
Una apasionante mirada al pasado
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"Los desventurados" , de Francisco Defilippis Novoa. Intérpretes: Rubén Stella, Horacio Roca, Millie Stegmann, Alejandro Rattoni, Osvaldo Bonet, Hugo Cosiansi, Mario Núñez, Wilder Delucca. Música original: Luis Paulo Campos. Iluminación: Miguel Solowej. Vestuario: Marcelo Valiente. Escenografía: Patricio Sarmiento. Asistente de dirección: Mónica Quevedo. Dirección: Luis Romero. En el Teatro Cervantes.
Una pieza poco divulgada de Francisco Defilippis Novoa propone tomar contacto con un texto primario dentro de la producción dramática argentina. Escrito a comienzos de la década del 20, "Los desventurados" resulta un material que muestra a las claras, por un lado la vitalidad de la escritura teatral de aquellos años y a la vez, con este texto en particular, el estilo de una dramaturgia de tránsito. Va alejándose del género chico y se adentra en un drama formalmente más entero, con situaciones de mayor desarrollo y por ende una estructura más acabada. Quien conozca "He visto a Dios", del mismo autor, no podrá menos que reconocer en "Los desventurados" un germen interesante, con valores que luego el autor continuó profundizando y enriqueciendo.
Ahora bien, el texto original visto desde este presente, expone unos inconvenientes en su estructura, sobre todo en la primera parte, que no resulta fácil disimular. Todo es muy expositivo, se presenta a los personajes dentro de un clima particular y luego, en la segunda parte, se desata un potente conflicto y es los que posibilita terminar de comprender las conductas de cada uno de los seres del drama. El desarrollo de personalidades es mínimo, aunque sí son muy potentes sus fisuras y dolores en el final.
Con el estilo original
La historia es pequeña. José parece un jefe de familia ejemplar, un trabajador que sueña con un bienestar mayor y apuesta a ello, pero no mira a su alrededor, no termina de conocer en profundidad a cada uno de los individuos con los que comparte su casa. Su mujer es quien devela la realidad. Decide dejarlo e irse a vivir con el mejor amigo de su marido. Allí se desencadena un conflicto superior y mediante, sobre todo, de un intenso diálogo del ex matrimonio, las máscaras caen y la tragedia tiene lugar.
¿Cómo llevar a escena un material tan primigenio en sus valores formales, aunque tan hondo en su conclusión? El director Luis Romero propone una acertada resolución por medio de la actuación. Trata de redescubrir el estilo interpretativo de la época. No le importa tanto trabajar -en un principio- el tema, sino colocar en el centro de la escena a "ese actor" que le pueda dar al personaje un "tipo" particular. La obra original está llena de esos "tipos". No olvide el lector que por aquellos años la mayoría de los autores escribían para determinados actores que, con su oficio, eran capaces de superar cualquier dramaturgia porque estaban muy ejercitados en la construcción de fuertes prototipos. En la puesta esto parecería volver a recobrarse y con buenos logros. Romero apuesta al gesto, lo exacerba hasta un límite exacto. Se apoya en una emoción sostenida que provoca el efecto justo y toca la sensibilidad del espectador, y el drama fluye con una intencionalidad destacable.
Para lograr esto cuenta con un elenco entrenado y dispuesto a la investigación. Tienen mucha riqueza las actuaciones de Rubén Stella y Osvaldo Bonet, sobre todo. Sin duda son personajes con mayores matices -el primero porque desde el principio al fin cambia radicalmente su conducta- y el segundo porque conlleva cierto sabor cocoliche que viene del sainete y que en la composición de Bonet se torna verdaderamente entrañable. Millie Stegmann se descubre sobre el final (el mejor momento del personaje) cuando junto a Rubén Stella logran una escena de fuerte conmoción, al mejor estilo de aquellas que sostenía a las películas argentinas de los años 30. El grupo se fortalece con las interpretaciones de Horacio Roca (Eduardo) y Hugo Cosiansi (Alberto), dos seres que desde las sombras aceleran el drama y lo tornan más patético.
Para cualquier espectador entrar en la experiencia resultará complejo, pero no imposible. Una vez adentro ese mundo se revela apasionante.
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