
Fiesta de la danza en el Colón
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Espectáculo coreográfico . "Coppelia". Música de Leo Delibes. Coreografía de Enrique Martínez. Libreto de Charles Nuitter y Arthur Saint -Léon basado en "El hombre de arena", de E. T. A. Hoffman. Dirección de montaje: Marta García. Repositores: Marta Argüelles y Leonardo Cuestas. Escenografía y vestuario de Luciano Varona. Diseño de luces de Oscar Pantano. Con Karina Olmedo, Alejandro Parente, Carlos Trunsky, María Elena Astrova, Gabriela Alberti, Natalia Sarraceno, Julio Martínez, Daniel Negroni, solistas y cuerpo de baile. Director de la Orquesta Estable: Carlos Calleja. Directora del Ballet Estable: Marta García. En el Teatro Colón. Nuevas funciones: miércoles 6 de agosto y viernes 8, a las 20.30, y domingo 10, a las 17.
Nuestra opinión: excelente
Una sala repleta de adultos y chicos dio aires de festejo a la primera de las cinco funciones (con diferentes repartos) que se verán de "Coppelia" en el Teatro Colón.
Esta es una obra cuyas claves son la picardía, el romance, los embrollos en los que se ven envueltos los protagonistas y, sobre todo, la frescura y alegría de los personajes centrales, con la excepción de un malhumorado seudoinventor, el Dr. Coppelius, que, aunque chiflado a la vista del pueblo, resulta simpático en su payasesca personalidad.
Enrique Martínez, a quien se debe esta coreografía que hace años enriquece el repertorio del Colón, dio mucho vuelo a la danza y lo que realiza el cuerpo de baile nutre con fuerza el todo. En el primer acto, cuando por los gestos mimosos y caricias se revela que Swanilda y Franz están noviando, el resto acompaña en momentos justos con bailes de estilo regional (mazurcas, czardas) y otros donde pone a prueba las cualidades clásicas tanto de las mujeres como de los varones. De esta manera, el cuerpo de baile se luce a full y da el atractivo ingrediente para sustentar la historia que vivirán los enamorados.
De modo que una radiante sucesión de danzas grupales dará oportunidad para que se encuentren los amigos y las disfruten juntos. El clima se torna efervescente. Mas algo llama la atención e intriga a los pobladores: no sólo los ruidos y explosiones que provienen de la casa del Dr. Coppelius, sino también la muchacha, indiferente a la algarabía que se genera en la plaza, que está sentada en el balcón, leyendo un libro. Franz se las da de galán y hace lo imposible para que la chica lo advierta. Pero nada sucede. Hasta que en un momento, en un extraño proceder, ya que pasa de la concentración en la lectura a mandarle besos, deja al joven deslumbrado y orgulloso por haber logrado su intención. Esto no pasa inadvertido a Swanilda, y será motivo de reyertas con el cabeza fresca de su novio. Aprovechando la salida de Coppelius, por un lado, Franz ingresa a la casa apoyando una escalera en el balcón. Por el otro, furiosa, Swanilda convence a sus amigas de entrar para "pescar in fraganti" al infiel.
Segundo acto cautivante
El segundo acto es el más cautivante, ya que en el ámbito, enorme y polvoriento como el de un laboratorio estilo película de terror, hay colgadas enormes figuras que imitan a seres humanos de distintos países, y otras sentadas. Si bien la curiosidad es enorme, también lo es el miedo, pero cuando una de las intrusas se atreve a tocar a una, ésta se mueve y realiza un baile chino.
Entusiasmadas, le dan cuerda a todo y se arma un divertido enredo de personajes bailando cada cual según su "nacionalidad". Lo más estremecedor es lo que hay detrás de una cortina, que Swanilda no se anima a abrir porque sabe que allí está la mujer que vio en el balcón. Convencida de que podrá "cantarle las cuarenta a su rival", finalmente se le enfrenta, pero la muchacha sigue, imperturbable, leyendo su libro. Asombrada, Swanilda pasa su mano delante de los ojos de la lectora, y se da cuenta de que no sólo no parpadea sino que no hace ningún otro movimiento. Ahora comprende que es una muñeca y, riéndose a carcajadas, se burla de Franz, que ha quedado prendado de un cuerpo de porcelana relleno de paja. Esto la alivia y le da idea de venganza, pero llega Coppelius y las amigas huyen.
La única que no puede hacerlo es Swanilda, que encuentra un escondrijo. En tanto, Franz ya ha entrado y se topa de narices con el dueño de casa, que forzadamente lo emborracha. La razón por la cual Coppelius encierra al muchacho es porque, según un antiguo y enorme libraco de magia, si toma la energía de un ser humano y la pasa, diciendo algunos conjuros, a su favorita y adorada muñeca Coppelia, ésta adquirirá vida.
Pero Swanilda, cuando se vio en peligro, no tuvo otra salida que vestirse como el maniquí, y engaña al inventor haciéndole creer que es Coppelia y que con esos pases mágicos ha adquirido el don de convertirse en humana. Son famosas las danzas que hace aquí la protagonista, desde que comienza caminando como un robot hasta que baila con salero como una española y con gran precisión y potencia, como una escocesa.
Esta es una prueba básica de este ballet, y Karina Olmedo estuvo soberbia, con su técnica sólida y de bella línea que no da paso al mínimo error, y con la naturalidad y la gracia que le son inherentes. Luego de demostrar a Coppelius el engaño, logra liberar a Franz y es entonces cuando todo se define con felicidad, ya que el último acto es el de la boda.
A través de la pieza, Olmedo y Alejandro Parente realizan labores estupendas, él, expresando las características de pillo, de las cuales se arrepentirá, y con buena técnica, dando lo mejor en los pas de deux, sobre todo en el último, que es lírico y en el cual Olmedo también brilla en equilibrios, promenades y traduciendo en cada paso la interpretación de su personaje. Son papeles que les quedan como guantes a ambos.
El cuerpo de baile tuvo homogeneidad y brío, con una entrega que dio mayor luminosidad al todo. Fue perfecta la labor de Gabriela Alberti, como La Aurora, agradable la de Natalia Sarraceno como La Plegaria y vigorosa y excelente en el estilo la de los solistas de la mazurca, Maricel De Mitri y José María Varela.
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