
"El Zorro" es eterno
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"El Zorro III - La espada de la libertad". Versión libre de Fernando Lúpiz y Javier Morello, basada en el personaje y los libros de Johnston Mc Culley. Música: Angel Mahler. Esgrima: Fernando Lúpiz y Gustavo Pintos. Escenografía: Daniel Feijoo. Vestuario: Alfredo Bolonia. Iluminación: Gastón Díaz. Video: Walter Donnenfeld. Intérpretes: Fernando Lúpiz (el Zorro y don Diego de la Vega), Pablo Carrasco (capitán Monasterio), Pablo Carnaghi (sargento García), Marcelo Serre (cabo Reyes), Gonzalo Urtizberea (teniente Muñoz), María Marull (Teresa), Roberto Fiore (Don Alejandro), Fabián Rendo (Bernardo), Paula Marull (Luisa), Pablo Gianotti (Pedro), Javier Helguero (padre Agustín), Noelia Carunchio (camarera), Gustavo Pintos, Alejandro Bogado y Miguel Angel Rossetti (soldados o forajidos). Puesta en escena y dirección general: Carlos Moreno. En el Astral, Corrientes 1639, los sábados y domingos, a las 15.30. Entradas entre 15 y 25 pesos.
Nuestra opinión: bueno
Este personaje, con su identidad secreta, su buen corazón y su espada invencible, héroe de tantas aventuras, se está convirtiendo en el protagonista de una cita obligada de grandes y chicos en la temporada invernal de la cartelera infantil de Buenos Aires.
Además de los atributos mencionados, el Zorro tiene un atractivo muy poderoso: está firmemente arraigado en el imaginario de los adultos jóvenes, cuya fantasía capturó hace tiempo desde una exitosa serie.
Así que los padres quieren volver a ser niños junto a sus hijos, jugar a que los malhechores y los poderosos corruptos pueden ser derrotados, que la libertad puede ser recuperada y el amor es posible. De modo que llevan a sus niños a ver otra aventura del señor de la Z, cantan su canción y aplauden sus combates. También abuchean a los malos.
Inevitablemente, como pasa con una historieta, el argumento resulta lineal y pueril, pero a la vez legítimo, porque tiene bien delimitadas sus pretensiones.
Dentro de ese marco, se han resuelto con habilidad los frecuentes cambios de escenario de la serie. Como en la tramoya más tradicional, los telones suben y bajan para ubicar los hechos en un lugar diferente: la casa de los De la Vega, el despacho del capitán Monasterio, la cárcel, la iglesia, la Montaña de la Calavera, la cueva de los ladrones, la taberna del pueblo, el escondite del Zorro.
Un video intercala las escenas a caballo, narra antecedentes de la historia e incluso representa algunas evocaciones melancólicas.
El texto, tanto en los diálogos como en los relatos, se limita simplemente a transmitir información. Como la intriga es complicada, no es fácil explicar quién hizo qué, qué cree cada uno que el otro hizo y quién tiene la culpa. Eso es característico de las historias que rodean al personaje y para eso está el héroe, para defender al inocente y poner en claro la verdad. De modo que las complicaciones están aceptadas como un código necesario, aunque esto obliga a los estereotipos en la actuación y en el discurso, y produce baches en el ritmo.
Pero también, entre estos estereotipos, el espectador puede encontrar algo de lo esperado: los momentos de humor con las torpezas del sargento García y las del teniente Muñoz, personaje muy acertado en su aporte.
Lógicamente, los combates de esgrima son parte fundamental del espectáculo. Con menos precisión y brillo que en temporadas anteriores, pero suficientemente interesantes, extendidos y frecuentes para que el público se sienta satisfecho. Los combates se aplauden con entusiasmo, fascinan a grandes y chicos, y tienen algunos toques de humor bien puestos. El toque de actualidad lo dan las protagonistas femeninas, que también esgrimen sus espadas en un momento, o sea que las chicas no quedan afuera.
Simpatía acogedora
Los chicos, especialmente los más pequeños (salvo alguno que puede impresionarse cuando empiezan a chocar las espadas o con los gritos de Monasterio) por momentos desvían su atención y conversan, entre sí o con sus padres; parece ser otro modo de participación, en su propio mundo armado con algunos elementos que la obra les va proporcionando. Es un fenómeno interesante, como cuando en una fiesta familiar están integrados, pero haciendo lo suyo, y a la vez atentos a cuando viene una parte que les interesa. O sea, salen y entran de lo que se les está mostrando, a su tiempo y gustos, cómodos porque sus adultos están contentos festejando los aciertos del héroe y abucheando al antagonista.
El clima que logra el espectáculo es el de una fábula a la que se vuelve con nostalgia y cariño, un juego en el que campean la simpatía y el humor. Tal vez por eso el público le entrega su adhesión sin ser demasiado exigente.
En síntesis, un entretenimiento amable.
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