Una mirada erótica-musical de Salomé

Pablo Gorlero
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25 de febrero de 2004  

"Salomé, un musical sensual". Libro y letras: Rolando Sosiuk. Música: Juan Manuel Bevacqua. Producción: Gabriel Cardoso. Coreografía: Déborah Turza y Natalia Acevedo. Puesta en escena y dirección general: Sergio Perla. Escenografía: Marcelo Figoni. Vestuario: Alejandro Delahaye. Coros: Daniel Landea. Danzas árabes: Belén Carreras. Luces: S. Perla y Ariel Greblo. Elenco: Viki Almeida, Rodrigo Fornillo, Rolando Sosiuk, Mariana Cuyás, Nancy Sarmiento, Alfredo Díaz, Adrián Visiglia, Marcelo Muñoz, Jazmín Bitrán, Belén Godoy, Javier Scarpatti, Vanina Vergara, Matías Cazeaux, Dolores Rodríguez, Damián Epelbaum, Alejandro Gallego, Matías Taverna, Micaela Monzón, Lucrecia Rilo Maseda, Belén Carreras, Flavia de Luca, Paula Cefali y Ricardo Giordano. En el Santa María, Montevideo 842. Duración: 120 minutos, con intervalo.

Nuestra opinión: bueno

Aquellos norteamericanos que tienen una visión más amplia del aspecto comercial del arte insisten en que la fórmula para lograr que un musical sea exitoso es tomar una historia de vida fuerte o hacer una adaptación de una obra literaria (seguramente Sondheim no está muy de acuerdo con esta aseveración). Es el modelo que prevalece en los últimos musicales estrenados en Buenos Aires. Esta "Salomé" está basada en el texto de Oscar Wilde, con música de Richard Strauss.

El libreto, a su vez, cimentado en un episodio de la historia bíblica, era un producto de la decadencia británica y de una Viena al borde de la primera gran guerra. La sociedad inglesa no permitió que se estrenara y el autor irlandés la concretó en la Alemania protestante, en 1905.

Esta versión argentina toma el modelo estructural dramático de la obra de Wilde, pero, hace algunas reinterpretaciones y modifica el final. Está situada en los años 30 de la era cristiana, cuando Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y rey de Judea, prepara un gran banquete, junto a la reina Herodías. Paralelamente, Juan el Bautista, profeta de Cristo, se encuentra prisionero en una de las celdas del palacio. Es ahí adonde, por curiosidad, acude Salomé, hijastra y sobrina de Herodes. Enseguida se siente atraída pasionalmente por aquel hombre que predica cosas extrañas a sus oídos. Es aquí donde está la primera relectura del autor, Rolando Sosiuk. Salomé intenta seducir a Juan el Bautista, pero asimismo él se siente poderosamente atraído por ella y, en una primera instancia, sucumbe ante sus besos y se cuestiona su propio proceder. Claro, luego la rechaza y provoca la ira de la descomunal muchacha. Después, ya todos saben cómo sigue la historia.

En líneas generales, la obra es buena. La rica historia de Salomé es el condimento necesario para que nada resulte aburrido, en tanto el ambiente oriental de la puesta en escena le da un color atractivo. Sosiuk lleva la historia en un orden estructural dramático correcto, pero no consigue del todo la síntesis que exige el género. Peca de reiterativo, sobre todo en los momentos de mayor peso. A su vez, aunque las letras son una digna y correcta prolongación del texto hablado, en algunos tramos poseen métricas y rimas que no concuerdan con la línea musical. En este aspecto, la partitura de Juan Manuel Bevacqua es interesante y se basa casi exclusivamente en melodías orientales.

Asimismo, de manera interesante, nunca se interrumpe, ni siquiera en los diálogos o en los monólogos en prosa. Acompaña los estados de ánimo de los personajes, en función de la dramaticidad. Pero el propio estilo atenta de algún modo contra sí mismo y lo vuelve también repetitivo: hay cambios abruptos de ritmos y melodías en una misma canción, y eso desconcierta, sin permitir fijar esas melodías en el inconsciente del público. La mejor canción: "Quisiera amarla", en la que Juan el Bautista expresa la dualidad de sus sentimientos.

Hay que aclararle al espectador más sensible que esta obra habla de la perversidad, de la pasión incontrolable, la obsesión ciega, la sensualidad, la lujuria y el abuso de poder. Por lo tanto, hay escenas de cierto contenido erótico, bien realizadas desde lo artístico y lo visual.

Aciertos y efectos

La puesta de Sergio Perla es correcta, con un aprovechamiento total del espacio y un buen manejo de los efectos. La escena en la que le cortan la cabeza al Bautista logra un efecto de rechazo muy interesante. Por otra parte, en algunos tramos se nota algo descuidada la marcación actoral.

Por otro lado, la coreografía también se asienta en las danzas orientales, y esa elección vuelve muy atractivos los números bailados. Algunos de ellos están muy bien insertados como lenguaje dramático, como aquel que muestra las diversidades sexuales y sociales de la época.

La escenografía brinda lo necesario. Poco y bien, suficiente: escalinatas paralelas que culminan en el trono de los reyes y columnas dóricas a ambos lados. En el centro, una estructura cúbica móvil recubierta de telas, que sugiere la celda de Juan el Bautista. El vestuario y los coros, también correctos.

Entre los intérpretes hay mejores cantantes y bailarines que actores, y prevalece en algunos cierta tendencia a la sobreactuación (algo cada vez más común en los musicales). Viki Almeida, como Salomé, aporta toda la sensualidad que requiere el personaje a través de su belleza. Afronta muy bien la "Danza de los siete velos", que culmina con un semidesnudo, pero no transita claramente por los procesos emotivos de su criatura. El tránsito de la pasión a la locura y al sadismo no ofrece matices y, tal vez, la dirección debería haberla ayudado a trabajar más ese aspecto. A su vez, su monólogo final es muy repetitivo. Entre los demás, Nancy Sarmiento, como la narradora, bien en lo vocal, y Mariana Cuyás, como Herodías, en una buena interpretación integral.

Esta puesta de "Salomé" está dedicada a la memoria de Pablo Lisazo, que falleció muy joven hace más de dos años y que, hace casi 14 años, había estrenado en esta misma sala el musical "Mozart, un hombre", en el rol protagónico.

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