
La hipocresía según Philip Roth
Sin escalas llega "La piel del deseo", con Anthony Hopkins y Nicole Kidman
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El cable sigue rescatando películas que caprichosamente no pasan ni por cines ni por ediciones locales en video o DVD. Uno de esos casos significativos es el de "La piel del deseo", que dirigió Robert Benton, con Anthony Hopkins, Nicole Kidman, Ed Harris y Gary Sinise, que adapta la novela de Philip Roth, el autor de algunos éxitos literarios (como "El lamento de Portnoy") también llevados al cine y publicado en español como "La mancha humana".
El texano Benton es recordado por su debut como realizador hace más de tres décadas con "Malas compañías", pero fundamentalmente por la taquillera "Kramer vs. Kramer" (ganadora de los Oscar a mejor película y director, entre otros), en la que con un tono descarnado, poco frecuentado por el cine de entonces, reveló hiprocresías de la clase media estadounidense a partir de un juicio de divorcio con eje en la cuestión de la tenencia de su hijo.
Un cuarto de siglo después, con "La piel del deseo", Benton vuelve a poner su mirada sobre la sociedad de su país y en las llagas de la hipocresía.
El septuagenario Coleman Silk (Hopkins) era un respetado profesor de griego y latín, decano en la Universidad de Athena, en Nueva Inglaterra. Pero su cómoda posición en el centro educativo habría de terminar de la noche a la mañana, al ser denunciado por racismo. Habiéndose inscripto en su curso, pero con inasistencia perfecta, dos estudiantes negros decidieron concurrir a la mesa de exámenes, donde Silk les preguntó si existían o eran "spooks" ("espectros"), sustantivo que fue considerado un adjetivo despectivo, una expresión desafortunada suficiente para desatar el escándalo. Forzado a jubilarse, Silk cayó en una profunda depresión. Roth describe cómo afectó a Silk este proceso, y al mismo tiempo su relación con una muy joven y atractiva mujer, la elemental Faunia Farley (Kidman), conserje en la sede educativa. Los dos, sin embargo, tienen en común que esconden cuestiones que tienen que ver con sus pasados. Los dos cargan sobre sus espaldas el peso de la hipocresía de quienes se escudan en una fingida pureza a la hora de juzgar y condenar la moral de quienes la misma sociedad cataloga como "diferentes". Faunia por ser una mujer sin educación, maltratada por su esposo; Coleman por sus verdaderas raíces familiares, que ocultó por más de medio siglo a su mujer y a sus cuatro hijos, en función de las apariencias. Roth pone en la mira la búsqueda humana de la pureza, a la que expone como fuente de odio y persecuciones. La vejez, la violencia doméstica, los abusos, las relaciones familiares, la libertad, la individualidad, la identidad y el amor están presentes en la obra de Roth y también en la película de Benton, que (a cuatro manos con Nicholas Meyer) aceptó el desafío de adaptar al lenguaje del cine uno de esos relatos que, por su extensión y cantidad de personajes, pero principalmente por su estructura en dos tiempos con idas y venidas, los especialistas califican como "inadaptables". El novelista ya venía trabajando en la idea de la delgada línea que separa la vida pública y la privada en sus dos libros anteriores -"Pastoral americana" y "Me casé con un comunista", publicados en 1997 y 1998-, con la presencia de un alter ego narrador. En "La piel del deseo" aparece una vez más su alter ego Nathan Zuckerman describiendo este proceso, que corre en paralelo al escándalo protagonizado por el entonces presidente Bill Clinton y la becaria Monica Lewinski.
Además de los sobresalientes trabajos de Hopkins y Kidman (incluso en escenas audaces impensables para ambos), sobresalen los de Sinise como Zuckerman y en especial el de Harris como el violento ex esposo de Faunia.
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