
Hombre vertiente
Hombre vertiente / Elenco: Ignacio De Santis, Eugenia Di Marco, Eliana Espasande, Juan Guiraud, Leo Kreimer, MarIa Eugenia Kochian, Federico Mackinze, Tomas Middleton, Paola Nicodemi, Sebastián Prada, Lara Ruiz y Juan Veppo / Música: Gaby Kerpel / Vestuario: Mariano Toledo / Dirección: Pichón Baldinu
Nuestra opinión: regular
Pichón Baldinu fue uno de los tres creadores de La Organización Negra. Tiempo después creó, junto con Diqui James, el grupo De la Guarda (también disuelto). En todos estos años viene desarrollando una línea de trabajo que generó un público propio acostumbrado ya a involucrarse entre acciones que lo tienen como protagonista, a dejarse maravillar por propuestas de enorme impacto visual y sonoro y a proyectar su propio imaginario como espectador junto con esos seres alados que tomaron vida por primera vez en U.O.R.C., experiencia de 1986.
En Hombre vertiente, Pichón vuelve a copar la sala Villa Villa, aquel espacio polifuncional que lleva el mismo nombre del show de De la Guarda que paseó por todo el mundo. En cierto modo, este nuevo montaje es la versión extendida de uno similar que presentó en la Exposición Internacional de Zaragoza, en 2008. También es su versión sintetizada. Extendida, porque aquella experiencia duraba apenas 20 minutos. Sintetizada, porque si en España entraban miles de personas, en Villa Villa la cantidad de espectadores debe rondar las 400 personas.
El espectáculo comienza con un simple efecto que, respetando el ADN del lenguaje performático que Pichón transita desde sus inicios, desconcierta al espectador que está parado en el espacio central. Claro que, a partir de ese momento y casi hasta el final, la acción se desplaza al enorme escenario. Desde la perspectiva de la utilización del espacio escénico, la propuesta circula por ejes tradicionales que pueden decepcionar al espectador que va a buscar otro tipo de adrenalina, otro tipo de fricción física. Es más, el que optó por estar parado llegado el momento podrá preguntarse si no era mejor estar en alguno de los dos sectores VIP que tienen asientos como si fuera el pullman de una sala.
Lo que sucede en el escenario tiene impacto visual y un indiscutible nivel de producción (de hecho, hay en juego 18.000 litros de agua). En algunas de esas escenas, una coreografía realizada entre potentes chorros alcanza niveles sumamente atractivos. Claro que -debido a una dramaturgia confusa que intenta seguir las reflexiones del personaje central, a escenas que parecen ya vistas y a un trabajo sonoro que, salvo al final, no inquieta- la nueva propuesta de Pichón Baldinu y la Compañía Ojalá pierde sustancia.
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