Un monumento en el centro de Hollywood
Es coherente con la personalidad enigmática y extravagante de Los Angeles descripta en novelas de Raymond Chandler y films de Robert Altman, pero no por eso deja de resultar absurdo que, en la ciudad a cuyo alrededor se ha concentrado siempre la producción de cine y televisión para todo el mundo, el edificio que la identifica y vuelve inconfundible desde cualquier ángulo no sea un estudio cinematográfico, un palacio para la exhibición o alguno de esos hoteles donde residen nada más que superestrellas, sino la sede de una compañía productora de discos.
Edificada a mediados de la década del cincuenta del siglo pasado en la calle Vine, a pocos pasos de Hollywood Boulevard, la torre Capitol surgió para concentrar la actividad artística y administrativa en un solo espacio, concebida además como un monumento a los logros del sello independiente que, en poco más de diez años y dedicándose exclusivamente a música popular de gran calidad, se había ubicado entre las compañías más poderosas.
Los irresponsables que se atrevieron a lanzar el primer sello discográfico radicado en la costa oeste cuando los Estados Unidos acababan de sumarse a la Segunda Guerra Mundial y ése era el lugar más inseguro del país se llamaban Johnny Mercer y Buddy De Sylva, compositores notables, y Glenn Wallichs, dueño de la principal disquería de California. Tuvieron suerte desde el principio, porque su segunda placa -el "Cow Cow Boogie" de Ella Mae- fue un éxito fenomenal, el comienzo de una serie que en poco más de diez años colocó a la compañía entre las cuatro más poderosas, respetada por su capacidad para convertir en ídolos a artistas que otros habían rechazado, como el incomparable y extremadamente popular Les Paul.
Gracias a Mercer, que también era genial como director artístico, Capitol se llenó de bandas formidables -Stan Kenton estuvo desde el principio, las de Ray Anthony y Billy May se originaron allí- y, en especial, grandes cantantes: Jo Stafford, Peggy Lee, Kay Starr y Nat King Cole, que con "Muchacho natural" y "Lush life" fue el hombre fuerte del sello hasta que Frank Sinatra llegó en 1953 a resucitar su carrera y dar el impulso que faltaba para que EMI pagara una fortuna por la grabadora.
Fue esa corporación inglesa, que a comienzos de la década del treinta había construido en Abbey Road el mejor estudio del mundo, la que decidió intentar lo mismo en Los Angeles y encargó a Welton Becket, el arquitecto del L.A. Music Center y su famoso Dorothy Chandler Pavilion, el diseño de la estructura circular de trece pisos que, antes de colocar el primer ladrillo, ya era una obra única y polémica, tanto por su forma -el primer "rulero" destinado a oficinas- como por el aspecto exterior, sugiriendo la pila de discos que se cargaba en los cambiadores automáticos, y el detalle de la púa en el techo, con una luz que continúa destellando la palabra Hollywood en código morse.
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Pasado mañana se cumple medio siglo de la inauguración oficial de la sala principal de grabación de la torre Capitol, acontecimiento planeado para quedar en la historia, con Sinatra dirigiendo las primeras piezas de lo que sería el álbum instrumental "Tone poems of color", que terminó en un fiasco, porque lo que debía ser el estudio perfecto, se comportó el primer día como un espacio sin vida, incapaz de producir el sonido cálido y reverberante característico del sello.
Existe una dramática instantánea de aquel momento -Sinatra agobiado observando con furia a Eleanor Slatkin, su chelista de toda la vida, que no puede parar de reír, histérica ante el desastre- que ilustra muy bien la sensación de fracaso que estuvo a punto de convertir el estudio en centro de expedición.
Pero un millón de dólares de aquellos servía para solucionar cualquier cosa, hasta problemas acústicos, y con esa inversión extra se alcanzó la misteriosa perfección que ha convertido a la planta baja de la torre de Hollywood y Vine en uno de los pocos lugares sagrados de la música popular, el paraíso perdido de micrófonos Altec, paredes de roble con estrías y consolas donde -la fantasía es inevitable- alguna vez apoyó vasos Dean Martín, Bobby Darin olvidó un cigarrillo y Judy Garland derramó más de una lágrima.






