramaturgia porque “construye” una ficción que tal vez no habría necesitado la propuesta. La joven asistente cuestiona al prócer por los lugares más sencillos de la crítica, cuestionamiento ante el que él se defiende para inmediatamente dar por concluida la clase. Sarmiento sale de escena por el mismo lugar por el que entró, sin enaltecimiento, sin degradación. Nada ha cambiado, nadie se ha convencido de lo contrario. Todo está allí, inerte, como ya escrito.
Juan Leyrado despliega su maestría interpretativa en este trabajo físicamente mimético, pero librado a su juego por no saber cómo era él en sus acciones, en su capacidad “performativa” a la hora de hablar y de expresarse.
Sabe Leyrado como actor que tenemos gran cantidad de imágenes en nuestra retina y trata de no alejarse de ellas, al mismo tiempo que construye a alguien de gran volumen físico e intelectual, lo dota de una personalidad arrolladora (cómo no pensar que era así alguien que de niño autodidacta llegó a ser presidente, como dice recurrentemente al autodescribirse) y un egocentrismo de gran volumen.
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