Tensiones de familia

Alberto Catena
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30 de abril de 2015  

Mi hijo solo camina un poco más lento / Texto: Ivor Martinic / Traducción: Nikolina Zidek / Elenco: Juan Tupac Soler, Paula Fernández Mbarak, Antonio Bax, Romina Padoan, Elsa Bloise, Luis Blanco, Clarisa Korovsky, Aldo Alessandrini, Gonzalo San Milan y Pilar Boyle / Asistente de dirección y actor a cargo de las didascalias: Juan Andrés Romanazzi / Escenografía y vestuario: Alberto Albelda / Diseño de luces: David Seldes / Dirección: Guillermo Cacace / Sala: Estudio Apacheta( Pasco 623) / Funciones: domingo, a las 11 y 16 horas.

Nuestra opinión: muy bueno.

Once actores en escena en una amplia habitación donde solo hay sillas. Detrás, un enorme ventanal que termina en forma de arco deja entrar una luz natural que ilumina los cuerpos que entran en movimiento ni bien comienza la obra. Allí se destaca de inmediato una abuela que se mueve con gracia y a la que todos recomiendan trotar porque es bueno para la salud. Solo alguien no participa en esta ronda como quisiera, Branko, que está en silla de ruedas, víctima de una enfermedad que nunca se nombra. Es uno de los hijos de un matrimonio, el de Mía y su marido, que vive con los padres de ella, ya viejos, y su otra hija (una muchacha de unos veinte años). Hay un tercer hijo que no habita en el lugar y al que en ocasiones alguien se refiere, sobre todo pensando en el cumpleaños que se le quiere celebrar al joven que no puede caminar.

La acción transcurre en una ciudad que tampoco se designa, pero que podríamos imaginar que es Split, ciudad portuaria al sur de Croacia y sobre el mar Adriático donde nació el autor de la obra, en 1984. Pero podría ser cualquier otra de ese país o uno distinto. No hay menciones concretas a la trágica y cruel guerra que atravesó esa nación en la primera mitad de la década de los noventa. A veces la abuela, cuya memoria empieza a declinar, recuerda incendios, como si antiguos relámpagos del pasado cayeran todavía sobre los cuerpos sufrientes, y tal vez en recuperación de otros tiempos. Ahora es la posguerra, sin duda y todo está concentrado en las tensiones y desasosiegos que provocan las distintas frustraciones de los integrantes de la familia, sobre todo de las mujeres, que tienen fuerte presencia en sus matrimonios. Es como si se hubiera deseado intensamente algo que la realidad negó duramente. Y nadie se puede ayudar, los lazos solidarios han sucumbido como si esta vez una guerra más sorda y en apariencia inocua se hubiese instalado en los corazones.

Con esos datos y continuas situaciones en las que los miembros de esa familia expresan su exasperación o el ocultamiento de sus fracasos, el autor nos introduce en parajes en los que siempre hay que seguir explorando para percibir la totalidad de sus secretos, pero donde cada avance alumbra una zona de humanidad conmovedora. Para lo cual apela, con fino instinto teatral, a todos los colores del sentimiento: la risa, la emoción, la ternura, el egoísmo o la aspereza de una dura revelación, como en un fresco de la vida misma, donde dolor y esperanza conviven en un mismo espacio sabiendo que son lados inseparables de la misma travesía.

Guillermo Cacace, que ha contado con un elenco de muy rendidores intérpretes, logra plasmar una puesta despojada y de mucha calidad, sutil en detalles, pródiga en recursos de distinta naturaleza escénica. Y sin otros efectos que los de la sola actuación. Una verdadera lección de teatro en estado casi puro. Como detalle general habría que decir que las mujeres están todas en un nivel superlativo. Magníficas las actrices que componen a Mía o la madre de ésta. Entre los varones, que tienen un papel más descansado, tiene alto valor el trabajo del joven que hace de Branko.

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