
"Caiga quien caiga", ante otra realidad
"Caiga quien caiga 2002", programa de humor sobre la actualidad conducido por Mario Pergolini, Juan Di Natale y Eduardo de la Puente. Deportes: Ignacio Goano. Cronistas: Daniel Malnatti, Gonzalo Rodríguez, Guillermo López, Clemente Cancela y Diego Della Sala. Producción ejecutiva: Ernesto Molinero. Dirección: Eduardo Mazzitelli. Idea, producción y dirección general: Mario Pergolini y Diego Guebel. Por Canal 13, los lunes, a las 23.
Nuestra opinión: bueno.
Mucho más tiempo del que verdaderamente señala el calendario pasó desde aquellas dos noches de diciembre en las que un público entusiasta llenó el Gran Rex para acompañar el regreso de los hombres de negro hasta este presente que los muestra de nuevo cada semana en la pantalla afrontando uno de los desafíos más complicados de la TV de estos tiempos: hacer el humor más ácido posible en estos tiempos agobiantes.
Cuando Pergolini, Di Natale, De la Puente y un equipo de cronistas con significativas altas y bajas decidieron tras dos años de ausencia desempolvar los trajes oscuros y volver a calzarse los anteojos negros, la situación general se acomodaba en la tradicional humanidad de "CQC" como el calzado más confortable. Bastaba con ver cómo los seguidores del programa que desbordaron el Gran Rex disfrutaron hasta el delirio con los mandobles llenos de ironía (marca registrada del programa), que golpeaban literal y simbólicamente la maltrecha humanidad de las principales figuras de la política y la economía.
Todo cambió en la noche del trágico 20 de diciembre, cuando "CQC" fue el único programa que pudo escapar de la emergencia televisiva determinada por una jornada excepcional. Obligado por las circunstancias, Pergolini debió grabar de apuro una presentación para explicar cuánto habían cambiado en pocos días las cosas desde aquellas noches del Gran Rex. Al final, con semblante muy serio, se unió a todo su equipo para compartir un sonoro cacerolazo.
Este gesto puede ser considerado como el prólogo del ciclo 2002, apropiada y reiteradamente presentado como "Caiga quien caiga en tiempos de crisis". El agregado no sólo sitúa el programa en las especiales circunstancias de espacio y tiempo que vive la Argentina de hoy; al mismo tiempo plantea la gran paradoja que afronta hoy la propuesta de Cuatro Cabezas, atrapada en una suerte de fuego cruzado que explicaría algunas de las vacilaciones de su arranque en un nuevo hogar televisivo, Canal 13.
Lo expresó inmejorablemente en el primer programa el propio Pergolini. Cuidando que sus palabras no pasaran inadvertidas cambió su acostumbrado tono provocador por otro mucho más circunspecto para decir: "No queremos echar nafta al fuego".
¿Todos insatisfechos?
Este año, los muchachos de "CQC" corren el riesgo de no dejar a nadie satisfecho mientras va ajustando de a poco, entre aciertos y pasos en falso, los inevitables desequilibrios que provoca una ausencia tan pronunciada. Quienes apoyaron incondicionalmente la perseverante actitud mordaz de los hombres de negro para castigar impiadosamente a los hombres públicos causantes de todos nuestros males se oponen de plano a que las actuales circunstancias atenúen esa carga y en cambio preferirían incentivarla todavía más.
Mientras tanto, en la vereda de enfrente, aquellos que siempre vieron la fórmula del programa con recelo señalan que esta vuelta está cargada de oportunismo y no hace más que cargar artificialmente la indignación de la gente hacia las instituciones con consecuencias imprevisibles.
Tras un primer programa lleno de dudas y nervios, el trío de conductores retomó el último lunes buena parte de la identidad adquirida cuando "CQC" se impuso como una de las ideas televisivas más originales de los últimos años. Los tres (sobre todo De la Puente) lucen con el timing intacto para la réplica filosa o burlona y están siempre prestos a apoyar desde el piso todo el complejo andamiaje visual, técnico y artístico (lleno de efectos que acentúan el castigo al político de turno) comandado por Cune Molinero.
Con este flanco funcionando en buena forma (aunque el segmento deportivo de Nacho Goano luzca un poco devaluado), el problema de "CQC" aparece con el cambio de clima percibido en la calle, cuando las habituales víctimas del programa se topan con los muchachos vestidos como los Blues Brothers.
El panorama aparece complicado como nunca: hoy son poquísimos los políticos dispuestos a aceptar una charla mano a mano con "CQC"y, a la vez, existe la sensación de que hoy cualquier ataque burlón hacia aquéllos (o hacia otros protagonistas de la actualidad) no agrega demasiado a todo lo ya visto en los últimos meses.
Claroscuros en la calle
Basta seguir a Daniel Malnatti (convertido este año en el movilero estrella ) con la lengua afuera persiguiendo a Anoop Singh sólo para entregarle unos dientes postizos de vampiro para comprobar que el resultado de esta fórmula, tan logrado años atrás, hoy pierde buena parte de su efecto y sólo se limita a una sucesión de alardes técnicos gracias al montaje acelerado, que es una de las marcas de fábrica del programa. O ver cómo Clemente Cancela confunde atrevimiento o descaro con impertinencia y hace extrañar muchísimo a Daniel Tognetti, que sabía diferenciar ambos conceptos a partir de su formación periodística.
La complicación es aún mayor cuando las circunstancias llevan a no poder actuar a cara descubierta y sí con cámaras ocultas o simulando actuar como asesores de imagen y conductores de un ficticio programa de cable. Es el caso de Guillermo López, todavía muy opaco y pendiente siempre del mismo chiste, que pone al desnudo una flagrante contradicción: el programa que supuestamente desnuda los velos ocultos de la política debe apelar a un subterfugio para cumplir su misión de transparencia.
Por ahora se extrañan secciones fijas tradicionales que seguramente no tardarán en regresar y se aguarda el desarrollo de algunas iniciativas anticipadas en el primer programa. Mientras tanto, "CQC" busca laboriosamente su mejor lugar en una realidad mucho más compleja que la que supieron pintar certeramente en sus orígenes.
Las gran paradoja a la que se enfrenta hoy el programa salta a la vista en la larguísima secuencia de apertura: aspira a mostrar con una mirada irónica y de fuerte carga crítica hasta qué punto de desequilibrio puede llegar el país en sus actuales circunstancias, pero termina subrayando por encima de todo a uno de sus más fuertes respaldos publicitarios.






