
Vengerov y el arte máximo del violín
Prodigio: con apenas 22 años, este notable músico, que se presentará mañana y pasado mañana en el Teatro Colón, toca su instrumento con el arco que perteneció al impar Jascha Heifetz.
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Si algo caracteriza a este increíble violinista nacido en Siberia hace 22 años, es la notable capacidad de transmitir emociones intensas, apasionadísimas, y una significativa cuota de musicalidad y profundidad en dosis equivalentes. Sin embargo, cuando habla, su voz es reposada, vierte sus pensamientos con una mesura llamativa, no tiene ninguna urgencia en dejar establecidas con precisión sus seguridades y convicciones ni le molesta hablar de temas personales más allá de lo estrictamente musical.
Además, Vengerov instala una comunicación simple y cordial.
Detesto -dice en el comienzo de su conversación telefónica con La Nación que me digan maestro o que me traten como a una persona de gran celebridad. El 20 de este mes cumplo 22 años, y me gusta ser considerado como alguien de mi edad.
-¿Cómo es su vida familiar?
-Mis padres residen en Tel Aviv desde 1990, pero yo no estoy con ellos más que una semana por año. Mi vida, en realidad, transcurre entre teatros, grabaciones, aviones y hoteles.
-¿Se torna difícil ese tipo de vida?
-Yo he elegido este modus vivendi. Supongo que dentro de algunos años podré regular mis actividades, ser más selectivo. Entonces tendré un tipo de vida más sedentaria. Pero, por ahora, no la sufro sino que la gozo intensamente.
-¿Quiénes han sido y quiénes son ahora sus maestros?
-En primer lugar, Galina Turtschaninova y, luego, Zakhar Bron. En la actualidad no tengo profesores, pero sigo aprendiendo. Estoy muy satisfecho por trabajar y tocar con grandes directores, como Rostropovich, Abbado, Barenboim, Mehta o Sawallisch, de los cuales recibo enseñanzas y vivencias que son imprescindibles para mi desarrollo.
-¿Qué violinistas tuvieron incidencia en su formación musical?
-Tanto Turtschaninova como Bron me inculcaron la idea de formar mi propio camino. Con todo, debo reconocer que Heifetz ha sido fundamental en mi vida. Me gustaba, y me sigue gustando muchísimo. Era mi favorito. Cuando tenía seis años me fascinaba escuchar sus discos una y otra vez. También David Oistrach, en la Unión Soviética, un artista ineludible. Para nosotros era una figura máxima, de una influencia muy fuerte, aunque a través de mi profesora pude descubrir que en el mundo había otros violinistas para admirar. Ahora no tengo modelos. Aspiro a llegar de a poco a los ideales que yo mismo voy desarrollando. Pero debo reconocer que hoy en día también hay grandes violinistas, como Perlman o Zukerman.
-Se ha hablado mucho del Stradivarius Reynier que toca últimamente.
-He devuelto el Reynier a la fundación que me lo había prestado, pero he recibido de la Sociedad Stradivarius otro ejemplar extraordinario, de 1723.
-¿Y el arco?
-Es el arco que usaba Heifetz. Para mí es un honor inmenso poder tocar con el arco que perteneció al gran maestro.
-¿Con qué intensidad incorpora obras nuevas?
-Constantemente estoy estudiando obras nuevas. En los últimos años amplié significativamente mi repertorio. Después de haber hecho los conciertos más importantes para violín, me acerqué a obras menos transitadas, como los conciertos de Glazunov o Nielsen, y estoy en un plan de trabajo con Rostropovich para hacer los conciertos para violín de Buson, Shostakovich y Prokofiev. También tengo previsto grabar con Kurt Masur y la Filarmónica de Nueva York el concierto de Dvorak.
-El repertorio barroco no parece estar entre sus prioridades.
-Ciertamente, pero estoy muy interesado en esta música, y a la espera del momento de empezar a profundizar conscientemente en este período. Supongo que pronto lo haré.
-¿Qué sabe del Teatro Colón?
-No demasiado, pero sé que es uno de los más amplios y hermosos del mundo. Sé también que allí han tocado los más grandes músicos de este siglo. Barenboim me ha hablado mucho del Colón, y realmente tengo enormes deseos de tocar allí.
-¿Le gusta la música popular?
-Por supuesto, en especial el rock y el rap. En general, escucho todo tipo de música.
-¿Y el tango?
-Me parece fascinante. Es más, quisiera poder tocar tangos. He escuchado el disco de Barenboim con músicos argentinos y me encantó.
-¿Existen partituras de tangos para violín y piano?
Maxim Vengerov comenta su pasión por el mountain bike (una especial modalidad de ciclismo en terrenos de montaña), habla de lo bien que le hace la natación y que juega con mucha destreza al ping pong.
Claro que hago deportes sólo cuando se da la oportunidad y cuando tengo algo de tiempo, aclara.
Lejos del difícil trato que establecen algunos de los grandes divos de la música clásica cuando, desde el pedestal, parecerían sentir que otorgar algunos minutos de su tiempo es una pérdida irremediable, conversar con Vengerov es un placer.
Muy inferior, por cierto, al que produce cuando, con su violín, decide demostrarnos los mil vericuetos que encierran esas obras que él interpreta con todo su talento y su fantasía infinita.
Tres nombres y un repertorio atrayente
Hay tres violinistas veinteañeros que apuntan a dominar la escena musical en los próximos años. La japonesa Midori, el israelí-norteamericano Gil Shaham y el ruso-israelí Maxim Vengerov.
Los tres, señalados por orden alfabético, son los principales candidatos a ocupar el sitio de número uno, ese lugar tan codiciado que, aunque con algunos disensos, la crítica y el público le han otorgado a Itzhak Perlman desde hace unos cuantos años.
Midori y Shaham pasaron recientemente por Buenos Aires, y ahora el Mozarteum trae a Vengerov al Colón para que no queden dudas. Para que el más pasional y más diabólico de los tres arroje sus andanadas de sonidos casi eléctricos desde el arco hasta el corazón.
Mañana, con Itamar Golan -su compañero desde hace cuatro años- en el piano, Vengerov va a tocar la Sonata K.378 de Mozart; la Sonata Primavera de Beethoven;la Sonata número 2, de Prokofiev, y 10 preludios de Shsotakovich arreglados para violín y piano por Tziganov.
Pasado mañana repetirá la sonata de Mozart, seguirá con la Sonata Op.82 de Elgar y concluirá con piezas de virtuosismo del repertorio para violín. Es decir, miniaturas de Kreisler, Bloch, Massenet, Tchaikovsky y Antonio Bazzini, para que Vengerov, a pura chispa, dispare récords de notas por segundo, altere los ritmos cardíacos, haga contener la respiración de los oyentes, y deje felices a quienes tengan la fortuna de poder asistir.
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