Carlos Belloso: del recuerdo del “Vasquito” al dolor por Malvinas y una vivencia que aún lo deja “temblando”
El actor, que acaba de estrenar Casual en el Multiteatro, cuenta cómo logra conciliar su trabajo en el circuito comercial y el independiente; además, recuerda, con dolor, su participación durante el conflicto con Gran Bretaña
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Carlos Belloso habla con la misma intensidad con la que actúa. Sin concesiones, con una honestidad que bordea lo confesional y una lucidez que patenta años de escenario, cámara y vida. Su historia es vasta y singular. Desde aquel debut en la tira de Polka, RR DT, donde encarnó a un barrabrava con una potencia inesperada, hasta la construcción de personajes que quedaron inscriptos en la memoria popular, como el entrañable Vasquito de Campeones o el Quique de Sos mi vida, donde interfería nada menos que entre Natalia Oreiro y Facundo Arana. Ganador de cinco premios Martín Fierro, su trayectoria se despliega con igual solvencia en el teatro comercial como en el independiente, en unitarios de la TV Pública o en producciones para plataformas. Siempre con el compromiso actoral que lo distingue como un verdadero artesano del oficio.
Pero en su historia hay una dimensión que lo mortifica y excede lo artístico. Su paso por la Guerra de Malvinas, una experiencia que lo marcó de manera indeleble y lo inscribe, con la sobriedad que lo caracteriza, en la condición de veterano. Su memoria es admirable en todos los aspectos, respondiendo a las preguntas de manera ordenada y concisa, pero cuando se trata de recrear sus padecimientos en el artillero antiaéreo de Río Gallegos, a su fotografía mental le imprime dosis de angustia.
Y sobre esa convivencia entre el actor y el hombre, su pasado en Malvinas y su trayectoria multipremiada, Belloso se regenera desde lo profesional. Ahora con Casual, obra que estrenó recientemente junto a Malena Guinzburg, Mica Lapegüe y Diego Gentile, bajo la dirección de Pablo Fábregas en el Multiteatro. Entusiasmado como quien nunca trabajó en la avenida Corrientes, pero con la tranquilidad de tantos años recorridos.
“Una postal de época”

-Estrenaste Casual, obra que une actores del hemisferio comercial con los del independiente.
-Es una postal de época. Ahora suele pasar que los elencos son muy eclécticos. Actores de muy diversos géneros que se unen para que cada uno desde lo suyo lleve gente. Mica Lapegüe está en la tele y tiene muchos seguidores en redes. Malena tiene su público cautivo que la sigue donde va. Yo que tengo un poquito más de trayectoria, pero también tengo mi público. Gentile es un obrero como yo y Claudio Martínez Bel, una garantía de calidad. Así todos.
-¿Cómo llegaste a este reparto?
-Tomás Rottemberg, productor y amigo, me ofrece obras de vez en cuando porque trabajé mucho en Multiteatro y siempre me considera. En esta ocasión me cuenta que hay una obra que ganó el premio Contar que es de Aadet [cámara que reúne a empresarios teatrales del circuito comercial], y eso es bárbaro porque es como que el texto ya está aprobado por profesionales del rubro. Y cuando me dice que iba a estar Diego Gentile, le dije que la hacía. Gentile es muy amigo mío y trabajar con él es un placer. El teatro para mí es eso, juntarse con gente que quiero y después vemos la obra.
-¿De qué trata y qué universo propone?
-Trata sobre una conocida en común que está internada y embarazada. En esa sala de espera está la amiga, el novio de la amiga, una compañera del taller de crochet y yo que soy su jefe, que necesito saber las claves de mi trabajo. Y al entrar a su teléfono, accedemos también a una aplicación de sexo casual. Entonces ahí tenemos la posibilidad de descubrir quién puede llegar a ser el padre del bebé para contarle. Hurgar en una aplicación de sexo casual y tratar de ver quién es el padre, ya ofrece un lugar de muchos gags, explotados muy bien por nuestro director Pablo Fábregas, que es efectivísimo.
-Siendo el actor con más trayectoria, ¿asumís el rol de cabeza de compañía?
-No, para nada. No me considero un referente para mis compañeros de elenco, esté donde esté, haga la obra que haga. Yo soy más un obrero de la cultura. Entro a recibir órdenes de un productor en teatro comercial o de un director en cine. Ellos tienen en la cabeza cómo es el producto que quieren. Y en base a eso después estamos los actores. Los actores somos el engranaje de un sistema que tiene que pensar el productor primero y luego el director.
“He hecho cosas rarísimas”
-A lo largo de tu carrera, alternaste obras y series de mucha visibilidad con teatro independiente para pocos espectadores.
-Porque para mí el teatro independiente es una fuente constante de experimentación. Yo lo llamo el manantial creativo. He hecho cosas rarísimas, mí he tenido muchos aciertos y obras que me dieron muchas satisfacciones. El teatro independiente te permite probar, dar pasos en falsos, que en otros ámbitos no podrías. En el teatro comercial los productores te llaman para que seas efectivo, como en la televisión. Hubo una época en la que Adrián Suar siempre me llamaba para resolverle personajes. Y no podía fallar.
