Murió el dramaturgo Alejandro Finzi a los 70 años
Vivía en Neuquén, en donde residía desde mediados de los 80; su obra fue publicada e interpretada en varios escenarios argentinos y del mundo, muy especialmente en Francia
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Uno de los dramaturgos nacionales más destacados de las últimas cuatro décadas, Alejandro Finzi, murió este domingo en la ciudad de Neuquén. Su vasta producción fue presentada en diversos escenarios de Argentina, América Latina, Europa y África. Las causas de su deceso aún no fueron informadas.
Nacido en 1951 en Buenos Aires, cursó sus estudios académicos en Córdoba. En 1984 se trasladó a Neuquén donde inició una importante carrera docente en la Universidad Nacional del Comahue. A la par se integró al grupo Río Vivo que conducía el fallecido director Daniel Vitulich. Años más tarde obtuvo un doctorado de la Universidad Laval de Quebec, Canadá.
La Patagonia siempre fue para Finzi un lugar muy provocador para su creación y sentía una especial empatía con esa tierra cargada de historias que lo conmovían notablemente y muchas de ellas fueron reelaboradas en varios de sus textos dramáticos. Fue un intelectual riguroso, un dramaturgo y poeta exquisito y un ser humano entrañable. Sensible, afectuoso, dueño de un humor muy singular, a veces casi infantil.
Como dramaturgo debutó en Francia, allí estrenó Nocturno o el viento siempre hacia el sur y Viejos hospitales, en 1982 y 1983, respectivamente. A esos textos les seguirían Barcelona, 1922, Molino rojo, Aguirre el Marañón o La leyenda del Dorado, Camino de Cornisa, Chaneton, Bairoletto y Germinal, El secreto de la isla Huemul, La isla del fin de siglo, Cruz del Sur, La piel… o la vía alterna del complemento y Sueñe, Carmelinda, entre tantas otras.
Mucha de la producción del autor estuvo inspirada en personalidades de la historia de nuestro país a quienes el autor rindió, a su manera, homenaje, como el poeta Jacobo Fijman (Molino rojo), el bandido Juan Bautista Bairoletto (Bairoletto y Germinal), el periodista y político neuquino Abel Chaneton (Chaneton), el poeta Alberto Mazzochi (Mazzocchi), el sindicalista Agustín Tosco (Tosco, la obra teatral), el maestro Carlos Fuentealba (Fuentealba clase abierta).
Alejandro Finzi también escribió la ópera Albatri, inspirada en l’Albatros de Charles Baudelaire, que se estrenó en el Camping musical de Bariloche en 1991; una pieza de danza teatro, Pessoa y noticias patagónicas que tuvo coreografía de Mariana Sirote, en 1992 y Territorios, un ciclo radioteatral que se difundió por Radio Universidad en Neuquén, en los años 90.
Su primer montaje en Buenos Aires se concretó a mediados de la década del 80. Se trató de Molino rojo, bajo la dirección de Víctor Mayor. A él siguieron puestas de La piel, La isla del fin de siglo; Sueñe, Carmelinda, Bairoletto y Germinal; Tosco, la obra teatral, dirigidas respectivamente por Enrique Dacal, Luciano Cáceres, Daniela Ferrari, Florencia Cresto, Seba Berenguer.
Refiriéndose a la obra de este autor el director José Luis Valenzuela, quien llevó muchas de sus piezas a escena, considera: “Para decirlo brevemente, si algo caracteriza la dramaturgia de Finzi es la obstinada expulsión de las ilusiones realistas en el tratamiento de los temas que aborda, sin que esa voluntad poética pueda alcanzar sus consecuencias últimas en la escena de nuestros días”.
Por su trayectoria recibió muchos reconocimientos en diferentes provincias patagónicas y también obtuvo el Segundo Premio Nacional de Teatro (quinquenio 1997/2001) de la secretaría de Cultura de la Nación, Mención del Premio María Guerrero en 2011, el Premio Konex a las letras en 2014. Su pieza La piel o la vía alterna del complemento obtuvo una distinción especial de Argentores como Mejor obra de autor de provincia, en 2003.
Buena parte de su producción dramática está traducida al francés y al inglés y publicada por diversas editoriales francesas en el exterior y en nuestro país en Neuquén, Córdoba y Buenos Aires. El instituto Nacional del teatro editó De escénicas y partidas, una recopilación de varios de sus textos, en 2003.
“Todo lo que se tiene en la vida, todo cuanto se posee, es un oficio. No tenés un ladrillo, un cacho de tierra, un zoquete, ni la bicicleta de Dios. Un oficio. Es lo único. El mío es la escritura. Y porque tengo eso puedo amar”, comentó Alejandro Finzi en una entrevista audiovisual grabada en Neuquén.
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