La Nona se come la música
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"La Nona (Un musical argentino)" , de Roberto Cossa, en versión de Eduardo Rovner y Ernesto Acher. Intérpretes: Hugo Arana, Elsa Berenguer, Georgina Frere, Claudia Lapacó, Luis Luque, Tino Pascali y Juan Carlos Puppo. Iluminación: Roberto Traferri. Vestuario: Renata Schussheim. Escenografía: Alberto Negrín. Arreglos y dirección musical: Gerardo Gardelín. Dirección: Claudio Hochman. Duración: 100 minutos. En el Presidente Alvear.
Nuestra opinión: bueno
Que la cabeza de una estructura social se afane en destruir a las fuerzas que la sostienen es una realidad que día tras día asombra desde los titulares de los diarios.
Roberto Cossa terminó de escribir esta pieza en 1977, cuando la tumultuosa vida político-social argentina estaba cubierta por oscuros nubarrones de exterminio. Era una situación en la que la impotencia no dejaba campo libre a la acción.
Pero que este planteo, en 2001, en plena democracia, mantenga una lectura similar es para preocuparse. Y cómo no, si se percibe que el poder político, económico y financiero se empeña en fagocitar a los miembros de una gran familia.
Esta Nona, "Nonita" como la llaman sus familiares, no conoce límite para su voracidad. Se convierte en un gran vampiro que chupa ininterrumpidamente la sangre de su familia. A pesar de sus cien años de vida escapa airosamente de todo signo de debilidad senil hasta transformarse en una gran boca que no se cansa de comer. Y en este menester cotidiano va exprimiendo los recursos y la salud de sus hijos, nietos y demás allegados. Nadie se salva.
Esta es la mirada que se extrae de la nueva versión, ahora en formato musical, de "La Nona".
La transformación de este claro y valioso exponente del neogrotesco en un musical no sólo no distorsiona el drama, sino que el soporte melódico es totalmente prescindible porque no aporta ni modifica nada de la estructura original.
Es más: afortunadamente, el conflicto sobrevive al injerto y sale totalmente indemne. Desde el punto de vista musical no hay un género definido: se entremezcla el bolero con la milonga, todo demasiado externo. Las canciones, por su parte, son meramente ingredientes decorativos que se sostienen por los recursos vocales de algunos actores, y están concentradas en el comienzo de la obra. Lo que se escucha después son efectos sonoros incidentales que se reproducen con los instrumentos.
Aciertos y desaciertos
El tema es duro, No importa por dónde se lo mire. La puesta de Claudio Hochman despliega la acción utilizando todo el gran escenario del Presidente Alvear. Esto provoca la pérdida del ritmo por los desplazamientos de los actores y también por el excesivo uso de congelamientos. Como contrapartida, la puesta, en la que predomina la estructura de una gran boca, sirve para afilar, un poco, las aristas ríspidas y amargas del drama y ofrecer, con el subrayado del humor, una mirada más suavizada de la realidad. Contribuye en la resolución estética, y mucho, el diseño lumínico, que alcanza elocuentes contrastes.
Tiene que ver en beneficio de la obra la elección del elenco, en el que sobresalen Claudia Lapacó, cada vez más sólida en las composiciones dramáticas; Juan Carlos Puppo, impecable en los matices, y un notable Luis Luque que, en su papel de chanta y enemigo del trabajo, logra irradiar ternura.
Hugo Arana, como La Nona, por razones de marcación, no tiene espacio para un trabajo más versátil y se encuentra atado a una composición demasiado esquemática.
Elsa Berenguer y Tino Pascali, con algunos altibajos, también tienen sus momentos de lucimiento. Desafortunadamente, no sucede lo mismo con Georgina Frere, que no encuentra una buena resolución en la efectividad de su personaje para hacerlo creíble.
El mérito, más allá de los reparos, está en haber podido convalidar los valores de una obra que pasará a convertirse en un clásico, siempre vigente, frente a la realidad política, económica y social de la Argentina.
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