Una joven actriz con la tarea más difícil y también la más secreta

Yanina Gruden pasó del teatro "muy independiente" a reemplazar a grandes actrices en las obras más reconocidas
Moira Soto
(0)
23 de febrero de 2015  

A los 26, Yanina Gruden ya se ha probado con altos logros como actriz en obras como Turbia (2010-2012), Quiero decir te amo (2012-2013) y Muchas felicidades (2014, que le valió una candidatura a los premios ACE). Esta chica afable y de mirada abierta no para de formarse desde que, a los 11, ingresó en la Escuela de Artes Escénicas de Morón. Prosiguió con Mariana Cuyás, con Roxana Randón y, a los 17, entró en la Universidad del Salvador, donde obtuvo la licenciatura en Arte Dramático en 2009, sin dejar nunca de lado aprendizajes paralelos, como danza y técnicas vocales (que incluyen canto lírico con Laura Leonelli).

Porteña criada en Haedo, Gruden fue acunada por una familia -italiana por parte de madre, eslovena del lado paterno- cultora de las artes. Antes de los 20 ya estaba actuando en obras "muy independientes", y en 2014 se estrenó como dramaturga con la peculiar Chaco Bermejo, en el ciclo Teatro Bombón, obra que repondrá próximamente, al igual que Oblación, de Hernán Morán, presentada el año pasado, en este caso en calidad de intérprete.

Asimismo, Yanina Gruden, que ya ha estado en un par de ficciones de TV, espera ilusionada el estreno del film La utilidad de un revistero, de Adriano Salgado, premiado en Mar del Plata y con exitoso recorrido en muestras del interior y el exterior, donde consiguió galardones para sus dos protagonistas exclusivas: la propia Yanina y María Ucedo.

Se podría colegir que una actriz con semejante recorrido podría no estar demasiado dispuesta a hacer el reemplazo de otras colegas (algunas incluso con menores antecedentes en todo sentido) en La casa de Bernarda Alba, la exitosa puesta de José María Muscari. Pues resulta todo lo contrario: Gruden aceptó animosamente el reto, demostrando que no todo es vanidad en el mundo del espectáculo. Más aún, se tomó esa responsabilidad "como un gran entrenamiento, difícil de lograr en otro lado por la ductilidad que te aporta estar lista para encarar distintos papeles en la misma obra, salvo a la abuela y a Bernarda, que no se reemplazan". Además, dentro de un elenco que se ha ido modificando desde su estreno, en agosto de 2013, en el Regina. Tanto se fogueó Gruden en esta versión de Lorca que se sintió con recursos para cumplir la misma tarea en El secreto de la vida, presentada en agosto de 2014 y actualmente en cartel en el Metropolitan Citi, donde ya ha realizado algunos reemplazos.

-Haber encarnado previamente a personajes muy disímiles, ¿te dio herramientas para atreverte a hacer el reemplazo de siete de las nueve actrices de Bernarda Alba?

-Me ayudó, claro. Siempre me ha gustado hacer cosas bien diferentes. Pero de todo lo que me ha tocado te diría que es la tarea más difícil por varios motivos: casi no tuve ensayo, sólo podía ver las actuaciones; debí aprender algunas marcaciones sobre la marcha y cuando me ha tocado reemplazar, hacer el personaje a mi manera, sin intención de copiar a nadie.

-¿Cómo recibiste esa convocatoria?

-Estaba haciendo Quiero decir? y me fue a ver un productor de Javier Faroni. Tiempo después me llamó y me dijo que necesitaba a alguien con potencia grande de voz, que reemplazara en los ensayos de Bernarda a Norma Pons, que se iba de gira. Al principio, me pareció un poco extraño: ¿yo reemplazando a Norma? Hasta que entendí que se trataba de hacerlo para que Muscari armara la puesta.

-¿Te pusiste a estudiar todo el texto?

-Cuando hice la parte de Norma en los ensayos, todavía no porque era como teatro leído. Igual fue fuerte: la forma en que dirigía Muscari, hacer la gran villana. Jugar a hacer a esas actrices que admiro: Joan Crawford, Bette Davis? Y por supuesto, la imitaba un poco a Norma. Bueno, el director se dio cuenta de que con un elenco de tantas mujeres había que prever posibles ausencias. Fue muy solidario conmigo y yo traté de responder a sus necesidades. Quedé primero como reemplazo en los ensayos y luego fui confirmada para las funciones.

-Venías de hacer protagónicos donde te luciste, ¿tuviste que achicar el ego?

-Sin hacerme la modesta, pienso que a mi edad aún tengo mucho por aprender. Es cierto que he podido hacer buenos papeles, que he tenido cierto reconocimiento y me siento agradecida. Pero entendí que ésta podía ser una práctica enriquecedora. En verdad, lo que pensé fue: qué grosso que me llamen para tantos reemplazos. Me integré pronto al grupo, todas me apoyaron. A la primera que reemplacé fue a Martina Guzmán, que se iba a Cannes. En otra oportunidad, me llaman para hacer a la Poncia, que interpretaba Andrea Bonelli. Y aunque supiera mis líneas, se trataba de un personaje para el que me falta edad y que está casi todo el tiempo en escena. Creo que fue la vez que tuve más arrojo, y el momento en que me di cuenta de que me podía manejar con todos los roles. Siempre supe que tenía que ser funcional a la obra; si luego podía disfrutar de mi actuación, mejor.

-En cierto sentido, sos una doble de riesgo.

-Podría decirse, pero me gusta este tipo de peligro, soy medio kamikaze. Cuando empezaron los ensayos de El secreto de la vida, me llamó el asistente de Muscari y me preguntó si quería hacer lo mismo que en Bernarda. Y le dije que sí. Hasta ahora reemplacé a Emilia Mazer en unos pocos ensayos. Iba a hacerlo en enero con Brenda Gandini, pero finalmente no fue necesario. Y vuelvo con Bernarda cuando se reponga en Buenos Aires.

Por: Moira Soto

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.