
Naturalismo sensible
Tres viejas plumas tiene su mayor mérito en los trabajos actorales
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Tres viejas plumas, de Claudia Piñeiro. Puesta en escena y dirección: Marcelo Moncarz. Con Claudia Lapacó, Adrián Navarro, Marcos Montes y Julio López. Escenografía: Cecilia Stanovnik. Ambientación: Florencia Feijóo. Iluminación: Omar Possemato. Vestuario: Mónica Mendoza. Asistente de dirección: Alba del Castillo. En el Maipo Club. Duración: 70 minutos.
Nuestra opinión: buena
Claudia Piñeiro, escritora renombrada ( Las viudas de los jueves ) y dramaturga sensible como pocas que creó aquel exquisito drama testimonial llamado Un mismo árbol verde y la pintura costumbrista Verona , se metió esta vez con otra historia familiar.
Con un fuerte componente de realismo mágico, esta pintura intimista y extremadamente afectiva tiene momentos que conmueven, sensibilizan y llegan hondo. Piñeiro consigue transitar tanto lo íntimo como lo sórdido, la pureza como lo oscuro; y gusta de vencer el tiempo y saltar del pasado al presente casi en forma permanente. La obra habla de las heridas, y de ese afán por querer sanarlas y por creer que nunca es tarde.
Pero el hálito chejoviano del comienzo desemboca en un melodrama frenético que desarticula y hace que el rumbo se pierda por momentos. Sobre los últimos tramos, la dirección de Marcelo Moncarz condujo su línea de acción directo hacia la hipérbole y un juego teatral simple de estímulos emocionales. Para algunos esto no está mal. Pero el texto de Piñeiro y las buenas actuaciones constituyen las herramientas necesarias para conducir la acción por otro cauce.
De todas formas, Moncarz (que ya había dirigido dos obras de la misma autora) dibujó bien el ámbito familiar y logró hacerlo muy cercano al público. Asimismo, puso énfasis en las composiciones individuales y en los vínculos. Las escenas que demuestran el amor de estos dos hermanos y la compasión de esta madre por ellos son hondas y sentidas.
Las Tres viejas plumas son el recuerdo que estos hombres tan diferentes tienen de su madre fallecida. Uno migró a otra ciudad y aprovecha la casualidad de su regreso para reencontrarse con lo que queda de su familia, con su pasado y sus recuerdos. Allí quedaron su severo y tosco padre, y su hermano mayor -un chico de casi 40 años-, que lo ama y lo admira. Y alrededor de todos está siempre ella, la madre que se fue del mundo demasiado pronto y que era el cascabel que mantenía a su hogar en pie.
Adrián Navarro se impone con naturalidad, fundamental para el clima que requiere la propuesta; Claudia Lapacó sostiene la ternura en el gesto y es esencial en el vínculo; Marcos Montes encarna con sutileza y dulzura a su criatura inocente, y Julio López pone peso y presencia.
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