Oscar Wilde en Buenos Aires, hoy
En el riquísimo repertorio del teatro inglés, hay dos escenas de comedia que no cesan de regocijar a los espectadores, a través de los años y de los siglos, porque una de ellas fue escrita a fines del XVI (se supone que en 1594): es "La tragedia de Píramo y Tisbe", representada por los rústicos en las bodas de Teseo e Hipólita, en "Sueño de una noche de verano". Una parodia de irresistible comicidad, capaz de arrancar carcajadas en cada versión.
La otra escena inmortal pertenece a "The Importance of Being Ernest" (1895) y es el feroz interrogatorio de lady Bracknell al festejante de su hija, el joven Gresford, cuya identidad dudosa (hallado dentro de un bolso, en una terminal de ferrocarril, por un acaudalado filántropo que lo crió y le dio como apellido el nombre de la localidad a la que se dirigía) es el eje de esta comedia encantadora. Allí Wilde desnuda, bajo el disfraz de la sátira, las hipocresías y los prejuicios de la clase alta de su tiempo, que no tardó en vengarse cruelmente de semejante insolencia. El diálogo de la tía Augusta con el atribulado pretendiente sigue brillando y fascinando a los públicos de todo el mundo, como puede comprobarlo el espectador local que se asome a El Ombligo de la Luna y asista a una notable versión argentinizada de "La importancia...", ya merecidamente elogiada en estas páginas.
La traducción del título plantea siempre dificultades en otros idiomas, porque Wilde juega con el nombre propio, Ernest, y el adjetivo "earnest", que suena casi igual y que califica a una persona responsable, ordenada, diligente, con nobles aspiraciones y conducta decorosa. No es fácil encontrar nombres propios más o menos equivalentes: en francés se recurre a "constant"; en español, aparte del acostumbrado y anodino "La importancia de llamarse Ernesto", suele utilizarse "severo". Y ahora aparece Hugo Halbrich, director, traductor y adaptador del espectáculo, con un muy sensato "La importancia de ser Franco". No está mal.
Tampoco está nada mal el traslado de Londres a la Recoleta y del retiro campestre de Shropshire a San Antonio de Areco, hoy. El diálogo se desliza fácilmente; el artificio apenas se advierte (de todas maneras, en el original todo es tan artificioso y divertido, que sería un mal menor) y, sin duda, Halbrich conoce muy bien el lenguaje de la clase alta porteña y sus costumbres. Cuenta, eso sí, con una extraordinaria actriz como la tía Augusta, Cristina Dramisino, quien recrea con brío a ese formidable personaje, uno de los más codiciados y agradecidos de la comedia, en cualquier idioma y época.
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Fascina ver cómo el argentino de hoy reacciona ante el infatigable chisporroteo verbal de Wilde, que en algo más de un siglo no ha perdido nada de mordacidad e ingenio. Es el mejor homenaje que podría rendirse al genial irlandés, de cuyo nacimiento en Dublín se cumplirán 150 años el 16 de octubre próximo. Cabe citar aquí las reflexiones de Borges. En "Otras inquisiciones" (1952), anota: "Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón". Visionario, también lo era. En 1891, en "El alma del hombre bajo el socialismo", escribe: "Si el socialismo fuese despótico; si los gobiernos llegasen a estar armados con el poder económico como hoy lo están con el poder político; si fuésemos, en pocas palabras, a tener que sufrir la Tiranía Industrial, en ese caso el estado final del hombre sería aún peor que el primitivo".
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