
Luces y sombras de un éxito televisivo
Vidas robadas ayudó a instalar el debate público sobre trata de personas, pero incurrió en contradicciones
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"Un elenco de la puta madre." A pesar de que la frase, indudablemente, pretende ser una coloquial ponderación muy en boga en estos tiempos, sería mejor que un comunicador que se dirige por medio de la TV a una platea virtual de millones de personas y que tiene ante sí a tres mil espectadores de carne y hueso modere su lenguaje y se esfuerce por decir lo mismo con términos más nobles.
El contexto donde resonó aquella frase la hizo todavía mucho más desafortunada: fue en la noche del miércoles último, en el bullicioso cierre de Vidas robadas , con público presente en el teatro Opera. La tira nocturna de Telefé se le animó al desgarrador tema de la trata de personas y mucho tuvo que ver en la instalación de ese flagelo invisible en la agenda periodística y legislativa (a fines de abril se lo tipificó como delito), lo que sirvió para potenciar aún más la callada y eficaz labor de activas organizaciones no gubernamentales especializadas en tan delicada materia.
Hablar de un "elenco de la puta madre" cuando el telón de fondo de la telenovela fue precisamente el atroz modus operandi de las redes de prostitución resulta de lo más inoportuno, máxime porque fue dicha por Mariano Peluffo a pocos centímetros de donde se encontraba Susana Trimarco, la mamá de Marita Verón, secuestrada en Tucumán hace seis años por una de esas oprobiosas mafias, tema que sirvió como detonante argumental de la novela que culminó hace cuatro noches.
Podría decirse, claro está, que se trató de un lapsus, una lamentable equivocación aislada que cualquiera puede cometer. Pero si se analiza un poco mejor se verá que ese error, comprensible como tal, no es fruto excepcional del azar sino que aparece incentivado por las continuas contradicciones del contexto. ¿O no fue también poco feliz que, sin solución de continuidad, pegado al merecido homenaje a la lucha sin cuartel y sin final feliz a la vista de Susana Trimarco, tan luego su álter ego en la ficción, Soledad Silveyra, presentara, entre eufórica y risueña, a Jorge Marrale como el "malo, malísimo" de la novela, aludiendo a su logrado papel como uno de los jefes máximos de la red de prostitución que había secuestrado a Juliana, el personaje finalmente rescatado de esas oscuridades, pero inspirado en la todavía oculta Marita Verón?
Las flagrantes contradicciones a la vista opacan, confunden y resienten el indudable debate beneficioso que, por otra parte, Vidas robadas logró producir, y predispusieron a ciertos actos fallidos y lapsus verbales no tan casuales. ¿Era necesario, por ejemplo, que Peluffo, tan identificado con Gran Hermano , un programa salpicado por todo tipo de elementales ordinarieces sexuales (que Telefé piensa reponer en breve), también tuviese que conducir la "gala" de despedida de Vidas robadas ? ¿Era imprescindible que en el mismo horario que ocupaba la tira, al día siguiente, con la excusa de una entrevista a Isabel Sarli efectuada por la mismísima Soledad Silveyra, se mostraran aquellos fragmentos de sus películas donde ofrecía algo más que insinuante sus inmensos pechos? ¿No raya directamente en una preocupante esquizofrenia que en algunas tandas publicitarias de Vidas robadas se promoviera una hot line para conectarse con chicas? ¿Es que a la televisión le da todo lo mismo?
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La trata de personas, que consiste en la captación, esclavitud y explotación sexual extrema de mujeres y menores, ocupa el tercer lugar dentro de los delitos más lucrativo en el nivel mundial (produce ingresos por 32 mil millones de dólares), después del tráfico de armas y de drogas.
Por lo tanto, más allá de los pifies y oportunismos anotados, son merecidísimos los premios y distinciones del Congreso, la Legislatura porteña y de otras prestigiosas entidades a las autoridades del canal y a los libretistas de Vidas robadas por arriesgarse a convertir en atractiva ficción un asunto tan tenebrosamente denso y poco conocido por el público en general. Para apuntalar, también desde Telefé, aportaron en la misma dirección, desde lo periodístico el noticiero y los programas La liga y Un tiempo después.
"En un tema tabú como la trata de personas la ficción televisiva cumple un papel de mediador permitiendo el diálogo entre diferentes actores, que de otro modo no se hubiera dado", se lee en una parte de la pormenorizada investigación llevada adelante por el MIT (Medición del impacto televisivo) que le otorgó a la tira de Telefé la calificación más alta (9,2) en responsabilidad social que una ficción haya logrado en los últimos diez años. Dicho mecanismo de control de calidad de contenidos para evaluar cómo llegan y qué dejan en la audiencia las distintos relatos propios que la TV pone en pantalla, es llevado adelante por el Instituto de Investigación en Medios, que dirige Tatiana Merlo Flores, titular de la cátedra de la UBA "El impacto social de la imagen", en cuyo seno se analizó capítulo a capítulo la tira protagonizada por Facundo Arana.
Del trabajo (que muy pronto podría convertirse en un libro) se desprende que Vidas Robadas tuvo mayoría de mujeres jóvenes como televidentes, a las que ayudó a concientizar y alertar sobre los peligros que se esconden a la vuelta de la esquina; indujo a la prensa a meterse en el tema y a partir de su puesta en el aire las llamadas telefónicas por denuncias aumentaron en un 130 por ciento y 300 mujeres y niños fueron rescatados de las redes de tráfico.
Vidas robadas resistió siete meses en el aire, superando momentos de zozobra cuando su rating se hundía y remontó hasta estabilizarse en un rating promedio de 16 puntos, aunque siempre segundo y a la distancia del show de mujeres semidesnudas y muchas veces con coreografías, chistes y acotaciones que rayaban en lo prostibulario de "Bailando por un sueño". Vaya paradoja.




