
Tras años de comedias burdas, mal humor y borracheras legendarias, ahora Bill Murray es actor con mayúsculas. Por su trabajo en Perdidos en Tokio ganó el Golden Globe
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Es un tipazo que se desdibuja en medio de un entorno de asistentes, ayudantes y comida que llega a la habitación. Hablamos de su carrera cinematográfica, más específicamente de su nueva película, Perdidos en Tokio (Lost in Translation), en la que encarna a un actor casado y mayor que se liberó de hacer pésimas películas comerciales y se fue a un hotel lujoso en Japón, donde mantiene un romance desconcertante con una mujer joven (interpretada por Scarlett Johansson). Sofia Coppola, la directora, escribió el guión pensando en ofrecerle a él ese papel. Y ciertamente da la sensación de que estamos espiando el mundo privado de Murray, el actor de Hollywood entrado en años que finalmente quiere descansar de una vida de agitación y excesos. (A los 52 años, se casó dos veces, tiene cinco hijos y vive en Nueva York con su esposa, Jennifer Butler.) La actuación de Murray recuerda la franqueza personal y sexual de Marlon Brando en Ultimo tango en París [Bernardo Bertolucci, 1972]. En este sentido, Coppola es parte de una generación de directores jóvenes que, ya pasada la juventud de Murray, contribuyen a descubrir el pathos que subyace en sus comedias. El director Wes Anderson, por ejemplo, que desencadenó esta reinvención con Tres es multitud y Los excéntricos Tenembaum, se crió mirando las actuaciones cómicas de Murray, y por eso entiende que aquellos papeles siempre se basaban en algo más profundo, un sentido del absurdo que sugiere todo un sistema de creencias. Bill Murray no es Bob Hope ni Jim Carrey; es Humphrey Bogart.
Me enteré de que, cuando recién empezaba tu carrera, te regalaron un micrófono de jabón que te cambió la vida.
Es cierto. Qué idea brillante: un micrófono de jabón para cantar en la ducha. Era mi primera temporada en Saturday Night Live, y la tenía que pelear. Siempre hacía de segundo policía o de segundo agente del fbi. Como era el nuevo, se me hacía difícil. Entonces, así como te puede pasar que un perro sea tu único amigo, me encariñé con el micrófono de jabón. Me desgañitaba cantando en la ducha. Y eso finalmente fue un sketch. El tipo presenta a otros personajes: "¡Traigamos a mi vecino a la ducha!". Corro la cortina, y aparece Buck Henry. Se mete en la ducha y afirma: "Sos amante de mi esposa". Yo digo: "¡Bueno, que entre ella también!". Así que terminamos los tres en la ducha haciendo una escena para desternillarse de risa.
¿Te metías en la ducha en el programa?
Sí. Quedaba empapado. Después de eso, la cosa cambió.
En una escena de Perdidos en Tokio, te agarrás una de esas borracheras legendarias que casi todos evitamos después de cierta edad. ¿Todavía tomás así?
Se hace más difícil. Primero porque uno tiene otras responsabilidades, y segundo porque hay restricciones. Sigue pasando, pero no como antes. Antes, sucedía todas las semanas. Cuando tenía ese trabajo en Saturday Night Live, la presión era muy grande, y uno sentía que constantemente necesitaba material nuevo. No sólo material cómico, sino también emocional, y entonces hacía falta chuparse todo.
¿Qué hace que una salida sea espectacular?
Que uno se deje llevar sin dejar de estar al tanto de que uno se está dejando llevar. Si lográs hacerlo y tener conciencia de adónde vas, es un ejercicio. Es disciplina. Dejarse ir y ver qué sucede. Para eso hay que ser valiente. Y si uno está con gente que no conoce, da más miedo.
En la película, tu personaje dice que el momento en el que uno más miedo tiene es cuando nace el primer hijo.
La gente habla sólo de la felicidad que se siente en esa situación, pero también está el horror: tu vida tal como la conocés se terminó. Se terminó el día en el que nace el bebé. Se terminó, y empieza algo totalmente distinto.
En una escena, le pegás a una pelota de golf. Un tiro genial. ¿Sos vos?
Sí. La hice mierda. Le di con todo. Ese campo es en el monte Fuji.
¿Así le pegás siempre?
