Un símbolo de la cocina criolla
Recuerdan los memoriosos que, durante muchos años, en la Feria del Libro de Buenos Aires dos best-sellers compartían siempre el primer puesto: la Biblia y el Libro de d oña Petrona.
Es cierto: durante décadas, en la Argentina, pensar en cocinar o en aprender a cocinar tenía un denominador común: doña Petrona. Esa santiagueña de pechos generosos y maternales, que fumaba cigarritos egipcios (su mama fumaba en chala) y que con mucho donaire frente a las cámaras iba pelando, cortando y acomodando todo tipo de alimentos sobre grandes asaderas con sus manos de largas uñas pintadas de rojo furioso, fue, para muchísimas argentinas y muchos argentinos, también, el símbolo de la cocina criolla y aun de la internacional. Todavía hoy lo es, y bien lo prueba el hecho de que Narda Lepes haya decidido, para su entrada triunfal en Utilísima, "revisitar" sus recetas más famosas, acompañada de una "Juanita" propia.
Pensar en doña Petrona, escribir sobre ella, es recordar, también, esas largas tardes porteñas, de televisión en blanco y negro, en las que el programa Buenas tardes, mucho gusto era imbatible. ¡Claro! En aquella época no teníamos mediciones de rating, pero me atrevo a asegurar que, si lo comparáramos con la actualidad, ese programa estaría entre los primeros. También había una revista con el mismo nombre y, en sus páginas de color sepia, doña Petrona volvía a desplegar toda su sabiduría y su encanto tan especial.
Tenía, como buen ídolo popular, sus detractores (detractoras, más bien): que sus platos llevaban demasiados ingredientes, que caían pesados, que los textos del libro no estaban claramente redactados, que... Ninguna crítica fue lo suficientemente poderosa ni dañina como para derrumbarla de su sitial.
Ella reinó en aquel tiempo en que la cocina era "cosa de mujeres". Estaban también, igualmente sabias y apreciadas, Emmy de Molina, la señora de Palma, Chola Ferrer y una verdadera c ordon-bleu: Martita Beines. Aunque las fanáticas de doña Petrona y las de Martita se parecían mucho a los devotos de Luciano Pavarotti, enfrentados a los de Plácido Domingo, lo cierto es que Petrona y Marta eran grandes amigas. Tanto que, oído de la boca de esta última, no era raro que doña Petrona irrumpiera en su casa como una tromba, la mirara casi con disgusto y dijera: "¡Estás muy flacucha, vos! Voy a prepararte unas empanadas". Y las preparaba, nomás. Y Marta las comía, porque decía que sabían a gloria.
Hay que felicitar a Narda Lepes y a su equipo por haber tenido tan buena idea, sobre todo ahora, que andamos de festejos medio ramplones para el Bicentenario. Doña Petrona encarna todavía ese tipo de criolla en el que vale la pena reflejarse. Un solo deseo no pudo alcanzar: cumplir 102 años, como su mamá, porque murió a los 95. Pero ahora, como entonces, cada vez que un argentino ve una comida bien hecha, a punto y tentadora, no puede dejar de reconocer que es "un puema", como ella decía.






