Después de casa de muñecas: Nora y otro potente portazo a lo ya establecido

Federico Irazábal
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18 de abril de 2019  

Texto: Lucas Hnath / Elenco: Paola Krum, Jorge Suárez, Julia Calvo y Laura Grandinetti / Escenografía: Alicia Leloutre y Julieta Kompel / Iluminación: Sebastián Francia / Vestuario: Ana Markarian / Dirección: Javier Daulte / Duración: 90 minutos / Sala: Paseo La Plaza / Nuestra Opinión: Muy buena.

No sabemos si Henrik Ibsen tenía noción cuando describía en las últimas líneas el más famoso portazo de la historia del teatro occidental, de cuánta tinta ocuparía, más de un siglo después, el accionar de ese personaje llamado Nora, que renunciaba a todos los mandatos que la sociedad de su tiempo le imponía. Más de cien años después, autores de diversos géneros y naciones osaron hacerse una pregunta: ¿qué pudo haberle pasado a Nora, como mujer, luego de renunciar a la maternidad y a todas las "obligaciones" que tenía? Lo hizo Elfriede Jelinek en su momento y décadas después nos encontramos con otra pieza que realiza una operación semejante aunque no idéntica llamada Casa de muñecas, parte II y ofrecida aquí con el nombre Después de casa de muñecas. En ella, Hnath trabaja con la idea de la saga e imagina un final posible para esa mujer. Y la ve exitosa, aunque disfrazada detrás de un seudónimo y amenazada por un juez que busca reparar el "orden" moral que Nora perturba.

La lectura que realiza Javier Daulte es brillante, en el sentido de que comprende perfectamente que desde lo actoral debe jugar la continuidad de Casa de muñecas, mientras que desde lo temático y, también, lo retórico debe enfatizar la idea de asamblea. Es allí donde su sociedad con Alicia Leloutre rinde frutos, puesto que el diseño escenográfico sostiene esa lectura: una arena circular en la que los personajes serán observados por un tribunal: la platea. Tanto el sistema lumínico como el escenográfico interfieren lo menos posible ante la instancia "asamblearia". Muy por el contrario, el mobiliario y el vestuario juegan a lo "representacional" y ubican al espectador en otro tiempo y otro lugar.

Los actores se encuentran ante el desafío de lograr una actuación realista, mientras el dispositivo los expone en una estética contraria a eso que hacen cuando "actúan". Y, hay que decirlo, entre el talento individual y la dirección de actores de Daulte salen todos triunfantes ante el desafío. Componen y desarman sus personajes con enorme velocidad. Tienen el desafío de volverse creíbles en su padecer, en su ubicación histórica y en la trama que representan y actúan mientras se saben conejillos de Indias de un experimento que cuestiona con inteligencia cuánto hemos avanzado, como sociedad, desde aquel emblemático portazo.

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