Adiós al señor de los cocodrilos
Anteayer, al filo de las 19, después del habitual espacio de una hora que aparece cada lunes en el canal de cable Animal Planet como "El cazador de cocodrilos", una sobria placa negra apareció en la pantalla para dar cuenta del fallecimiento de Steve Irwin, conductor de ese ciclo, el hombre que pasará a la historia identificado con el título de uno de los más populares programas de la TV documental.
Irwin fue aventurero, conservacionista, amigo de los animales, hábil y decidido divulgador mediático de los temas ecológicos y del cuidado del medio ambiente, pero sobre todo fue un hombre audaz que hacía con la mayor naturalidad del mundo aquello que a cualquier humano le pondría los pelos de punta. Era capaz de acercarse a algunas de las especies animales más peligrosas del mundo y, pegado a las fauces del ejemplar, exhibir ante las cámaras -sin mirar ni de soslayo la amenazadora figura que a centímetros le hacía sentir el aliento con gesto amenazador- la actitud maravillada de quien acababa de descubrir un gran misterio de la naturaleza.
El episodio de "El cazador de cocodrilos" que Animal Planet emitió anteayer a muy pocas horas de conocerse el trágico fallecimiento de Irwin mientras filmaba un documental en la Gran Barrera de Coral de su Australia natal -anunciado anteayer en estas páginas- data de 1998 y pinta de cuerpo entero al rubio e intrépido conductor. Estaba, como buen trotamundos, en un paraje del sur de la Florida, rodeado de pantanos y tupida vegetación, en busca de una peligrosa serpiente de cascabel (la más grande del mundo en su tipo, según dijo), vestido, como siempre, con camisa caqui, bermudas y borceguíes, una vestimenta gastada por el trajín y símbolo perfecto del modo en que Irwin encaraba sus rastreos y travesías. Cuando descubrió al ofidio, pareció transfigurarse. El hombre brioso y arrojado había dejado su lugar a la imagen de un chico asombrado y deslumbrado ante un secreto develado ante sus ojos.
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Ayer, toda Australia lloró la desaparición de Irwin y le brindó un reconocimiento póstumo digno de cualquier gran estrella. Con una diferencia: en este caso, el fallecido encarnaba el porte de un ídolo, un héroe que había logrado contagiar a los niños el entusiasmo por la ecología, la defensa del medio ambiente y la pasión por los animales salvajes.
Es que Irwin fue, quizás, el mejor representante de un nuevo modelo de documentalista, cuyo trabajo podría asociarse desde ese género con el universo mediático dominado en los últimos años por los reality shows. Un estilo que también identifica hoy, en buena medida, a otros nombres familiares para los televidentes de este tipo de producciones televisivas documentales: el biólogo Jeff Corwin, el especialista en serpientes Mark O Shea y Dave Salmoni, que "En la guarida del león" se atreve a mirar bien de cerca a toda clase de felinos.
La actitud de Irwin es lo más cercano desde el documental a la idea fuerza actual de la televisión verdad. No sólo por esa temeraria actitud a la que nos había acostumbrado desde la pantalla en su contacto con animales cuya simple mención provoca escalofríos o huidas en masa, sino también porque toda la impronta de su trabajo televisivo estaba realizada en primera persona, como si su vida y su trabajo fueran otro reality show más.
Había que ver, por ejemplo, cómo involucraba en las aventuras y las búsquedas que lo llevaban alrededor del mundo a su esposa, Terri. Y, además, de qué manera llevó casi a una puesta en escena televisiva actitudes de la vida real, como aquel sonado episodio en el que apareció con su hijo de apenas un mes en el zoológico que había fundado en Australia y lo mantuvo en sus brazos mientras, a corta distancia, daba de comer a un cocodrilo.
Ni siquiera se amilanó frente a las muy justificadas críticas que recibió por esa actitud, porque decía que tenía todo bajo control. Confiaba ciegamente en lo que definía como un don especial para percibir dónde estaba el peligro. Hasta ese minuto fatal frente al aguijón mortal de una raya venenosa, un instante que -como no podía resultar de otro modo- también quedó registrado por una cámara.





