
Un merecido honor para María Elena
El viernes último, la Sociedad Argentina de Escritores le otorgó el Gran Premio de Honor 2000. María Elena Walsh es la séptima escritora argentina que recibe el galardón. Como premiada, ella ha destacado (amén de sorprenderse) algo de capital importancia: que un premio provenga de sus pares "es muy bueno". Suficiente. Categórico. Sin hacer alusión concreta a otra clase de premios, estaba diferenciándolo de aquellos otros que suele otorgar, en nuestro país, mucha gente incapaz e incompetente en el área de que se trate (cine, música...) reunida en multitudinarios jurados ad hoc, donde sólo cuenta el número de votos y no la calidad y trayectoria de los candidatos.
"Ya me pasó con Sadaic y Argentores", agregó María Elena, como para rubricar la validez y confiabilidad de estos premios que fueron el sólido reconocimiento de escritores, poetas y músicos a su eminente inventiva.
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Esta vez se ha premiado a la escritora. A la que -tras aquellos primeros libros para niños: "Tutú Marambá", "El Reino del Revés", "Zoo Loco" y "Cuentopos de Gulubú", de la década del sesenta- nos tuvo acostumbrados, en los últimos veinticinco años, a libros como "El diablo inglés", de 1974; "Novios de antaño", de 1991; "Desventuras en el país jardín de infantes", de 1993; "Diario brujo" y "Pasito a paso", del año último.
La escritora es la misma creadora de canciones antológicas para chicos. La que empujó la fantasía de los pequeños hacia regiones insospechadas de la poesía, jugando con fantásticas imágenes y alegorías. Allí están "El Reino del Revés", con su ironía de signo ético; la lacerante "Pájara pinta", para estremecer el corazón y despertar la conciencia; "La Vaca Estudiosa", como un acicate para los vagos. Allí las lúdicas "Mona Jacinta", "Canción de tomar el té", "La calle del Gato que pesca", la famosísima "Manuelita la Tortuga".
Allí el entrañable lirismo de "Canción del último Tranvía", de "Los castillos", la "Canción del Jacarandá", de "La ciudad de Brujas", de "Las estatuas"...
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La galardonada escritora, que otrora recibió el premio municipal de poesía y del Fondo Nacional de las Artes, no es otra que la que sacudió la hipocresía y la estupidez de los mayores con otra saga de canciones que, sin copiar modelos, emuló a Brassens, Brel o Dylan. Fue a fines de los 60 cuando nuestra juglaresa pergeñó "Juguemos en el mundo" y su incisivo paradigma: "Los ejecutivos".
María Elena también refulge en estos tesoros hechos canción. Con ternura, nostalgia o espléndido humor se ha convertido en nuestra mejor voz.
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