Cuando le pego bien, le doy así, pero ese día yo estaba un poco más atento. Tenía ropa cool y un palo de una madera excelente. Como dicen en la entrevista después del partido, le quería dar un buen golpe. Y le di con todo. Y ahí terminó mi trabajo del día. El equipo volvió a la ciudad a rodar, y yo me quedé jugando.
¿Dónde jugabas cuando eras chico?
En el Indian Hill Golf Club [de Winnetka, Illinois]. Ahí fui caddy desde los 10 años hasta que cumplí los 18. La mayoría de los personajes de Caddyshack estaban basados en la gente que trabajaba en el Indian Hill. Mi hermano Brian, que escribió el guión junto con Dough Kenney, también hizo de caddy en el club. Y gran parte del guión salió de la experiencia de mi hermano Ed. ¿Pero a qué ibas? Te interrumpí.
No iba a nada.
Ah, bueno.
En Perdidos en Tokio, Sofia Coppola pensó tu papel a tu medida. ¿Lo sabías?
Me había enterado. Tenemos un amigo en común que me comentó que estaba por salir un guión. Cuando lo leí, vi un montón de elementos de mi experiencia personal. Cuando alguien me dice: "Tengo un guión que escribí para vos", en general no es bueno. A veces, lo leo y pregunto: "¿Lo escribiste vos?". Y no, lo escribí yo, porque son todas frases de mis películas cómicas.
De Tres es multitud en adelante, te están ofreciendo personajes de más peso. ¿Cómo ves tu carrera?
Pude darme el lujo de tomarme tiempo, de hacerla a mi propio ritmo. No se puede obligar a la gente a que te vea de otra manera. En mi opinión, El filo de la navaja [John Byrum, 1984] es una muy buena película. Pero, en ese entonces, se la despreció tanto como al trabajo de cualquier otro comediante que haga un papel serio hoy en día. Sucedió también con El Majestic [Frank Darabont, 2001], la película con Jim Carrey… A la gente no le gustan las películas dramáticas con comediantes.
Los espectadores se enojan, como si se les estuviera quitando algo.
Así reaccionaron conmigo. Yo pensaba: "¿Pero no somos todos algo más que eso?". Sin embargo, no me asombró, aunque creí que los críticos profesionales iban a decir: "Bueno, no tenemos que descartar esto porque el tipo en general haya hecho otras cosas", a menos que sea algo verdaderamente deplorable; ahí tenés que saltarle al cuello.
¿Por qué estás haciendo mejores papeles?
Los guiones se van perfeccionando. En parte es porque no acepto cualquier trabajo. Si lo hiciese, terminaría intentando crear algo que no tiene integridad. Las primeras películas que hice no tenían guión. Había que inventarlo en el set, día a día. Así que, después de un tiempo, pensé: "Bueno, yo soy divertido, pero me gustaría tener algo mejor armado". Cuando uno comienza su carrera, lo único que quiere es trabajar. Pero cuando te pasan cosas en la vida, te das cuenta de que no se trata de tu carrera y nada más. Cuando no aceptás un trabajo de ésos, ves que otro lo toma y hace malabares para arreglárselas: o el tipo no sabía cómo compensar con su actuación lo que faltaba en el guión, o el director le dijo: "Así tiene que ser". No quiero discutir por esas cosas. Ya discutí y gané, pero es extenuante.
¿Hiciste alguna película que consideres un error?
Estuve en Kingpin, que a algunos les pareció demasiado subida de tono.
Naciste y creciste en Illinois, un Estado del medio Oeste norteamericano. ¿Tu sentido del humor tiene algún rasgo regional?
Creo que sí. Los que vienen del medio Oeste son graciosos. Como [Chris] Farley: era gracioso. Te hacen sentir cómodo. Así evalúo a un actor cuando veo una película. Digo: "Está bien, me hace sentir cómodo. Sabe lo que hace. Nada del otro mundo, pero sabe lo que hace". No me preocupa pensar: "Uy, Dios mío. A ver con qué estupidez sale éste ahora, porque es siempre así".
Solés hablar mucho del medio Oeste y de los buenos modales. ¿Te molestan las personas sin modales?
