50 Cent
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Las crónicas raperas de un matón adorable
Desde hace dos años, cuando alcanzó la fama con "In Da Club", 50 Cent ha estado llevando una doble vida. Un ex dealer de crack que –como dice Beyoncé–, es "un bravuconcito sexy". Como su predecesor e ídolo, Tupac Shakur, a 50 le sobra carisma. Pero si Tupac era maníaco e impredecible, 50 es tranquilo y agradable. Si no estuviera tan ocupado por los disparos, las puñaladas y vender millones de discos, sería el agradable presidente de una fraternidad.
Los primeros dos singles del nuevo disco, The Massacre– el lento y lascivo "Candy Shop" y el fiestero "Disco Inferno"– son más bien para las damas. Sólo un rapero que recibió tantos disparos puede decir que la pista de baile está "caliente como una tetera". Los gestos de sacudir las armas y decir cosas amenazantes no desaparecieron, pero 50 parece estar un poco más calmo. Nunca deja ver el sudor, quiere que uno piense que le da todo lo mismo, y que rima bien de casualidad. No le crean: él trabaja para cambiar el tono en Massacre (imposta un acento sureño en "This Is 50"), asume un tono suave y confidencial en "Ryder Music", y busca un sonido seco en "I Don’t Need’Em".
Como siempre, el arma secreta de 50 es la voz, el sonido de tenor amateur que despliega en casi todos los estribillos del disco. 50 conoce las limitaciones de su voz. Se queda en su registro y arregla con el maquillaje de su personalidad lo que le falta en técnica. Se requiere disculpar algunas ocurrencias surgidas por su egomanía y su aparente falta de conciencia. La mayoría de los raperos mantienen la ilusión de que, debajo de las letras rudas, hay un buen tipo. Con 50 uno no está muy seguro. Cada vez que habla de la violencia en las calles, no lo hace porque odie lo que el crimen y la pobreza han hecho entre sus amigos, los chicos, la ciudad o su gente, sino porque le preocupa su propia piel.





