
"Todos tenemos un payaso de la guarda"
José Pellucchi
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"Todos tenemos un payaso de la guarda y es importante que, cuanto antes, entremos en contacto con él", recomienda el doctor Jose Pellucchi. El suyo se llama Verdín Vacunín, viste bermudas verde manzana con gruesos tiradores, zapatones boquiabiertos, un gran sombrero amarillo y una enorme nariz con la punta muy roja.
Pellucchi es médico psiquiatra y actor. Director de Los Ribas, conjunto teatral de la Facultad de Medicina, y creador, junto con la psicóloga Andrea Romero, de los payamédicos. Siempre recuerda con cariño a Cristina Moreira, la maestra que le enseñó el arte del clown: "Ella lo definía como un personaje de una gran ternura, construido con lo mejor de nosotros y alimentado día a día con amor".
–¿Qué es un payamédico?
–Es un médico, un psicólogo o un estudiante de esas disciplinas que, además, ha estudiado y conoce el arte del clown. Esto le permite colaborar en el restablecimiento de pacientes que pueden ser chicos o adultos. El payamédico utiliza el juego, el humor, la fantasía, para despertar la veta lúdica de ese espectador único que es el enfermo al que debe ayudar. Son muchas las consecuencias de estos encuentros, por lo tanto deben ser preparados con mucho amor y rigurosidad. El payamédico debe reunir la mayor información sobre el paciente, no sólo sobre su estado de salud, sino también sobre sus relaciones familiares, ocupación, etcétera. Con todo este material elabora una estrategia con un objetivo muy claro: curar. Por supuesto que hay improvisación, pero apoyada en una preparación cuidadosa.
–¿Cómo es la formación de un payamédico?
–Puede durar entre cinco y seis meses. Primero se aprende el arte clásico del clown y luego, su adaptación al tratamiento del paciente hospitalizado. Es fundamental que el alumno incorpore una ética profunda de amor y cuidado. Hay que recordar que cuando un paciente entra en un hospital deja de ser una persona para transformarse en una herida, un dolor, un tratamiento, una víscera, etcétera. Una situación muy triste. Y una de nuestras tareas es ayudarlo a recuperar parte de eso que perdió. Si es un arquitecto, por ejemplo, improvisamos un proyecto divertido y delirante para cambiar la ciudad o el edificio del hospital. El paciente al principio mira sorprendido, luego ríe y termina por participar y aportar ideas; va recuperando su identidad y eso lo fortalece.
–¿Qué está prohibido en el tratamiento?
–Todo lo que pueda afectar al enfermo. Por ejemplo, hay que tener mucho cuidado con las palabras que se emplean, nunca mencionar términos como cáncer, muerte, asfixia, etcétera. A veces el paciente no puede expresarse, pero siempre, aunque parezca inconsciente, escucha, percibe todo lo que se dice a su alrededor. ¡Cuidado con eso! Pero hay diferencias de significados si el paciente es un adulto o un chico.
–¿Por ejemplo?
–Tomemos algo muy conflictivo: la palabra muerte. La mayoría de los chicos menores de 7 años cree que la muerte es reversible, como en los dibujos animados, donde a un personaje lo aplasta un tren y, sin embargo, al rato se vuelve a levantar como si nada. En cambio, el adulto ha visto morir a otros y tiene conciencia de su propia fragilidad, y pensar la posibilidad de la muerte lo afecta de otra manera. Siempre el payamédico trata de disminuir el temor del enfermo, por ejemplo uniendo un elemento conflictivo con otro poético o divertido. ¿Sabe qué es un estetosflorio? ¿Y una jeringaraca?
–No.
–Un estetosflorio es un estetoscopio que en la punta tiene una flor. Y la jeringaraca una maraca con forma de jeringa, que si uno la sacude tiene ritmo. Una de las tareas más difíciles del médico es ayudar a morir bien. Y en esto también los payamédicos participamos.
–¿Puede recordar un caso?
–En terapia intensiva había un paciente con un grave problema respiratorio. Tenía una máscara y se alimentaba por un tubo. Entonces imaginamos que la sala era el fondo del mar. Con las bolsas de colores en desuso que contenían los sueros creamos peces y los pegamos en el techo de la sala. Casi me mato cuando pegaba los peces subido a una silla instalada encima de una mesa. Todos teníamos máscaras y jugábamos a que éramos buzos que nadaban en el fondo del mar. Y de pronto, en la boca del enfermo atravesada por el tubo se dibujó una sonrisa. Fue la única vez que vi sonreír a alguien con una cánula en la boca. Dos días después murió, pero pudimos darle algo de humor y ternura.
–¿Cómo nació la idea de los payamédicos?
–Con unos de mis maestros de teatro, Javier Margulis, hice una obra que se llamaba Seresleves, así, todo junto, que era muy tierna. Yo estaba en la sala de terapia intensiva y se me ocurrió recrear algunas escenas para entretener a los pacientes y así me di cuenta de que la ternura los ayudaba. Entonces me encontré con Andrea, que me contó que en Ginebra, donde había vivido dos años, pudo ver clowns que trabajaban en hospitales. Cuando nos pusimos a estudiar el tema conocimos a través de un film de Robin Williams la vida del doctor Hunter Patch (Remiendo) Adams, que hacía eso, curar con humor de payaso. Cuando el grupo ya estaba funcionando, en 2003, el propio Adams visitó la Argentina y pudimos intercambiar ideas.
–¿Alguna recomendación?
–Que si en vez de ignorarlo y condicionarlo le permitiéramos a nuestro payaso de la guarda meter más activamente su narizota colorada en nuestras vidas, seríamos mucho más felices. ¿No cree?
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