En mi vida conocí a más personas que el común de la gente. Y, entre tantas, conocí a un montón de personas desagradables. Si uno es humano, padece cuando tiene una mala experiencia con alguien. Me di cuenta de que muchos años después seguía sufriendo por eso. Un idiota te hace obrar como un idiota porque... una mala persona se la pasa apretando el botón del mal, y bueno, ahí está: me la agarro con un hijo de puta. Antes pensaba que, como me indignaba por las cosas que estaban mal -y todavía a veces me pasa-, estaba bien descargar esa emoción. Pero, en realidad, hay que elegir las peleas. Hay que ser mucho más juicioso de lo que yo creía. Hay que contenerse. Si no, se pierde mucha energía.
¿Pensabas que podías corregir la mala conducta del mundo?
Sí. Me pasaba mucho tiempo tratando de corregir los modales de la gente. Si se me acercaba alguien, yo le decía: "Soy de Illinois, y allá, antes de pedir nada, nos presentamos".
Pero parecés llevarte mejor con la fama que algunos de tus contemporáneos. No parece resultarte tan difícil.
En ese sentido, tuve una gran ayuda. Por suerte, vine detrás de John [Belushi] y Danny [Aykroyd]. Eran amigos míos, y se hicieron famosos un año antes que yo. Los pude ver, y la verdad es que todos aquellos que se vuelven celebridades quedan hechos unos imbéciles durante un año y medio. Hay que darles un año y medio, o dos. Se les arman tantos embrollos y el mundo se les da vuelta a tal punto, que sus respuestas también se distorsionan. Yo les doy a todos uno o dos años para que se adapten a la fama. Porque al principio sé cómo es. Tuve la posibilidad de ver a estos tipos; seguía siendo amigo de ellos, se comportaban de esa forma conmigo y yo les decía: "Pero déjense de joder". Y cuando me pasó a mí, [Belushi y Aykroyd] me llevaban un año y medio de ventaja: estaban en el nivel siguiente. No hay nada que te pueda preparar para ese momento. Sin embargo, tuve suerte. Para mí, venir detrás de ellos fue una verdadera bendición.
¿Es raro trabajar con directores más jóvenes?
A veces, es desagradable. No por la edad. No tengo ningún problema con Sofia [Coppola]. Leyó mucho y sabe de historia. Conocí a una persona que cumplía años el 22 de noviembre y le dije: "Ah, una fecha patria". Me contestó: "Algunos años cae ese día", por el Día de Acción de Gracias. Pero yo hablaba del día en el que asesinaron a John Kennedy, y pensé: "¡Ay, Dios! ¿Dónde estoy?".
¿Tenés miedo de envejecer?
Una vez, leí algo extraordinario sobre el envejecimiento, un texto que escribió Henry Miller y que se llamaba "I’m Turning 80" [Cumplo 80 años]. Miller era un personaje total, y escribió esta genialidad: "La gente cree que si llegás a los 80, estás viejo, estás triste. Pero cuando tenés 80 años, sabés portarte como una persona de 80. También sabés portarte como una persona de 10, de 15, de 30, de 50. Cuando quieras, podés portarte como si tuvieras 10 años. Cuando quieras, podés coquetear con una mujer más joven. Sólo que ahora tenés un poquito más... Podés tener 80".
Parecés haber sido un gran lector.
Cuando era chico, me leí toda la biblioteca del St. Joe. Era mi escuela primaria. Hasta los 13 o los 14 años, leía todo. No me importaba qué era. Entonces no había muchos libros sobre ciencia, aunque eso me gusta ahora. Como The Way Things Work. Las palabras de por sí tienen una fuerza impresionante. Me acuerdo de que leí un poema de Walt Whitman que hablaba de las distintas profesiones, de las palabras relacionadas con cada profesión, y me llegó mucho: entendí la fuerza de la palabra.
Cuando eras chico, ¿emulabas a algún comediante?
Me gustaba mucho Bob Newhart, que conducía Saturday Night Live. Es el tipo más anticuado y prolijo del mundo, pero es graciosísimo. Y Jack Benny tenía onda; sus tiempos eran perfectos. Esos tipos eran graciosos, pero casi todos los comediantes pasan por una etapa en la que son graciosos y después dejan de serlo.
¿Por qué pierden esa magia?
No sé. Creo que en parte es por la fama. La fama es un gran punto en contra para muchos, y cuesta superar la presión que trae consigo. Es lo peor que hay.
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