
Las descentradas
Autora: Salvadora Medina Onrubia. Versión y dirección: Eva Halac. Interpretes: Eleonora Wexler, Rroberto Vallejos, Guadalupe Docampo, María Urdapilleta, Agostina Degasperi, Facundo García Dupont, Ernesto Claudio, Carlos Scornik, Gabriel. Rivas, Alejandra Flores, Nazareno Molina y María del Carmen Sanchez. Luces: Miguel Solowej. Música: Sergio Vainikoff. Escenografía y vestuario: Micaela Ssleigh. Sala: Teatro Regio. Duración: 95 minutos.
Nuestra opinión: muy buena.
En marzo de 1929 se estrenó en el entonces teatro Ideal y de la mano de la compañía Artistas Unidos un texto que acompañaba parte de un incipiente feminismo y que causó cierto revuelo. Salvadora Medina Onrubia es una de esas mujeres que ha pasado a la historia por sus pensamientos, por sus acciones, por el modo en el que supo enfrentar a la política cotidiana -su famosa carta al general Uriburu, tildado por ella de "Júpiter doméstico"- y fundamentalmente a los condicionamientos de época y de clase a los que se vio sometida y revelada.
En este sentido Las descentradas podría funcionar como un perfecto resumen para entender el funcionamiento de ese feminismo por momentos ingenuo pero prepotente para la época y por sobre todo como introducción al pensamiento de su autora, una mujer que no quiso acomodarse nunca al lugar que la sociedad le tenía destinado y que optó, para su vida, por ciertos toques trágicos antes que por un melodrama ramplón.
La obra nos ubica en un medio en el que los políticos, los jueces y la alta burguesía nacional se mueven con comodidad. Elvira, la trágica protagonista de la pieza, será la esposa de un ministro al que desprecia y denuncia ante el periodismo por cada una de sus tramoyas. El, más sediento de poder que de amor, usa situaciones de alcoba para poder deshacerse de una mujer que sabe demasiado de sus actos corruptos, y ella, por su parte, caerá víctima del enamoramiento de un hombre prohibido: el prometido de una niña con la que estableció un vínculo materno.
Eva Halac desde hace ya varios años viene trabajando sobre modelos estéticos e interpretativos anacrónicos y demuestra un profundo nivel de conocimiento acerca de las conductas, las relaciones y los modos de ser de esas clases sociales de aquellos tiempos. Y si bien podría haber sintetizado aún más algunas escenas, hay que señalar que tuvo que resolver -y salió airosa en ello- los enormes parlamentos de la protagonista, dueña de un discurso mordaz y muy acostumbrada a escucharse. Desde el punto de vista dramático, esos enormes párrafos atentan contra la escena, pero a su vez son imprescindibles para comprender al personaje. La decisión de Halac para transitar esos momentos fue detener literalmente la escena y dejar que sea el lenguaje el único vocero de la información necesaria.
Eleonora Wexler se mueve dúctilmente por las diferentes instancias de su personaje, el que por cierto le realiza enormes demandas, porque tiene que pasar de la ácida ironía a la sensiblería romántica y de allí a una heroica tragicidad. Para lograr la intensidad que cada uno de esos tres actos le exige recurre a un trabajo corporal que le permitirá lucirse en todos sus inteligentes parlamentos y comentarios críticos sobre la belleza, el rol de la mujer y los determinismos de género.
El resto del elenco la acompaña con solvencia, pudiéndose destacar el trabajo de María del Carmen Sánchez, quien a cargo de su Gloria Brena juega con los parlamentos, su cuerpo y su vestuario con mucha libertad, representando espectralmente parte del futuro de Elvira. Gloria es la mujer que para ser, pagó. Elvira está iniciando el recorrido. Y desde Ibsen en adelante lo sabemos: aquel que como Nora dé un portazo tendrá que saber que el logro es la libertad, los costos, un misterio.
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