
Un oasis solidario en medio del desierto
Un día en la vida de... Laura Diez de Viviant
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Profesora de geografía y ama de casa, Laura Diez de Viviant siempre se interesó por la problemática de los aborígenes argentinos. A tal punto que comenzó a viajar a Chaco y Formosa para conocer y tomar contacto con distintas comunidades tobas y wichis. “Era todo tal cual lo imaginaba, pero peor. Vi mucha más miseria, injusticia, sufrimiento”, recuerda la fundadora de Panal en el Desierto, una organización no gubernamental al servicio del aborigen formada hace cuatro años.
“Comprobé con mis propios ojos que esa gente no come todos los días, no tiene asistencia médica, baños ni agua –agrega–, que la ignorancia es tan grande que ni siquiera las madres saben de las ventajas de la lactancia. Y los culpables de todo esto son los gobiernos. Hay un millón y medio de aborígenes ignorados, abandonados. Sólo se los mira cuando llega el momento de votar.”
Cuando, con su marido, Luis Viviant, decidió trabajar para ellos (“en realidad es con ellos, porque la tarea es conjunta”, explica), no dudó en hablar con el cacique toba Cornelio Romero, al que luego invitó a su casa. “Era la única forma de que creyeran en nosotros. Y fue maravilloso. Lo recibimos en nuestra casa de Pacheco y pudo comprobar que éramos gente de bien. Es más, el primer día lo dejamos solo. Todos teníamos que ir a trabajar, así que le dimos la llave de casa. Para él fue la prueba de fuego, y desde entonces trabajamos juntos.”
Laura no descansa. Se levanta a las siete de la mañana y comienza con la limpieza de la casa. Al rato, cuenta, se oye un concierto de cacerolas. “Adoro cocinar y lo hago desde muy temprano. Me gusta preparar mucho y variado, así que puedo estar a las ocho limpiando un mondongo o amasando. Después lavo y plancho; no me gusta que se acumule ropa. Y paso horas embalando o reparando prendas que luego recibirán los aborígenes. Sobre todo lo que es blanquería. Ellos duermen vestidos; su miserable vestuario hace de colchón todas las noches, así que cuando deben ir a un hospital no tienen qué ponerse. Por eso agradezco tanto cuando me llegan sábanas, pijamas, camisones...”
Actualmente colabora, sobre todo, con comunidades de Juan José Castelli y Pampa del Indio, Chaco. Cuenta que el nombre Panal en el Desierto surgió como una expresión de deseo. “Por más que existan los montes, nuestros aborígenes viven en un desierto de soledad. Y pensé en la miel como símbolo de dulzura y calidez. Al tiempo me enteré de que ellos en invierno se alimentan casi exclusivamente con miel, que se trata de un alimento sagrado.”
Cuando los visita, tres veces por año, vive como uno de ellos. “Duermo en sus casas, me alimento como puedo, peleo con los insectos, los escucho mucho y siempre les pido perdón en nombre del pueblo argentino. Después, empezamos a trabajar en lo que es apoyo escolar, huertas comunitarias, salud. Tenemos un maravilloso grupo de voluntarios (existen ocho delegaciones en todo el país) y todo lo hacemos a pulmón. No tenemos subsidios ni nada; sólo nos manejamos con particulares. ¿Un sueño? Más allá de los medicamentos, alimentos, útiles escolares, computadoras, materiales de construcción, que alguien nos done una combi, porque nos cuesta alquilarla. Y allá es fundamental. Nos serviría como ambulancia... como todo. Sería una bendición.”
Viviant exprés
Impresión: “Hay cosas que te quedan marcadas a fuego. Un chico con la cabeza perforada por los piojos, los hombres con las piernas comidas por las pirañas, los recién nacidos hechos una bola de suciedad. Y después la gente se sorprende cuando se habla de desnutrición en la Argentina”.
Manos: “Hago cursos todo el tiempo para después poder transmitir cosas. Manualidades económicas, por ejemplo. Los hombres del norte argentino son muy hábiles con las manos. Hacen maravillas con una madera y un cuchillo”.
Verde: “Lo de las huertas fue un hallazgo. Hay que ver con qué entusiasmo y sorpresa trabajan. En algunos lugares nacen rabanitos gigantes, unas plantas de lechuga increíbles. Al principio no sabían cómo utilizarlos, pero hoy conocen la ensalada”.
Contacto: “Mi primer encuentro con los aborígenes fue en Sáenz Peña, Chaco. Allí conocí a los tobas y nació mi compromiso”.
Ignorancia: “No hay vacunas, educación ni información. Una toba me preguntó: ¿Es cierto que a los 42 se nos retira y no podemos tener más hijos?”
Otras Fiestas
Ha pasado la Navidad lejos de su casa. Sin las comodidades de Buenos Aires, pero con la satisfacción de ver esas caras felices. “Llegamos repletos de regalos, juguetes y, por supuesto, comida. El hambre es tan grande que me abstengo de llevar budines porque los agarran con tal desesperación que se pierden en migas. Describir la expresión de esa gente es imposible. A mí, a mi esposo, a los voluntarios, se nos caen las lágrimas. Nos la pasamos llorando de emoción. Y también de impotencia.”
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