
Un éxito de Mignogna al calor del sol otoñal
Taquilla: en competencia con las producciones de Hollywood, "Sol de otoño" consiguió ubicarse entre las más vistas por el público, y su director habla de las claves y de los secretos del film.
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Eduardo Mignogna no sabe el porqué del éxito de su película "Sol de otoño", que ha pasado ya holgadamente la cifra de 150.000 espectadores, un número más que estimable para una película argentina en sus primeras semanas de exhibición. "Tal vez haya un momento en que es bienvenida una pieza de cine sincera -sonríe con el aire mimoso que da saberse responsable de un acontecimiento-. Yo sólo pongo la cámara para registrar y trato de que no se sienta que está. Mi único deseo es que todo ocurra dentro del cuadro." Cuando busca una comparación para su película, piensa en el cine argentino de los sentimientos, propio de las décadas del cuarenta y cincuenta, "una modalidad cinematográfica hoy tan olvidada".
Mignogna reconoce que esa apelación a las emociones no es algo nuevo en su obra, "ya que aparece en mis videos, «Horacio Quiroga», por ejemplo, y hasta en mis documentales y en el largometraje «Flop», un intento fallido en el que no pude rescatar el alma del actor". "Evita, quien quiera oír que oiga", otro de sus films, es un texto sentimental y no una tesis política.
"Sol de otoño" logró insertarse en una cartelera dominada por los productos más gigantescos venidos de Hollywood, "La roca", "Día de la Independencia", "Misión imposible", "El protector" y otras. "La única manera de ubicarse entre «La roca» y Schwarzenegger es poniendo inteligencia y buena voluntad", confiesa el realizador.
"No es fácil distanciarse -añade- porque es una historia urbana y, aunque el núcleo de ficción no es habitual, sí lo es el mito romántico." Cuando habla de acortar distancias dentro de la trama de "Sol de otoño", hace hincapié en las fantasías que vive Clara, la protagonista, un encantador personaje a cargo de Norma Aleandro.
"Esas fantasías fueron muy discutidas. Si las dejo, si las quito. Algunos creían que la gran fantasía final de Clara era muy abrupta. Yo pensaba que no, porque, sobre todo, quería defender el mundo de ensoñación de la protagonista y, más aún, la primera fantasía, cuando imagina a Federico Luppi, en la confitería, como un vengador anónimo que corre a salvar a un mozo anciano de los apremios de un yuppie tonto. La película no propone un transacción comercial, sino reavivar el mito romántico. Jamás se renuncia al amor." Ya que hablamos de significados, en "Sol de otoño" le ocurrió a quien esto escribe, la segunda vez que vio el film, que no pudo creerle a la protagonista sus referencias sobre el hermano.
Según Mignogna, en el guión y en su intención de autor, ese hermano que vive en los Estados Unidos existe; no es un invento de Clara ni un pretexto. "Aunque sí hubo dos pretextos en la narración que parecían insalvables -confiesa Mignogna-: uno es el de la condición de judía de Clara, que no debía ser un obstáculo para que avanzase la historia de amor y el otro, ese hermano de los Estados Unidos. Quise que dejaran de ser pretextos en la medida en que transcurría el rodaje y avanzaba la relación entre Norma y Federico. Para esto le solicité a la producción que me autorizara a rodar la segunda mitad en forma cronológica, en el orden en que la ve el espectador; así crecía la relación humana de los personajes. De ese modo quise hacer desaparecer los dos pretextos: ni ser judía ni citar a un hermano distante podían ser obstáculos para que se los percibiera como personas. Clara y Raúl debían unirse entre sí, sin pretexto alguno. Se podían sentir sus temores, pero no los impedimentos." Tampoco Norma Aleandro quería desprenderse del hermano. Según Mignogna, ella quería que existiese, y a veces lo hacía aparecer como pretexto.
Para volver a recordar
La fantasía última de Norma Aleandro trae reminiscencias del final romántico de "Algo para recordar", aquella inolvidable historia de amor de nuestra adolescencia, con Cary Grant y Deborah Kerr. "No son reminiscencias conscientes, pero seguro que sí, porque es una de las películas que recuerdo con gran afecto -Mignogna tararea el tema musical de aquel film-; lo vi a los quince años y me emocionó tanto que me quedé en el cine, sentado, hasta que se fueron todos. Siempre me ronda esa fantasía pesimista del final. Norma lo entendió bien: mirar a un lado y al otro de la carretera, con todo el coraje que pone para tomar la decisión." Otra de las cuestiones que rondan al público que asiste a ver "Sol de otoño" es por qué está tan presente el padre en los recuerdos de Clara y tan ausente la madre.
Mignogna recuerda que, en uno de los cuatro guiones previos corregidos, Clara le contaba a Raúl que su madre había muerto al nacer ella y que había sido criada por el padre y por la tía Golde. "Me aportaba más la crianza paterna, por el hecho de que Clara iba a estar de novia muchos años, aun después de muerto el padre. Otros datos sobre su madre no tengo. Estos personajes se han convertido en personas que cuentan sus propias historias y que ya no dependen de mi imaginación." La pregunta le ronda a Eduardo Mignogna, pese a esa explicación: "Francamente, no sé por qué no puse a la madre, cuando ésta tiene tanto peso en la comunidad judía como en la italiana que hay en mi ascendencia".
Norma y Federico son dos actores duros durante la negociación para el trabajo, como cualquier actor que se precie de tal. Ponen exigencias en la comida, en el modo de trabajar. Pero cuando comenzó el rodaje -lo reconoce el realizador- "todo fue felicidad".
Los tres abundaron en conversaciones previas sobre los personajes, y Federico Luppi recibió de Mignogna dos páginas con un recuento sobre la vida de Raúl Ferraro, su imaginario personaje, en Uruguay. "Quería que él fuera alguien refinado: su contacto con láminas delicadas en la labor de marquero, el gusto por Schubert," Entre los actores y el director hubo buenos modos, mucha sinceridad y lo que Mignogna denomina "una buena triangulación: ayudarnos mucho cuando alguno de nosotros lo necesitaba". Coincidimos en que es una película de secuencias peligrosas: mucho trabajo en soledad de cada uno y de los dos juntos.
Frente al cine como retazo de la realidad o como construcción de ella, el realizador sólo cree en "la simulación pura", y confiesa que en cine sólo cree en la mentira. "El cine no es la realidad; es una construcción montada en la literatura, una consecuencia de la literatura. El cine nace con un guión literario y termina en la memoria del espectador, que es donde tiene su final el guión." ¿Todo está previsto en el guión? "No siempre", reconoce Mignogna. Y pone un ejemplo: al comienzo, Norma le pidió algún dato sobre Clara que no estuviera en el guión. "Si filmamos una escena de amor -le dijo Mignogna-, Clarita, en el clímax, lloraría." No lo volvieron a hablar, pero el día de la escena de amor, "que se filmó rápidamente, con poca luz y planos cortos, Norma lloró... (ese llanto de la indefensión) y también rió. Le pedí a Luppi que le soplara al oído algo íntimo pero cochino, para que ella soltara la risa, para que la escena de amor terminara sin melancolía." El éxito es un buen padre para los proyectos, de modo que imaginamos a Mignogna lleno de ideas.
"Lo primero será ir a participar en el Festival de San Sebastián, aunque detesto las competencias y concursos donde uno va con esperanzas y regresa con decepciones. Lo otro es un guión que estoy escribiendo sobre dos hermanas adolescentes que quedan solas tras un accidente y tienen que cuidarse una a la otra. Se llevan siete años entre sí. Será una historia de mujeres dirigida a todos."
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