
Murió Milton Berle, rey de la TV
Fue el comediante que provocó el estallido de la pantalla chica, a partir de 1948
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Si en vez de suscitar en un comienzo previsibles gestos de indiferencia o desinterés entre las generaciones más jóvenes el nombre de Milton Berle suscita en ellas algún tipo de curiosidad, no pasará mucho tiempo hasta que reconozcan una fina conexión entre algunos de los programas y personajes de la TV que hoy más se admiran y este mordaz y desprejuiciado comediante que acaba de fallecer en su casa de Los Angeles.
Milton Berle murió en la noche del miércoles último en Los Angeles, rodeado por su familia, tras una larga lucha contra un cáncer de colon. De los 93 años que tenía al morir, dedicó 88 al mundo del espectáculo. "¡Qué individuo tan notable, qué carrera tan notable!", exclamó Bob Hope, cinco años mayor, al conocer la noticia.
Como Hope, Berle fue pionero de un estilo de comedia y una forma de hacer humor (mordaz, cáustica, desprejuiciada, hasta llegar al borde de la insolencia) que se convirtió en la quintaesencia de lo norteamericano y que va desde Bing Crosby hasta Woody Allen y desde Groucho Marx hasta Jerry Seinfeld.
Pero por sobre todo será recordado por su mote de Mr. Televisión y porque fue sin lugar a dudas "el líder de aquella revolución del entretenimiento que logró que toda una nación se hiciera adicta a la pantalla chica", según recordó Lawrence Van Gelder en The New York Times.
Esto ocurrió entre 1948 y 1956. Un año antes de que Berle iniciara su tradicional show de los martes, a las 20, en Estados Unidos funcionaban 17 estaciones de TV reproducidas a través de 136.000 aparatos. Gracias a la impresionante popularidad de este show, en un año se llegó a 50 estaciones y a 700.000 aparatos en todo el territorio norteamericano.
Por primera vez en su historia, todo un país se acomodó a los dictados de un aparato de TV. Carteles en las puertas de los clubes nocturnos informaban que los martes quedaban cerrados "por causa del show del Sr. Berle" y los restaurantes, cines y teatros también quedaban vacíos para que todos pudieran ver a su estrella favorita.
Casi todo lo que vino después en clave de comedia dentro de la TV norteamericana estaba en el programa que nadie quería perderse. Una noche a la semana, 39 veces por año, Berle sorprendía con un atuendo diferente, iniciaba su programa con un monólogo, obligaba a la cámara a seguir sus pasos, recibía a las grandes figuras del momento, cantaba y descerrajaba una interminable batería de chistes, que según algunas estadísticas alcanzaron el número de 200.000.
"Milton Berle tuvo una gran influencia sobre los comediantes de hoy, yo incluido", dijo Johnny Carson, sintetizando el parecer de muchísimos hombres del espectáculo televisivo. Pero en sus tiempos de gloria Berle también debió soportar fuertes cuestionamientos, sobre todo de aquellos que lo acusaban de apropiarse desembozadamente de chistes ajenos, llegándolo a bautizar como "el ladrón de los gags malos".
Los detractores de Berle tuvieron que rendirse ante el magnetismo que generaba el programa entre los televidentes norteamericanos, cuyo número no paraba de crecer. A tal punto que, en 1951, la cadena NBC le ofreció un contrato sin precedente por el que se le garantizaban a Berle 200.000 dólares al año durante tres décadas, trabajase o no.
"Más que un contrato, es una sentencia judicial", ironizó en ese momento Groucho Marx sobre el acuerdo, que fue rescindido de común acuerdo en 1965, pero por el que Berle siguió cobrando 60.000 dólares por año.
Imitando a Chaplin
El hombre que llegó a ser considerado como la figura más importante de los Estados Unidos durante algunos años de las décadas de 1950 y 1960 había nacido el 12 de julio de 1908 en Nueva York, de una familia de origen judío y escasos recursos, con el nombre de Milton Berlinger.
Alentado por su padre, inició su carrera artística a los cinco años al ganar un concurso de imitadores infantiles de Chaplin. No tardó en sumarse a películas que protagonizaron Mary Pickford y Mabel Normand y le aportó otro hito a su precoz carrera el debutar en los escenarios de Broadway a los 12 años.
De allí saltó a los espectáculos teatrales y de vodevil (llegó a trabajar junto a las famosas Follies de Ziegfeld) y más tarde ingresó en el circuito de los stand up comediants , esos monologuistas tan celebrados por el público norteamericano con un estilo que artistas judíos y neoyorquinos como Berle llevaron casi a la perfección.
Allí volvió a fines de la década de 1950, cuando la popularidad de su show televisivo comenzó a declinar (sobre todo desde que decidió trabajar sólo tres semanas al mes) y otras figuras de la comedia, con Lucille Ball a la cabeza, llegaban con ideas más acordes con un medio consolidado.
De Nueva York a Los Angeles, de Chicago a Las Vegas, Berle hizo a lo largo de las siguientes tres décadas apariciones estelares en casinos y clubes nocturnos, fue maestro de ceremonias de innumerables fiestas artísticas y retornó al cine ("El mundo está loco, loco, loco" fue su papel más recordado) y a la TV, esta vez para encarnar papeles de ficción cómicos y dramáticos.
Nunca salía a escena sin un cigarro entre los dedos (en especial los Dunhill, con una banda que rezaba "especialmente seleccionados para Milton Berle") y hasta que los médicos se lo permitieron perseveró ante un micrófono en su fórmula de siempre: humor mordaz y desprejuiciado contra todo y contra todos, aunque siempre con un dejo de indulgencia en el momento justo.
Berle fue pionero en más de un sentido: fue el primer artista en aparecer en una transmisión experimental de TV (Nueva York, 1928), el animador de la primera maratón benéfica televisiva de 16 horas, en 1949, y el primero en ocupar un lugar en el Salón Televisivo de la Fama de Estados Unidos.
Antes de retirarse, hace tres años, obligado por las secuelas de una apoplejía, Berle entregó su último gran papel, el de un paciente afectado por el mal de Alzheimer en la serie "Beverly Hills 90210", por el que ganó una nominación al Emmy a los 87 años.
Allí quedó claro que la TV norteamericana reconocía el legado de uno de sus grandes visionarios. Como lo hizo Woody Allen, en clave de comedia, al convencerlo para personificarse a sí mismo en "Broadway Danny Rose" (1984). El legado de Milton Berle está en buenas manos.





