La paz perpetua (una fábula moral): un friso ético-moral violento e irónico

Crédito: Gustavo Reverdito
Juan Carlos Fontana
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28 de junio de 2019  

Dirección, espacio escenográfico e iluminación: Guillermo Heras / Directora adjunta: Natacha Delgado / Elenco: Francisco Donovan, Mariano Mandetta, Gustavo Pardi, Julián Pucheta y Carlos Sims / Sala: Andamio 90, Paraná 660 / Funciones: martes, a las 20 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena

El teatro del madrileño Juan Mayorga, un asiduo autor de la cartelera local, tiene la virtud de construir una dialéctica entre la víctima y el que la somete que le permite al espectador reconocerse en aspectos íntimos de uno y otro.

La paz perpetua está inspirada en el texto que el filósofo Immanuel Kant escribió en 1797 y se refiere a esa "ilusión" de que el hombre evolucione hasta lograr la paz perpetua de convivencia. Pero como estamos hechos de contradicciones, en ellas se apoya Mayorga para elaborar su pieza.

Para exponer esta tesis de que los Estados necesitan crear sus propias fuerzas y métodos para defender al ciudadano común, Mayorga elige para su relato a cinco protagonistas: tres perros antropomorfos, un inválido y un carcelero. Unos y otros habitan un espacio en el que son observados día y noche. En esa micro sociedad, a esos perros se los prepara para cazar y detectar terroristas. Ellos serán entrenados y expuestos a humillantes exámenes físicos y psicológicos. De esos tres perros de raza quedará uno solo, que recibirá el codiciado collar blanco de los K7, un cuerpo de élite del gobierno cuya misión consiste en cuidar a los indefensos ciudadanos. A partir de ese momento el mismo espectador tendrá que interrogarse si considera aceptables o no los métodos a emplear para aniquilar o torturar a un terrorista.

Por lo expuesto el trabajo pensante del espectador es arduo, pero Mayorga, que en esta pieza hereda esa punzante ironía y violencia del inglés Steven Berkoff y el director, también madrileño, Guillermo Heras, se las ingenian para entregarnos un friso ético-moral entretenido que refleja muy bien esta época, en la que "el Gran Hermano" parece saberlo todo de nosotros.

Guillermo Heras -que ha dirigido otros textos de este autor-, especialista en hacer que la acción lleve al texto y no al revés, disimula con valiosos recursos escénicos ese típico engolosinamiento de Mayorga por extenderse en el uso de la palabra y sus virtudes. Su puesta en escena es visceral, detallista y minimalista y supo guiar a sus cinco intérpretes, en especial a los que hacen de perros (Francisco Donovan, Julián Pucheta y Gustavo Pardi), por una inquietante partitura de gestos y movimientos en la que se observa ese costado violento e irracional del hombre sometido a sus circunstancias.

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