
Jorgelina Aruzzi, brillante
Carmen de la Cruz / Texto, dirección e interpretación: Jorgelina Aruzzi / Escenografía y vestuario: Verónica Segal / Iluminación: Mercedes Abraham / Diseño de sonido: Pablo Palavecino y Jorgelina Aruzzi / Voces en off: Carlos Belloso, Marco Antonio Caponi, Marina Votti, Fred Raposso, Iris Barth y Pablo Palavecino / Asistente de dirección: Pablo Palavecino / Sala: Timbre 4, México 3554 / Funciones: jueves, a las 20.45 / Duración: 65 minutos / Nuestra opinión: muy buena.

Carmen es un ama de casa que -de puro aburrimiento- acepta participar de una encuesta sobre productos de limpieza y otras yerbas. Se promociona como una experiencia de "neuro marketing" y eso es lo que más la divierte; cualquier cosa es mejor que la rutina. Carmen llega al lugar el día y la hora estipulada, y se encuentra con una sala tapizada por un enorme croma verde que pronto será -a sus ojos- una suerte de juego de multiple choice sobre productos de uso cotidiano. Ella, encantada; ¿qué mejor que salir de compras? Pero para jugar debe calzarse un casco y un chaleco con conectores eléctricos que la ¿medirán?, ¿escanearán?, ¿picanearán?
Las preguntas e indicaciones del guía del proyecto son para ella una excusa perfecta para hablar de sus hijos, de su marido, de la chica que la ayuda con el planchado, del edificio con amenities en el que vive, de su suegra, de los vecinos. Carmen disfruta como una nena que haya alguien (detrás del vidrio) que la esté escuchando, y habla y desnuda una soledad con rasgos paródicos que terminan siendo dramáticos.
La neuroexperiencia de Carmen parece una trampa en la que se va enredando, en la que se va mostrando a través de una paleta de personalidades que van desde la inocencia más supina hasta la frialdad más calculada. En el medio, la enorme actriz Jorgelina Aruzzi.
Más allá de que ella escribió y dirigió la obra, no se puede más que aplaudirla, sobre todo por su interpretación. Y luego, claro, por lo demás. Es que por algo hay que empezar. El trabajo es tal que parece imposible que haya podido dirigirse a sí misma, y en el programa de mano está la respuesta: el actor Pablo Palavecino, quien jugó a ser sus ojos y mucho más. Así se entiende que Aruzzi haya podido componer a esta mujer que hace saltar las lágrimas de la risa para luego contagiar su angustiosa y enloquecedora soledad.
El trabajo de esta actriz es realmente maravilloso, hay un enorme nivel de detalle, con cambios milimétricos que hacen fácil entrar en ese imaginario de neuronas aplastadas, sacudidas y desenmascaradas.
Una verdadera sorpresa esta Carmen en la Cruz, no porque no se espere algo de verdad bueno con esta actriz -ahora también directora y dramaturga-, sino porque, además de todo, la propuesta es realmente original, está bien desarrollada y mejor plasmada. Cuando uno entra no se puede ni imaginar hacia dónde va todo y cuando va avanzando, tampoco puede suponer dónde termina. Es hermoso, y tremendamente divertido, dejarse llevar de su mano.
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