Una película que hace memoria e incomoda
Secuestro y muerte alude al rapto y "ajusticiamiento" de Aramburu, pero el triunfalismo dominante prefiere ignorarla
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Que pase lo más inadvertida posible. Que se vean frustrados sus sucesivos intentos de estrenos. Que el Instituto del Cine no le haga la guerra, pero que tampoco la ayude en el lanzamiento con la excusa de que no le alcanza el presupuesto. Lo que pareció un arranque con pie firme en el comienzo del Bafici del año pasado, en realidad era tan sólo un espejismo al comienzo de un árido desierto, que todavía transita.
Con este ninguneo tan activo, la única copia en cartel de Secuestro y muerte , apenas en dos funciones, de jueves a domingos, en el desangelado cine Cosmos, está tan sentenciada a lo peor como ese general de la Nación retenido por cuatro jóvenes en una casa de campo, historia que cuenta la película y que alude, aunque no explícitamente, al rapto y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu, hecho del que el miércoles pasado se cumplieron 41 años.
Jura su director, Rafael Filipelli, que no leyó La Causa Peronista, el pasquín montonero que en su N° 9, del 3 de septiembre de 1974, publicó un minucioso y cínico relato de Mario Firmenich y Norma Arrostito sobre aspectos desconocidos de ese operativo y el posterior ajusticiamiento del militar que por entonces tramaba un posible regreso al poder. Allí, el jefe de la Revolución Libertadora es descripto como una persona que no parece perder la entereza a pesar de saberse sentenciado, y que hasta exhibe cierto aire superior, incluso en reveladores detalles que sus captores no callaron (como "Pidió que le atáramos los cordones de los zapatos. Lo hicimos", o "General, vamos a proceder", que le dice su verdugo antes de liquidarlo, y la escueta respuesta de Aramburu: "Proceda").
Aunque en Secuestro y muerte no hay nombres propios y la alusión al entonces desconocido paradero del cuerpo de Eva Perón es al "cadáver" y a "esa mujer" (título de un célebre cuento de Rodolfo Walsh) es innegable que la película cuenta aquel traumático episodio de la vida argentina contemporánea mediante el cual hizo su desgraciada presentación en sociedad la organización armada peronista Montoneros.
Confeccionada a manera de tragedia griega, y con clima claustrofóbico -la mayor parte de la película transcurre en sendos ambientes de una casa- hay dos planos bien diferenciados: los precisos y agudos interrogatorios que se le formulan al capturado para determinar su grado de responsabilidad en los fusilamientos de civiles y militares que él ordenó y en el secuestro del cuerpo de "esa mujer", en contraste, con las muy banales conversaciones, en los entretiempos, de los cuatro jóvenes captores mientras se alimentan, fuman o están de sobremesa. Probablemente aquellos diálogos no hayan sido tan superficiales, pero al enfatizarlos de esa manera se logra una sugerente alegoría: a pesar de la formación política que pudiesen tener algunos de ellos, es muy probable que no dimensionaran el abismo que abrían al matar al jefe más relevante del movimiento militar que derrocó a Juan Domingo Perón en 1955.
Es interesante esa marcada y paradójica ambigüedad de la película y que los tres guionistas del film se hayan dividido las tareas para subrayar ese efecto. Así, la ensayista Beatriz Sarlo, que es a su vez esposa de Filipelli, se concentró en "un largo diálogo en el que el condenado a muerte y sus jueces ensayan dos versiones de una historia" (Sarlo ya se había asomado a este capítulo luctuoso, que inauguró los trágicos años 70, en su libro La pasión y la excepción ), en tanto que Mariano Llinás y David Oubiña se dedicaron más a confeccionar las conversaciones triviales de esos jóvenes que, al hacer justicia por mano propia, terminaron mimetizándose con lo que más execraban de su enemigo.
Todo sucedió, escribió Sarlo, "hace cuarenta años: hechos que casi pertenecen a otro tiempo y a otro país. Sin embargo, no. Todavía tienen ecos en el presente".
Tal vez resida ahí una clave del desamparo y soledad de esta película que incomoda no sólo al Gobierno, sino a la gente que en otro contexto quizá la vería, pero que en estos tiempos de euforia oficialista, que reduce las elecciones presidenciales de octubre a mero trámite, fastidia por recordar hechos difíciles de explicar para un oficialismo que añora el accionar de aquella "juventud maravillosa" (Perón dixit , antes de pasar al menos cariñoso "imberbes", con que respondió a la rebelión de Montoneros en su propia cara, en Plaza de Mayo, el 1° de mayo de 1974).
Es que hay recuerdos incómodos que está contraindicado recuperar si vienen a arruinar el triunfalismo dominante. Me pasó el lunes último al participar de una mesa redonda en la Legislatura porteña sobre la evolución de los programas de debate político en la TV. Un panelista dijo que la dictadura militar había creado una nueva matriz del entretenimiento en esos años oscuros. Me vi obligado a puntualizar que el gobierno de Isabel Perón había estatizado unilateralmente la TV y que los militares heredaron ese monopolio. Quise recordar también el proceder violento de bandas armadas de ultraizquierda y ultraderecha en los 70, el decreto de "aniquilamiento" firmado por Italo Luder y la conformidad de ese dirigente, cuando en 1983 fue candidato presidencial, con la autoamnistía dictada por la dictadura militar, todo en nombre del justicialismo. Afortunadamente ganó Raúl Alfonsín y los comandantes fueron juzgados. Pero llegó otro presidente peronista (Carlos Menem) y declaró el indulto de represores y guerrilleros.
Los otros dos panelistas cercanos al Gobierno, en vez de confrontar con los datos que acababa de sumar al debate, me dijeron que me había ido de tema.
Ahora comprendo: Secuestro y muerte se fue de tema. Por eso, casi nadie la ve.
psirven@lanacion.com.ar
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