Una de piratas

Temidos, admirados, valientes o inescrupulosos, patriotas o mercenarios, hombres de mar para coleccionar
Alejandro Schang Viton
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17 de marzo de 2012  

Hubo una época –dice Germán Arciniegas en Biografía del Caribe– en la que la geografía política no estaba en tierra firme, sino pintada sobre sus olas. Cada rincón suyo tenía un nombre propio y proclamaba su soberanía como un reino". Era la época de los piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros, tan cruel como romántica.

La palabra pirata viene del griego y significa ensayar, emprender. Su segunda acepción refiere a un ladrón que anda robando por el mar. Según afirma también el Diccionario de la Real Academia Española, filibustero es el nombre que se le daba a ciertos piratas que por el siglo XVII infestaron el mar de las Antillas, El corsario, en cambio, era el navegante de un barco autorizado por el Estado para atacar las naves de alguna nación enemiga. Mientras que el vocablo bucanero desciende de boucan, palabra de origen francés con que se designaba al proceso que llevaban a cabo los nativos, caribes, con la carne, que también se llamó barbacoa. Además, el boucan constituía un magnífico antídoto contra el escorbuto, la enfermedad de los marinos.

Los bucaneros andaban en grupos de siete y eran excelentes cazadores. Vestían polainas gruesas, pantalones y chaquetas de lino, y calzaban mocasines y sombreros modernos de ala recortada que fueron los precursores de las gorras de los jugadores de béisbol, las caps. La mayoría se instaló en la costa norte de Haití y de la isla de la Tortuga. Atacaban generalmente a contrabandistas holandeses, franceses e ingleses en sus pequeños bergantines. Entre los bucaneros había, sin embargo, franceses, ingleses, indios campeches, esclavos negros evadidos, irlandeses, desertores y piratas comunes. En 1638, los españoles atacaron la isla de la Tortuga y masacraron a trescientas personas. Muchos de ellos se salvaron por estar de cacería, pero al regresar y ver los restos de la sangrienta disputa formaron la Hermandad de la Costa y comenzaron a luchar fieramente contra España. Los ibéricos los apodaron diablos del infierno.

Uno de ellos, Alexandre Exquemelin –bucanero y cirujano–, escribió en su diario: "Nunca están desprevenidos. Ninguno se aparta ni un segundo de su mosquete de 30 cartuchos, de un machete y de sus pistolas". En 1668, tal vez la época más gloriosa de los bucaneros, Henry Morgan saqueó Panamá. Pese a su sangriento historial, Morgan consiguió el perdón real, un título nobiliario y además fue nombrado gobernador de Jamaica. Nunca regresó a su Gales natal y se instaló en Port Royal tomando ron hasta morir.

Otro novelesco pirata fue Keir- eddin, más conocido como Barbarroja, que hace resonar su nombre al apoderarse en 1534 de Túnez, con la ayuda del sultán de Estambul, Solimán, el Magnífico. Casi medio siglo después, en 1580, apareció surcando los mares el célebre corsario Francis Drake, que tras dar la vuelta al mundo aprovechó, de paso, para atacar y saquear ciudades y barcos españoles. "Cuando Drake volvió a casa –señala Carson I. A. Ritchie en La búsqueda de las especias (Alianza, 1994)–, la reina Isabel le dispuso una calurosa acogida, le nombró caballero sobre la cubierta de su nave capitana, la Golden Hind, y tuvo la cortesía de aceptar una parte del botín que Drake había traído consigo. Este era tan importante que habría sido suficiente para poder pagar toda la deuda nacional británica de nuestros días".

Promotores de la libertad

Dos siglos después nació en la Provenza francesa el mítico François Mission. Con apenas 16 años se lanzó al mar. Fue diestro espadachín y exquisito pensador. Cuentan que después de abordar una nave enemiga y ultimar una docena de moros bajó de su embarcación, Victoire, en suelo italiano y abrazó la fe católica, inspirado por un párroco de apellido Caraccioli. Pero el padre Caraccioli cayó en la tentación, se quitó los hábitos, se puso un parche, tomó una espada y se fue a piratear con Mission. Con el tiempo, el Victoire se convirtió en The Republic of the Sea (La República del Mar), que con sus 200 tripulantes franceses se transformó en un grupete de piratas socializados utópicos. En lugar de exhibir la típica bandera con la calavera blanca y los huesos cruzados sobre fondo negro, conocida como la Jolly Roger, hicieron flamear un estandarte blanco con letras bordadas en oro con el lema: Por Dios y la libertad. En cubierta, los miembros de esta utopía flotante se repartían el dinero y los objetos obtenidos en partes iguales. Sostenían la igualdad de derechos, y la blasfemia y la embriaguez, prohibidas, eran castigadas con azotes. Mission capturó un barco holandés y liberó a los esclavos convirtiéndolos en ciudadanos de la República anfibia y tuvieron su territorio cuando el grupo constituyó en 1726 la República de los Libertatis, en una isla del grupo Comoro, entre Madagascar y la costa del continente africano.

En el siglo XX, los piratas siguieron asolando algunas costas y también en altamar, armados con sofisticados armamentos y exigiendo rescates o quedándose simplemente con costosas embarcaciones que se pierden en el vasto mar de las historias.

En la década del sesenta, un buque corsario secuestró en la costa del Pacífico al gobernador de Arica, Chile, Ricardo Abott Aguirre. Años después se registró otro secuestro que dio que hablar: 15 filibusteros atacaron el barco coreano Chum Myang, que se hallaba navegando costas cercanas a Filipinas. A los tristemente piratas del asfalto de hoy se siguen sumando otros, que no siempre tienen un lorito que habla en francés.

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