-¿Un ejemplo que grafique esa experimentación?
-El personaje de La niña santa de Lucrecia Martel salió por una obra que yo estaba haciendo con Javier Daulte bajo una estética naturalista. Vino a verme a una función que hicimos en España y si yo no hubiese probado esa estética, me hubiese perdido uno de los mejores papeles de mi vida.
-¿Otros personajes bisagra?
-El Vasquito me disparó como actor popular. Y ese es otro ejemplo que muestra que uno es un laburante y necesita de todo el equipo. Porque la idea de los anteojos remendados fue de Sebastián Pivotto, director de Campeones, que me dijo que como el personaje se rompía siempre la cabeza, tenía que salir así. Y fue la clave. En el verano del 99 al 2000, los chicos se disfrazaban del Vasquito y mandaban sus fotos a Polka. Y después en contraposición, llegó Tumberos, Okupas y Sol negro, productos desprendidos del cine de Pizza, birra y faso, que marcó también una tendencia, que Sebastián Ortega continúa hasta hoy con En el barro.
-La historia debería revalidar a Sol negro que tenía un elenco, al día de hoy, de lujo.
-Era una especie de El marginal, pero en un neuropsiquiátrico. Los coprotagonistas éramos Ariel Staltari, Diego Capusotto y yo, los tres más dementes junto a Fernando Peña. Rita Cortese era la directora, Alejandro Urdapilleta uno de los doctores y Rodrigo de la Serna, el protagonista. Lo hicieron Sebastián Ortega y Marcelo Tinelli cuando todavía eran amigos.
-Y entre medio, el sordomudo de Culpables.
-Exacto. Suar me llama y me dice: “Te necesito para que hagas de un sordomudo, empezás a grabar en dos semanas”. Yo tenía un amigo que trabajaba en el Banco Provincia que me cuenta que en la tesorería trabajaban siete personas sordomudas contando plata, porque había tanto ruido de máquinas y personas, que era preferible gente que no escuchara para que estuviera concentrada. Me presentó a los siete, saqué un promedio de personalidades y nació Donatello, que se terminaba levantando a Gabriela Toscano. Hago la primera aparición y me contactan de Villasoles, una escuela de señas para sordomudos, para preguntarme qué hacía trabajando en la televisión y no estaba en la comunidad de ellos. Después me enteré de que no veían televisión, que solo veían Sony porque estaba subtitulado, que se reunían a cantar por vibración. Descubrí un mundo nuevo. La primera vez que fui a Villasoles, me recibieron cantando “La gallina turuleca” por vibración, tocándose la garganta.
“Me deja temblando”
-Cuando te quedás solo con vos, ¿te pesa Malvinas o tus cinco Martín Fierros y tus logros profesionales lo dejaron muy atrás?
-Es una causa que a mí me deja temblando porque cuando comencé el Servicio Militar, mi viejo me dijo: “Lo vas a disfrutar, te la vas a pasar viajando”. Y peor yo diciéndome: “Uy, qué bueno, el Servicio Militar, voy a tener compañeros”. Y cuando entré, nos arrasó un tsunami. Lo recuerdo perfectamente. El 2 de abril nos dicen: “Entramos en guerra con Gran Bretaña”. Yo había terminado la instrucción de artillería y estaba en el polígono como infantería haciendo tiro. Nos cambian la bandera chilena por una inglesa y hubo que empezar a practicar.
-¿Qué es lo que más recordás?
-El frío. Cuando hace menos 25 grados no sabés qué más ponerte. Querés sacarte las orejas porque se te inflan. Tuve principio de congelamiento. Y después el trabajo intenso y continuo, de cargar y descargar municiones. Yo custodiaba el aeropuerto de Río Gallegos, desde donde salían la mayoría de los aviones que iban a combatir y pelear contra las flotas inglesas. Años después, creo yo que con el Pacto de Olivos, Menem y Alfonsín decidieron correr 200 millas el Teatro de Operaciones para librarse de pagarle la pensión a nueve mil efectivos que estuvieron en la costa. Unos miserables. Así que yo no estuve en Malvinas por un decreto.
-¿Te quedó algo en lo cotidiano que te lleve inmediatamente a la guerra?
-El frío. Ahora bien, yo puedo ver una película de la Segunda Guerra Mundial, un documental sobre Kosovo o una guerra intergaláctica y no me pasa nada. Ahora, veo una guerra donde los soldados tienen el casco con antiparras y me anulo. Me agarra frío, me quiero ir. Porque uno de los símbolos de Malvinas fueron esos cascos. Pero claro, yo para la historia argentina no combatí en Malvinas.
Para agendar
Casual. Funciones: Miércoles, jueves y viernes, a las 21. Sábados, a las 19 y a las 21, y domingos, a las 19. Sala: Multiteatro, avenida Corrientes 1283.
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