Antes de presentarse en el festival Music Wins, el compositor francés desarrolla las ideas detrás de su más reciente disco, y explica por qué está cansado de que lo asocien con Amélie
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En 2001, el realizador francés Jean-Pierre Jeunet volvió a poner al cine de su país en el centro del huracán mediático a partir de Amélie, una fábula tan romántica como inocentona protagonizada por Audrey Tautou. Casi a la par del éxito de la película, su banda de sonido tuvo la misma relevancia mediática, y dio a conocer al mundo el nombre de Yann Tiersen, su principal compositor. Con el paso de los años, este éxito se volvería un estigma para el músico nacido en la región de Bretaña, y la explicación es entendible: lo que aparece en pantalla no fue escrito especialmente para la ocasión, sino que se reparte entre canciones de sus tres primeros álbumes (La Valse des monstres, Rue des cascades y Le Phare), junto con algunos bocetos de ideas que Tiersen estaba desarrollando para su cuarto disco, L’Absente.
Es entendible entonces que Tiersen abogue para que se lo deje de asociar con las callecitas de Montmartre y la cafetería Les Deux Moulins. Esas canciones son sólo una viñeta de una carrera que abarca ocho discos en donde conviven la música erudita, la experimentación sonora y la ausencia de la delimitación de formatos. Su trabajo es el correlato de su propia historia: empujado por sus padres, empezó a estudiar violín de manera académica, hasta que a los 13 descubrió el punk y, pocos años después, incorporó a los samplers como herramientas básicas de trabajo. En su discografía aparecen nombres de la vanguardia de la música clásica al lado de los de Jane Birkin, Stuart Staples (Tindersticks), Liz Fraser (Cocteau Twins) y Neil Hannon (The Divine Comedy). Su tercera visita a Buenos Aires será por partida doble: el lunes 24, compartirá cartel en el festival Music Wins junto a Mogwai, Beirut y Tame Impala; al día siguiente, Tiersen tiene su sideshow propio en La Trastienda, con Juan Ravioli como artista invitado. Ambas oportunidades son válidas para dar cuenta de la experiencia sonora de Infinity, su flamante octavo trabajo, y también para comprobar que hay vida más allá de Amélie.
La mayoría de las canciones de Infinity se grabaron en Islandia. ¿El paisaje fue una influencia para el clima del disco?
Vivo desde hace años en Ouessant, una isla al norte de Francia. Tengo mi estudio ahí, y es donde grabé todos mis discos. Después de tres meses de girar por Estados Unidos y Europa, quería ir a otro lugar y no despertarme en la mañana pensando que tenía que trabajar. Islandia me había gustado mucho, así que me alquilé una casa en Reikiavik por dos semanas para descansar y despejarme, pero me terminé quedando dos meses, a medida que volví a escribir canciones. Era febrero, y oscurecía muy temprano, lo que me permitió focalizar en lo que tenía que trabajar. Era una oportunidad única en la vida: estar encerrado en un cuartito minúsculo, sin más que mi música.
Las canciones del disco están cantadas en tres idiomas distintos: islandés, feroés y bretón, ¿de dónde salió esta búsqueda?
Nací y crecí en Bretaña, y siempre me fascinó nuestro lenguaje, porque tiene tres ramas distintas: gálica, irlandesa y bretona. Salen todos de la misma raíz, y en un principio quise encontrar la manera de unirlos. A medida que empecé a trabajar en Islandia, me pareció lógico hacer algo en la lengua local, así que tuvieron que ayudarme a traducir las letras. Son idiomas que se hablan en islas de Europa, así que esa búsqueda me llevó al feroés, que tiene el mismo origen que el islandés, porque ambos nacieron en la región escandinava.
¿Es cierto que a los trece descubriste el punk y rompiste a propósito tu violín para comprarte una guitarra eléctrica?
Sí, estaba atravesando una crisis adolescente y me sentía frustrado porque mi mamá me forzaba a estudiar ese instrumento y seguir la educación clásica. Me harté, lo rompí contra una silla y el problema estuvo resuelto, ja. Crecí en Rennes, una ciudad no muy grande en la que todos los años hay un festival llamado Rencontres Trans Musicales. Entre fines de los ochenta y principios de los noventa pude ver ahí a Nirvana, Television, y Suicide, algo impensado para nosotros. Me atrajo la idea de que se podía hacer música a través del instinto en vez de partir desde el conocimiento.
En tu música hay una combinación entre sonidos clásicos y otros no tan convencionales, como máquinas de escribir, ruedas de bicicleta y sartenes... ¿Cómo llegaste a esa mezcla?
Para mí, la música es el arte de combinar sonidos, así que no veo a a un piano o una guitarra como instrumentos en sí, sino como herramientas para producir sonidos. Cuando empecé a hacer música por mi cuenta eran los comienzos del apogeo de los samplers, así que empecé a jugar con eso, a tomar muestras de audio de lo que fuera, y terminé teniendo una gran librería de sonidos en la que toda combinación era posible.
Tenés ocho álbumes de estudio, pero mucha gente te considera como un compositor de bandas de sonido, ¿pensás que tiene que ver con las imágenes que sugiere tu música?
Puede ser, no sé. Hice una sola banda de sonido, la otra está hecha a partir de canciones de mis trabajos anteriores, y algunos demos de otro disco con el que estaba trabajando en ese entonces. En las películas, se busca que la música ayude al director a explicar lo que quiere decir, y creo que es totalmente lo opuesto. Es absurdo que un músico tenga que encontrar la manera de narrar una película, realmente no tiene sentido, porque la música no es lenguaje, sino algo totalmente abstracto. No podés controlarlo, porque es algo muy puro, es como energía, algo muy físico. Un director puede tomar tu música para acompañar algo que quiere decir, pero de todos modos siguen siendo cosas distintas, porque esa no tiene que ser su finalidad. Las canciones de mis primeros discos se usaron en Amélie, y no tienen nada que ver con la película. Basta con mirar los títulos de las canciones para ver que son cosas muy distantes. En definitiva, ¿a quién le importa?
Por Joaquín Vismara
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