
Montecristo tuvo una despedida masiva
Siete mil personas compartieron el fin de su tira favorita y disfrutaron al ver a sus ídolos en la pantalla y sobre el escenario
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En sus 74 años de historia, el Luna Park fue sede de numerosos encuentros deportivos, de peleas de boxeo que tuvieron en vilo al país, de recitales que hicieron historia y hasta el papa Juan Pablo II pasó por ahí en una de sus visitas a la Argentina. Cada una de esas noches fue especial en su propia medida, pero lo que sucedió anteanoche quedó fuera de todo parámetro. Siete mil personas se reunieron allí para compartir una ceremonia que suele ser privada.
El final de Montecristo multiplicó la apuesta que había inaugurado Resistiré en 2003. Esta vez, la noche comenzó con una hollywoodense alfombra roja por la que desfilaron los protagonistas de la telenovela desde las 21. Antes, durante el día, el Luna Park había sido el centro de todo el fanatismo que rodeó a esta ficción que comenzó en la laberíntica Marrakesh y terminó con una multitud ovacionando cada minuto de un capítulo más largo de lo habitual.
Ya desde la caminata por la alfombra, que terminaba en un sector reservado para que todos los involucrados en el programa vieran juntos el último episodio, el público demostró quiénes eran sus favoritos. Roberto Carnaghi recibió gritos y elogios de la gente que rodeaba la manzana, lo mismo que Mónica Scaparonne, Rita Cortese, Maxi Ghione y Adrian Navarro. Obedientes ante los gritos de los fotógrafos, los integrantes del elenco parecían disfrutar de las atenciones tanto como el público que las prodigaba. Al tiempo de la llegada de Viviana Saccone, Joaquín Furriel y Paola Krum el entusiasmo crecía en la misma medida en que se achicaban los tiempos para que llegara el fin de la cuenta regresiva que resolvió Marley desde el escenario decorado con dos espadas gigantes.
El vengador
"Ahora -murmuró el desconocido-, adiós bondad, humanidad y gratitud. Adiós a todos los sentimientos nobles. La hora de la venganza ha llegado." Con esas palabras, Alejandro Dumas inauguraba la misión que llevó a su personaje central, Edmundo Dantés, a convertirse en El conde de Montecristo. Anteanoche, en Montecristo , la telenovela,hubo un momento en que Santiago Díaz Herrera encarnó esa falta de bondad, de humanidad, de sentimientos nobles: su hora de la venganza había llegado. Fue en la escena más violenta que se le haya visto interpretar a un protagonista de telenovela. Cuando el personaje de Echarri comenzó a ahorcar al Marcos de Furriel, la tira y la novela se volvieron a encontrar después de muchos meses de alejamiento. Es que si en el principio de la tira de Telefé Contenidos, los guiones de Adriana Lorenzón y Marcelo Camaño seguían la línea de la historia trazada por Dumas, sumándole el elemento de la dictadura argentina, en los últimos tiempos, entre las idas y venidas de los villanos que pasaban de la cárcel a la clandestinidad y de allí a la manipulación genética, y los obstáculos en el camino de la venganza del héroe, la trama perdió algo de su fuerza. Que anteanoche logró recuperar.
Aunque algo abrupta la muerte de Alberto Lombardo, freudiana, fue perfecta. El hombre, tan preocupado por su descendencia y por la continuidad de su sangre, terminó asesinado por ese hijo al que hostigó hasta la locura. Que una gran mayoría de los asistentes al Luna Park festejara la ejecución, parcial, de la justicia por mano propia dice algo de ese público, pero sobre todo de las telenovelas, un género que tiene una flexibilidad que parece no tener límite. Así, el capítulo de anteanoche incluyó el traslado de las cenizas de los padres de Laura (Krum) y Victoria ( Saccone) a la bóveda familiar, el reencuentro entre ella y Rocamora y la falsa muerte de Ramón (Ghione), que casi infarta a medio Luna Park. Y hasta hubo espacio para el último tour de force de Carnaghi. Después de despedirse de su "negra" con iguales dosis de ternura y amenaza, Lisandro terminó sólo en una celda rumiando su locura al ritmo de "Balada para un loco". Otro gran momento de la musicalización del capítulo fue la elección del tema "Creep" de Radiohead para la escena en que ya con Marcos preso, Santiago cae en la cuenta de lo que estuvo a punto de hacer y le pide perdón a Laura por lo que pudo pasarle. "Soy un ser desagradable, soy un raro. ¿Qué diablos estoy haciendo acá? No pertenezco aquí". Eso decía la letra de la canción mientras el personaje de Echarri se desmoronaba.
Tanto drama tuvo sus compensaciones humorísticas que el público festejó: gracias a la ductilidad de Saconne y Machín su escena final comenzó con lágrimas y terminó con risas generalizadas; la despedida de Lola, una de las más aplaudidas de la noche, respetó al pie de la letra la naturaleza del personaje. Tan sexy como bondadosa, la criatura creada por Scaparonne terminó con una posibilidad: un misterioso empresario encarnado por Miguel Angel Rodríguez.
El enfrentamiento entre Santiago y Marcos llegó en la última escena. Para llegar a ese momento el guión pareció forzarse hasta el límite: la huida de la cárcel del villano, el nuevo secuestro de Laura y el duelo final grabado con calidad casi cinematográfica (y parecido a una escena de Matrix) ocurrió demasiado rápido. Claro que, para los siete mil fanáticos, lo más esperado, la resolución, era lo que menos querían. Contradicciones de los seguidores de un género que se da el lujo de cobijar a una tira como Montecristo, una propuesta tan ambiciosa que se animó a dar su versión de un clásico de la literatura y, en el camino, creó uno para la TV.
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