Una sonrisa dice más que mil palabras
Buena parte de las preguntas que deja por estos días el caso Sheen en los Estados Unidos se centra en el hecho de si los grandes estudios apañan e incluso facilitan los problemas personales de sus empleados más exitosos, al mantenerlos en pantalla mucho tiempo después de que éstos comienzan a dominar sus vidas. Aunque no fue ni el primero ni el más polémico ni, seguramente, el último escándalo que hayan experimentado tanto Sheen como la TV norteamericana, vale como muestra el encontronazo de quien esto escribe con el fenómeno del control de daños y el propio actor, allá lejos y por 2005.
Un poco de contexto: por ese entonces, el protagonista de Wall Street había vuelto, en el sentido que ahora adjudicamos a Robert Downey Jr. En 2000, había convencido a los productores de la muy exitosa Spin City de que podía no sólo reemplazar a Michael J. Fox, sino convertirse en algo más que un resorte para mantener la ficción en el aire. Y lo hizo muy bien. Así que, de nuevo en 2005, Charlie Sheen estaba casado con Denise Richards, tenía una hija y esperaba otra; había ganado premios y tenía serie nueva. La posibilidad de entrevistarlo en el set de Two and a Half Men era muy atractiva, ya que era uno de los pocos ciclos que para entonces (son muchos menos ahora) se grababan en el formato clásico de las sitcoms , a tres cámaras y con público. El día anterior a la visita estalló la bomba: Richards le había pedido el divorcio y lo había acusado de una larga lista de excesos y violencia. Con la lógica del espectáculo local, los hispanohablantes pensamos: "Adiós, entrevista". Pero no: a la mañana siguiente, estábamos en el living de los Harper, escuchando cómo Charlie Sheen respondería nuestras preguntas acerca de cualquier faceta de su vida profesional. Pero sólo de ella: no respondería sobre su vida privada. Pero, claro, el cerco informativo es bastante menos efectivo cuando hay una veintena de periodistas encerrados en un estudio con el hombre del día. Sheen llegó fresco y con una sonrisa, respondiendo con inteligencia y la misma desprejuiciada espontaneidad que hace de su padre Martin uno de los mejores entrevistados de la TV de su país (quien nunca se olvida de recordar sus tiempos más turbulentos). Nada parecía indicar que había comenzado el día como el villano de la novela mediática del momento, ni que su recién recuperada carrera estaba en vilo o, peor, que su mujer le había pedido el divorcio. El contexto distendido envalentonó a un periodista finlandés, que a su turno no dudó en preguntarle qué estaba sintiendo. El pánico entre las responsables del estudio era palpable, pero el actor lo miró fijo e hizo un gesto con la mano de que estaba bien. "¿Cómo te parece que me estoy sintiendo?", le respondió, en medio de un silencio sepulcral. Y entonces le sonrió ferozmente. Y, aunque la conferencia siguió por sus cauces naturales y su carrera sobrevivió -no así ese matrimonio ni el siguiente- y lo hizo una estrella, algo de esa sonrisa puede encontrarse en sus diatribas para la Web por estos días, ya solidificada en una mueca desafiante ante la conmiseración ajena.





