Mario Diament: "El teatro me permite explorar temas más existenciales"
Si bien desde hace años vive en Miami y sus obras se presentan en diversas ciudades del mundo, siempre regresa a Buenos Aires, en donde acaba de estrenar la obra Moscú
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Desde hace algo más de una década la producción dramatúrgica del periodista, narrador, guionista y autor teatral Mario Diament se fue instalando con fuerza en la cartelera teatral porteña. Pero también su difusión se fue consolidando en diversos países del mundo. Actualmente se está presentando Cita a ciegas en Milán, bajo la dirección de Andrée Ruth Schammah, excolaboradora de Giorgio Strehler en el Piccolo Teatro; Pequeñas infidelidades, en Ciudad de México, donde el mes próximo se estrenará, además, Tierra del Fuego. Durante ese mes la puesta francesa de André Nerman de Un informe sobre la banalidad del amor volverá al Festival de Avignon. Por amor a Lou subirá a escena en Asunción, Paraguay, a lo largo de esta temporada y, sin fecha de estreno confirmada aún.
En Buenos Aires, en la sala El Tinglado, se presenta Moscú (texto concebido a partir de Las tres hermanas de Antón Chéjov), con dirección de Daniel Marcove. Serán sus intérpretes un trío de talentosas actrices que integran: Alejandra Darín, Maia Francia y Antonia Bengoechea.
El creador de piezas emblemáticas como Crónica de un secuestro o El libro de Ruth ha logrado mantener una presencia activa en la ciudad en la que comenzó su carrera. Desde hace varios años vive en Miami, su actividad como periodista ha decrecido y el teatro parece resultarle el ámbito ideal para dar forma a nuevas e intensas ficciones.
-¿Cómo vive esta posibilidad de estar presente en Buenos Aires, aunque no lo esté físicamente. En los últimos años una o dos obras suyas se dan a conocer en la ciudad?
-Viajo regularmente a Buenos Aires, una o dos veces al año, en especial, cuando se está por estrenar una obra. Aunque varias de mis piezas se estrenaron originalmente en otros países (Tierra del fuego, por ejemplo, debutó en Estocolmo; Moscú se estrenó en Ciudad de México). Buenos Aires es, para mí, el verdadero punto de arranque y, desde hace un tiempo, la sala El Tinglado es como mi casa. De esta manera, la ausencia se siente mucho menos.
-En las últimas dos décadas ha consolidado, y mucho, su trabajo como dramaturgo. Su producción es muy intensa y sus estrenos continuos. ¿Es que ha dejado de lado el periodismo o esa actividad le fue llevando a materializar otro tipo de escritura que proyecta en historias que pueden llegar a un escenario?
-Hubo entre Equinoccio (1983) e Interviú que se estrenó en el Teatro San Martín en 1994, un período de diez años en el cual el periodismo demandó toda mi energía y todo mi tiempo. Lo cual no es extraño, puesto que fueron los años de la dictadura y, más tarde, los de mi corresponsalía en el Medio Oriente. Pero no se trató meramente de una cuestión de tiempo, sino también de la necesidad de pensar crudamente acerca del teatro que me interesaba escribir. Después de Interviú (que se estrenó en Estados Unidos y en otros países con el nombre de Tango perdido), vino El libro de Ruth en 1999 y de allí en más, mi producción se volvió más regular. Consideré que le había dado al periodismo cerca de 40 años de mi vida y que era hora de poner esa misma energía en el teatro. Por otra parte, el teatro me permite explorar temas más existenciales y, probablemente, más trascendentes.
-En 2002, Esquirlas (estrenada en el Teatro del Pueblo) le posibilitó reingresar al mundo teatral argentino y ya no pudo dejar de participar de él. ¿Cómo analiza, por un lado, esa ausencia (Equinoccio es de 1983) y ese retorno con una historia, además, que repasaba un tiempo históricamente doloroso?
Esquirlas no fue una casualidad. Pasé los años de la dictadura en el diario La Opinión, que no fue, precisamente, un balcón desde el cual se miraba lo que estaba sucediendo en la Argentina sino que estábamos en el centro mismo de esa realidad espantosa. Y aunque sentía mucha necesidad de abordar esa experiencia desde el teatro, también sentía que precisaba más tiempo, más distancia para procesarla. Y más importante aún, que los personajes necesitaban de esa distancia. Por otra parte, obras como Un informe sobre la banalidad del amor, Franz y Albert y Tierra del fuego, aunque abordan episodios más universales, son para mí (y creo que también lo fueron para el público) reflexiones sobre la realidad argentina. Y luego hay otras como Cita a ciegas y Guayaquil: una historia de amor que son obras eminentemente argentinas.
Moscú, la pieza que llega ahora a Buenos Aires, es una versión de Tres hermanas de Chéjov. ¿Cómo surgió ese proyecto de releer un clásico?
-Surgió por pura casualidad. Daniel Marcove me llamó un día para contarme que había una actriz mexicana que buscaba una pieza para tres mujeres y se me ocurrió proponerle hacer una versión de Las tres hermanas, solo con las tres actrices. El proyecto con esta intérprete no resultó, pero yo ya estaba embalado con la idea. Sucede que en la obra de Chéjov, paradójicamente, las tres hermanas no dicen demasiado, porque los que filosofan son los hombres y pensé que sería interesante concentrarse solo en ellas, pero sin alterar demasiado ni el planteo, ni el mundo de Chéjov. Y el resultado, para mi asombro, es una pieza sobre mujeres, sobre sus anhelos, sus miedos, sus frustraciones, que toma una dirección bastante diferente de la obra original.
-En España, Italia, México, Francia, Paraguay sus historias encuentran un eco favorable. ¿Se ha detenido a pensar qué cosas movilizan a esos espectadores, en apariencia tan distintos, al encontrarse con su teatro?
-Las nacionalidades pueden ser distintas, pero las emociones son comunes. El amor, el dolor, la ambición, el miedo no se manifiestan de manera diferente porque sean expresados en lenguas diversas. Tierra del fuego, que trata del problema palestino-israelí, causó una conmoción en el país vasco, porque nadie tiene más familiaridad con el terrorismo y sus consecuencias, que ellos. Me acuerdo cuando se estrenó Cita a ciegas en Hungría, cuyo idioma no tiene una sola palabra en común con el nuestro. La asistente de dirección, con la que no había podido tener ningún contacto más allá de una sonrisa, porque no hablaba más que húngaro, se me acercó llorando la noche del estreno, arrastrando a un amigo que hablaba inglés y le dijo: "Dígale al autor que esa historia que acaba de contar es la mía".
Moscú
- De Mario Diament, dirigida por Daniel Marcove
- Sábados, a las 20.
- El Tinglado, Mario Bravo 948 (4863-1188).
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