Tributo payasesco a Martín Fierro
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"El Martín Fierro". Versión libre del poema gauchesco "Martín Fierro", de José Hernández, por la Banda de la Risa. Intérpretes: Gabriel Rovito, Maximiliano Paz, Karina Antonelli, Marcos Gómez. Voz en off: José Adolfo Gallardou. Música: Oscar Cardozo Ocampo. Ambientación y vestuario: Jorge Micheli. Iluminación: Jorge Merzari. Máscaras y dirección: Claudio Gallardou. Teatro San Martín, Sala Casacuberta, Corrientes 1530.
Nuestra opinión: muy bueno
La banda de los payasos, con sus narices rojas, su rataplán murguero, su picardía tierna y juguetona, entra en la sala estableciendo de inmediato dos instancias mágicas del teatro que se anticipan en el circo: la complicidad y la expectativa. Así como ellos se despojan de pretensiones para empezar a contar su historia, el público pone a flor de piel sus emociones, y tiene la risa, y también el llanto, la preocupación y la pena a mano, para acompañar las secuencias.
En un bello y cuidado homenaje al circo criollo rioplatense, esta banda hace reír, conmueve y hace pensar.
Entre Don Cabecha (presentador) y Bichito (payaso) van introduciendo las escenas clave de la historia, con comentarios que permiten una mirada ingenua al gran poema.
Son desplazados en el gran escenario, que en su total desnudez sugiere la inmensidad pelada de la pampa, por la acción interpretada por Raimundo, como Martín Fierro, y sus compañeros o antagonistas que juegan en los cuerpos de Don Cabecha, Pimpinela y Bichito. Ellos serán, según el caso, Cocoliche, Indio, La Autoridad, Viejo Vizcacha, o Paisanita, Cautiva, Cabo Farías, o Paisano, Indio y Sargento Cruz.
Payasos que alivian
Las luces tiñen el horizonte con los colores del día y de la noche y el drama se intensifica en las escenas, aunque las bien elegidas pausas con los payasos alivian la tensión.
La música, los silencios, el ritmo perfecto y el notable trabajo corporal que permite "ver" a jinete y caballo corriendo por la pampa completan la ilusión del teatro.
Así, de forma aparentemente simple, (con esa sencillez que convence y atrapa cuando está respaldada por un trabajo serio), los adultos repasan los episodios de este drama que se vuelve por momentos demasiado nuestro, demasiado cercano.
Y la Banda decide que termine bien "porque el pobre tipo se lo merece después de sufrir tanto", que es como decir que los espectadores, nosotros, nos merecemos, por lo menos, bailar el pericón nacional.
Los niños siguen con interés el desarrollo, festejan las ocurrencias de los payasos y hacen muchas preguntas. Es evidente que desean saber más del protagonista, conocer mejor sus motivaciones, acompañarlo mejor en sus peripecias.
Es el único aspecto que no aparece bien resuelto en la adaptación. Pese a que los payasos cuentan momentos de la historia, precisamente no se muestran las escenas que explicarían mejor el cambio en Fierro, las experiencias que marcan su destino.
No es suficientemente claro a la vista el pavoroso descubrimiento del rancho destruido, la mujer secuestrada y los hijos desaparecidos. Algo similar ocurre con la muerte de Cruz, y en la escena con la Cautiva. Tal vez por temor a mostrar el dolor se corre el riesgo de desequilibrar el personaje.
De todos modos, sobre el escenario hay una potente historia, los payasos con el público componen el nuevo final y cierran la fiesta, que es la del teatro, poniendo el cuerpo y al alma, un homenaje a los precursores y una afirmación de que cuando hay compromiso y talento, se puede. Todavía, afortunadamente. Y es bueno que los chicos lo sepan.
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