Hipocresías de los reality shows
Por un lado, se regodean exhibiendo intimidades; por otro, se ponen en moralistas
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Hipócritas: no es otro el adjetivo que merecen. Escudados en la figura anónima del Gran Hermano, los responsables de uno de los programas más vistos de la televisión argentina acaban de sancionar a tres participantes del ciclo por haberse asociado en un presunto complot. No es la sanción lo que mueve a la ira; revuelve el estómago, en cambio, el tono admonitorio que la sostiene, el énfasis moralista con que se narran los hechos.
Digámoslo de una vez: los hacedores de "Gran hermano" acusan a los participantes, con sorpresa, de urdir una asociación ilícita, como si la naturaleza misma del ciclo estuviera llamada a promover los sentimientos más nobles de la condición humana.
"Hubo acuerdo", anuncia con gravedad Soledad Silveyra. Lee con circunspección la sanción impuesta por productores y guionistas: el Gran Hermano es una máscara espesa. Tres ratas de laboratorio han infringido las reglas. Lo sabe la producción porque todo lo escucha, todo lo ve: más de treinta cámaras implacables y una red de micrófonos llevan hasta la sala de edición los detalles más pequeños e imperceptibles de una larga convivencia. He aquí el principio esencial del programa: vigilar.
Pequeña anotación en los márgenes: la idea puede estar vinculada con cierto razonamiento de Michel Focault; verificar la obra de Focault y, sobre todo, sus ideas sobre el panóptico, espacio desde el cual el sistema se encarga de vigilar y castigar.
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Primer mandamiento: no escaparás. Sucedía así en "1984", la novela escrita por Georges Orwell a fines de los años 40, metáfora de la opresión que ejerce el poder en los regímenes totalitarios.
Hace casi tres meses un grupo de jóvenes comparte la vida diaria como parte de un juego cuyo mecanismo básico es éste: mediante un sistema de nominaciones cada quince días uno de los participantes debe abandonar la casa. Pasémoslo en limpio: si deseo sobrevivir, debo eliminar al prójimo. Segundo mandamiento: sí matarás.
Una larga sucesión de programas, sobre todo los denominados reality shows, se desarrollan según este principio de exterminación; puede entenderse esa tendencia presente en la ficción televisiva como una muestra de las ferocidades y miserias humanas; para esto, no hace falta confrontar con ningún autor, sino sólo observar alrededor.
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Pequeña e inútil digresión pseudoacadémica: Michel Foucault escribió "Vigilar y castigar" en la década del 70. Es, junto con "La historia de la locura", uno de los textos que mejor resume el pensamiento del autor francés. En ese trabajo Foucault examina los sistemas de encarcelamiento contemporáneos, el modo en que denigran la condición humana y establecen una vigilancia jerárquica para desarrollar lo que denomina "la ortopedia social". En ese volumen, Foucault incorpora un término que perdurará en el tiempo: el panoptismo. Dicho en dos palabras: el panóptico es una torre de observación desde la cual la autoridad puede vigilar los movimientos del prisionero. Su idea aparece, según lo registra Foucault, durante el estallido de una epidemia en el siglo XVII: los ciudadanos son aislados en sus hogares, no mantienen contacto con el prójimo; es decir, la autoridad controla sus relaciones, Regístrese un dato curioso: a comienzos de esa década, un grupo de intelectuales que integra Foucault publica un opúsculo titulado Intolerables. Se escribe allí: "Son intolerables: los tribunales, los hospitales, los manicomios, la escuela, el servicio militar, la prensa, la tele, el Estado."
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Ejercer el control de los participantes, pero también-refinada perversión- el de la audiencia. En los resúmenes que se emiten durante la semana, el encadenamiento de imágenes es arbitrario y constituye una herramienta esencial para manipular la opinión pública. La edición -lo han dicho los familiares hasta el cansancio, ustedes muestran lo peor de mi hijo, yo llamé a la producción para denunciarlo, me dijeron que iban a revisar los tapes, pero no pasó nada, en este país es siempre lo mismo- establece tendencia, va torciendo el pensamiento del público, va moldeando su humor. Lenta e inexorablemente, la familia televisiva deja caer su discurso moralista que tan bien le cae a los sectores medios que integran mayormente la audiencia y, sobre todo, a ese otro gran hermano que es nuestro querido avisador. (Porque seamos sinceros: no hay aquí filantropía ni humanismo, todo lo hacemos para vender un frasco de mayonesa.)
Sólo queda una pregunta. Si así se comportan librados del ojo de la cámara, si ejercen de modo tan perverso el poder que les concede un medio, ¿qué sentimientos sacarían a la luz los responsables de "Gran hermano" si fuesen sometidos a cien días de convivencia y aislamiento forzados?
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