
Una versión libérrima de Arlt
Saverio, mi cruel / Autor: Roberto Arlt / Dirección, versión, escenografía, vestuario, iluminación y banda sonora: Edgardo Dib / Elenco: Stella Maris Brandolín, Liana Müller, Carlos Ponte, Cristina Pagnanelli y Claudia Todino / Sala: El Ópalo (Junín 380) / Función: sábados, a las 23 / Duración: 75 minutos.
Nuestra Opinión: Buena
Edgardo Dib advierte en el programa de mano que la suya será una versión libérrima de Saverio, el cruel (1936), de Roberto Arlt, una obra que bucea, como su subtítulo lo indica, en un universo y en esa corriente denominada "teatro de la crueldad". El desafío es complejo, ya que en esta libertad extrema debe respetar la esencia de este texto perfecto para conservar el espíritu de esta farsa, donde nada es lo que parece ni nadie es quien dice ser. Tres hermanos, aburridos y encerrados en una casona durante una noche de tormenta, buscan un modo de burlar el hastío, a cualquier costo, incluso aunque evaporar el tedio implique terminar con la vida de un inocente, frente a la ausencia total de empatía de un conjunto de testigos y artífices.
Saverio, mi cruel es la propuesta de esta compañía, un elenco a la altura de esta obra sobre el poder y sobre la representación. Es interesante cómo Dib ubica a los actores cuando culminan sus escenas. Ellos no salen del escenario, sino que, de espaldas al público, se convierten en espectadores. Cuando Liana Müller mira al espectador a los ojos es imposible sostenerle la mirada. Esta actriz genera este clima de incomodidad y distancia, propio de su criatura, tan perturbada que incluso habla en otro idioma. Stella Maris Brandolín, la responsable de interpretar a Susana (personaje que en la versión para el cine realizó Graciela Borges) seduce con su voz y con todo su cuerpo. Carlos Ponte, Cristina Pagnanelli y Claudia Todino también logran sus momentos destacados.
El espectador asiste a una reflexión profunda sobre el teatro, inmerso en una ficción donde los actores interpretan personajes, que a su vez interpretan a otras criaturas, e incluso, mienten y cambian su identidad. Este juego de muñecas rusas es bien logrado por Dib en un espectáculo con tensión y con la estética propia del grotesco, una obra que rinde homenaje a uno de los mejores textos del teatro argentino.







