Travesuras animales de ayer y de hoy

Historias de perros atrevidos, una leona maleducada, el caballo del Che Guevara y hasta un mono tití
Alejandro Schang Viton
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12 de mayo de 2012  

Muchas veces la sobrevalorada relación entre el hombre y la naturaleza, tan proclamada por la poesía universal desde la antigüedad, se vuelve tensa y pierde su halo de romanticismo cuando, por ejemplo, los noticieros informan, como lo hicieron hace unas semanas, que andaba rondando un puma por Vicente López y que una pitón, de varios metros, fue vista por algunos testigos de una zona cercana a Escobar. Se sabe también que en otras partes del país, jaurías de perros se pasean como un vecino más en zona urbanas y suburbanas, y adueñados de parajes anónimos. Esta intrusión que los animales salvajes cometen en el hábitat humano -tal vez por desorientación, curiosidad o hambre- provoca la mayoría de las veces situaciones contradictorias e improbables y no solamente en nuestro suelo, también ocurren en otras tierras.

Por citar un ejemplo, en la primavera de 1965, en Berkeley, Estados Unidos, unos caimanes de gran tamaño se paseaban por las cloacas de Nueva York y meses después la policía encontró un jabalí desorientado en el corazón de Central Park. Lo confirma Richard M. Dorson en su libro Historia legendaria de los Estados Unidos : "Parece que alguna gente que había pasado las vacaciones en Miami, al regresar de nuevo a Nueva York trajeron crías de caimán como presente para sus niños. Cuanto más crecían los caimanes, menos apropiados parecían como compañeros de sus juegos, y sus propietarios los tiraron inmediatamente por el water closet". Se dijo también que una pitón se hallaba en las tuberías de un gran edificio neoyorquino casi del mismo tamaño que la que encontraron en Escobar. Lo que hoy son cucarachas mañana podrán ser tigres, sería la conclusión pesimista. Pero con otro espíritu, anécdotas con perros, caballos, leonas, ñandús, papagayos y otros animalitos pueden ser ideales para la sobremesa.

Detrás de un cachorro, por pequeño, travieso y ladrador que sea, existe siempre una historia.

María Magdalena Cortés, de 72 años, iba por las calles porteñas, agobiada por el ruido y la tensión ciudadana, casi convencida de mudarse a un lugar más tranquilo y menos agresivo que la Capital. "Caminaba por la calle Junín y, al llegar a Paraguay, vi a una señora que paseaba un perro bastante viejo que caminaba con gran dificultad y que se detenía cada dos o tres metros para descansar y recuperar aliento. Vi también que la gente que caminaba por la misma calle miraba al pobre perro, medio ciego y con el pelo color caramelo descolorido, y se paraba para hacerle alguna caricia o brindarle una muestra de afecto. Emocionada pensé que aún no estaba todo perdido y que en esta ciudad hay personas sensibles que quiere a los animales. Gracias a esa escena decidí quedarme."

Carne tentadora

Otra de perros vivió Claudio Caldani, comerciante, de 32, de Gonzales Chaves. "Una vez fui a comer un asado a una quinta. Después de almorzar fuimos todos a darnos un chapuzón en la pileta mientras que los cinco rottweiler de los dueños de casa no hacían más que ladrarme furiosos. Decidí entonces quedarme en la pileta un rato más, hasta que en un momento salí sigilosamente, mientras ataban a los perros. El más manso, que estaba libre, se me acercó y como si nada me mordió la cola. Con dolor y temor volví a arrojarme a la pileta, y disimulé un ratito hasta que los dueños de casa advirtieron mi contratiempo. De regreso a mi casa volví en mi auto manejando un tanto incómodo. Al tiempo supe que el perro que me atacó se fue y no volvió jamás. Yo hice lo mismo."

Un caso similar fue protagonizado por Luz Galíndez, ama de casa de 55, pero en el palier del edificio de Palermo donde vivía hace 15 años. "No sé bien cómo pasó, pero pasó. Mientras esperaba el ascensor se abrió la puerta del único vecino que tenía en el piso y salió su perrito hecho una fiera , y de un salto se prendió a mi pantalón y clavó sus dientes filosos en mi espalda y aun más abajo. Mientras yo gritaba apareció el vecino. Lo tomó del cuello y lo llevó a su casa. Yo, en cambio, fui directo al hospital Fernández. Me atendieron en la guardia, me aplicaron una inyección antitetánica y después me derivaron al Instituto Pasteur. El cuento pronto se hizo popular y en casi todas las reuniones de consorcio mis vecinos me preguntaban por mi parte afectada casi con mayor interés que por el aumento de las expensas."

Show aparte

Si la ciudad y el campo parecen escenarios peligrosos, un circo itinerante no es precisamente un jardín de rosas, por más que las fieras estén adiestradas y enjauladas. Mercedes Podestá, una jubilada de 85, recurre a su memoria prodigiosa y cuenta su experiencia: "Hace casi 50 años llevé al circo a mi hija Estelita con su flamante tapadito recién comprado en Harrods. Antes del show de los payasos hicimos un recorrido por donde estaban los animales enjaulados. Al pasar por la jaula de los leones, la leona nos miró con la misma curiosidad con que la observábamos, levantó su cola y una lluvia dorada y olorosa se desprendió sobre Estelita, dejando con la boca aún más abierta a los payasos que circulaban alrededor. Tuvimos que volver enseguida para casa. Estelita lloraba a mares, pero al encontrarse con sus hermanos y contarles la aventura, todos nos reímos como si hubiésemos presenciado el show."

Los Ayerza vivían en Las Flores y en el patio de la casa reinaba como mascota de los seis hijos un ñandú, regalo de unos parientes. Una tarde, cuando la señora Ayerza salió a hacer unos trámites, fue hasta el patio donde estaba jugando su hijor menor, Cristián, y al acercarse para despedirse, el ñandú en lugar de ocultar su cabeza en un hoyo apuntó, celoso, su pico contra el pequeño, que pudo evitar milagrosamente su ataque en los brazos salvadores de su madre. El ñandú huyó a las pampas y nunca más volvió.

A veces, las causas que provocan los ideales en aras de la revolución no son suficientes y figuras emblemáticas como por ejemplo Ernesto Guevara tuvieron que enfrentar problemas suscitados por animales. En el tomo II de sus Escritos y discursos , el polémico y legendario Che confiesa: "Siempre me acuerdo que fue en las orillas del río La Plata, subiendo ya las últimas estribaciones para llegar a Palma Mocha y un día después de comer nuestro primer caballo. El caballo fue más que un alimento de lujo, especie de prueba de fuego de la capacidad de adaptación de la gente. Los guajiros de nuestra guerrilla, indignados, se negaron a comer su ración de caballo, y algunos consideraban casi un asesino a Manuel Fajardo, cuyo oficio en la paz, matarife, era utilizado en acontecimientos como éste, cuando sacrificó el primer animal".

El arquitecto Fernando Sugasti hace 30 años vivía en su departamento con un monito tití. Amante de los animales, Sugasti empezó sin embargo a perder la simpatía por su monito cuando descubrió al volver a su hogar que su mascota abría su jaula, bajaba y mordía un cartón de diez paquetes de cigarrillos que el hombre, gran fumador, siempre tenía a mano, por el lado del filtro. Un día se cansó del ritual del tití y el amor se tornó en odio. Después en indiferencia y al final, en preocupación. "Moraleja, el monito terminó en la casa de mi encargado y los dos, chochos de la vida. Al año me mudé y me volví más perruno. Los perros son mucho más fáciles en la convivencia", sonríe y acota Sugasti.

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