Una sátira a Hollywood
Entrevista con John Waters, director de "Cecil B. Demented"
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SAN SEBASTIAN.- John Waters está cansado. Lleva pocas horas en el País Vasco y ha tenido que atender innumerables pedidos de entrevistas de la prensa internacional. Pero este patriarca del denominado cine trash (basura), impulsor y profeta del movimiento underground de los años 70 y uno de los críticos más mordaces de la doble moral, la hipocresía, el cinismo y la mediocridad de la sociedad norteamericana sabe que buena parte de su subsistencia artística y comercial depende de los festivales, especialmente los europeos, donde se le suelen reconocer méritos que sus compatriotas pasan por alto.
Este año, su provocativa obra se llama "Cecil B. Demented", una desatada sátira sobre la industria de Hollywood que estrenó en la sección oficial (fuera de competencia) del reciente Festival de Cannes. Aquí la presentó en una multitudinaria exhibición al aire libre en el Velódromo de Anoeta, en la que estuvo acompañado por su amigo Pedro Almodóvar, uno de sus confesos admiradores y -en la primera parte de su obra- imitadores.
Rodada en su Baltimore natal, "Cecil B. Demented" (un juego de palabras que remite a Cecil B. DeMille) describe las desventuras de una suerte de guerrilla que reivindica el cine independiente y pretende terminar con la dictadura de los estudios de Hollywood. Liderado por el "autor" Cecil B. Demented del título (Stephen Dorff), este grupo de fanáticos desquiciados decide secuestrar en medio de una premiére mundial a Honey Whitlock, una insufrible, glamorosa y prototípica estrella de la industria (Melanie Griffith), para que protagonice en las calles y en medio de la gente una película-alegato contra la artificialidad y los abusos de los films comerciales.
Plagada de citas cinéfilas, "Cecil B. Demented" no deja títere con cabeza: los ejecutivos que producen cine familiar, malas remakes de films europeos y versiones de viejas series de TV, los críticos vanidosos, los dueños de los multicines, los agentes de prensa, los censores que están en contra de los desnudos y de la violencia, y hasta los espectadores que hablan en las salas, consumen pochoclo o entran tarde a las funciones resultan los objetivos preferidos de la impiadosa mirada de este realizador de 54 años.
El creador de films como "Pink Flamingos", "Crybaby", "Hairspray", "Polyester", "Serial mom" y "Pecker" conversó con La Nación y con otros medios extranjeros no sólo sobre esta provocativa visión de la actualidad del cine estadounidense -en la que actúan habituales compañeros de ruta como Ricki Lake, Patricia Hearst y Mink Stole-, sino también sobre su relación con el establishment hollywoodense y los recuerdos de la primera y más alocada etapa de su carrera.
-¿Cómo logró financiar esta sátira que se burla del cine mainstream y también de la producción independiente de su país?
-El Canal Plus de Francia puso casi íntegramente los 10 millones de dólares que costó. En Hollywood tengo muchos productores amigos, pero todos me dicen lo mismo: "Me encanta tu trabajo, pero no puedo arriesgar mi cabeza dándote dinero a vos". Y yo los entiendo.
-Sin embargo, su cine es cada vez más accesible, ambicioso y costoso.
-Es cierto. "Pink Flamingos" la hice con 12.000 dólares que junté entre amigos que querían aparecer en una película y mi padre. Hoy, en cambio, no tengo más remedio que convivir con el establishment y esconder mis viejas películas como si fuesen pecados inconfesables.
-¿Añora aquellos tiempos?
-Tengo muy gratos recuerdos, extraño a gente como Divine (N. de la R.: transexual ya fallecido que protagonizó varias de sus películas), pero no vivo del pasado. Antes era demasiado irracional, instintivo. Filmaba a mis actores desnudos en la calle y generalmente terminaba preso.
-¿Y ahora?
-Y ahora están los del Dogma 95, que hacen lo mismo que yo hacía hace 20 años. ¡Pero yo lo hacía por necesidad, porque no tenía un centavo, y no como herramienta de marketing! Son muy hábiles esos niños ricos.
-¿Por qué tomó el título de Cecil B. DeMille?
-En verdad lo tomé de un artículo de la revista Advocate, donde me llamaban así, y lo sentí como un elogio. A mí el cine de DeMille no me gusta, pero yo también hago cine épico. Una épica trash (basura).
-En el film, los guerrilleros llevan tatuajes con nombres de directores, ¿son todos sus favoritos?
-Todos. En los tatuajes aparecen Pedro Almodóvar, Otto Preminger, Pier Paolo Pasolini, Rainer Werner Fassbinder, Kenneth Anger, Spike Lee, Russ Meyer y David Lynch, entre otros. Claro que entre mis influencias tendría que citar también a Ed Wood, Billy Wilder, Ingmar Bergman, Federico Fellini, Andy Warhol, todos los de Disney...
-¿Qué piensa del cine joven?
-Me encantan Todd Solondz ("Felicidad") y Todd Haynes ("Velvet Goldmine"). Me fascinó "Psicópata americano" y creo que en Europa lo más interesante es el francés François Ozon, que está llamado a ser el nuevo Fassbinder. Pero la mayor parte del cine independiente de mi país es una porquería. Son jóvenes arrogantes, preocupados por conseguir un nuevo ángulo de cámara, pero intelectualmente nulos. Sus films son peores que los de Hollywood. Lo más importante que pasó en los últimos años fue "El proyecto Blair Witch", que cambió la forma de vender una película.
-Si usted tuviese que raptar a una estrella para una película suya, ¿a cuál secuestraría?
-De las actuales, ninguna. Pero seguro lo habría hecho con Judy Garland y también con Anita Ekberg o Elizabeth Taylor.
-Además, usted ya trabajó con varias estrellas...
-Sí, pero ahora estoy preparando un film sobre adictos al sexo: quiero ver si alguna se atreve a trabajar conmigo.
-¿Tienen demasiados pruritos?
-Por ahora, sí. Pero estoy seguro de que en diez años hasta las estrellas harán escenas de sexo explícito.
-¿Cómo trabajó con Melanie Griffith?
-Se convirtió en chica Waters. Tenía que ser una verdadera estrella de Hollywood y estar dispuesta a todo. Tiene el síndrome de las divas de 40, ya no le ofrecen buenos papeles.
-¿Cuánto de usted hay en el personaje de Cecil B. Demented?
-Hay muchos elementos autobiográficos en el film. Especialmente todos los detalles más bizarros y delirantes tienen que ver con mis primeras películas. Pero no soy él. Claro que le tengo simpatía, lo ocultaría en mi habitación, lo visitaría en la cárcel y, por supuesto, pagaría ocho dólares para ver sus películas, sus manifiestos antihollywoodenses.






