35 años después encontró la camioneta que su familia había vendido por necesidad y viajará a Ushuaia como hizo su abuelo
Un mendocino y la Ford Bronco que fue de su familia participará del rally “Locos de la Patagonia”, junto a su padre, y repetirá la travesía de su abuelo
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La historia no empieza con un hallazgo, ni con un viaje, ni siquiera con una decisión. Empieza con algo que ya no estaba en la familia Moyano: una camioneta Ford Bronco modelo 1979 Americana que seguía presente en cada conversación, en cada recuerdo, en cada sobremesa donde el pasado volvía a aparecer como si no se hubiera ido nunca.
La camioneta era de esas que no pasaban desapercibidas. Pero en esta familia mendocina era mucho más que eso: era parte de una época, de una forma de vivir, de entender la ruta y el mundo. Con esa Bronco, Carlos, abuelo de Juan Ignacio “Juanchi” Moyano, había hecho un viaje que, incluso hoy, sigue sonando a aventura: llegar a Ushuaia cuando las rutas eran de tierra, cuando cruzar un río implicaba subir el vehículo a una barcaza y cuando el sur todavía era, de verdad, el fin del mundo.
“Mi abuelo era un loco de la Patagonia, pero de los de antes”, dice Juanchi, sin exagerar. “De los que se iban sin saber bien qué iba a pasar, cuando no había asfalto, no había puentes, y todo era mucho más difícil”.

Ese viaje quedó grabado como una especie de mito familiar. Una historia que se repetía y crecía con los años. Pero también quedó atada a la camioneta. A ese vehículo que había sido testigo de todo.
Hasta que un día dejó de estar.
En 1989, por problemas económicos, el padre de Juanchi —Pancho— tuvo que venderla. No fue una venta más. Fue de esas decisiones que se toman con resignación, sabiendo que lo que se pierde no se recupera fácilmente. “Mi papá la quería mucho, muchísimo. Era una camioneta muy especial para él”, cuenta Juanchi. “Después la quiso volver a comprar, la buscó durante años, pero nunca más supo nada”.
“Vendimos la camioneta por necesidad y luego la buscamos años y años”
La Bronco desapareció. Y con ella, una parte de la historia familiar quedó en suspenso.
Juanchi era chico cuando eso pasó. No tenía la dimensión completa de lo que significaba, pero sí creció escuchando esa ausencia. Escuchando a su padre nombrarla, recordarla, imaginarla. Como si la camioneta no se hubiera ido del todo.
Con el tiempo, esa historia empezó a tomar otra forma. Ya no era solo un recuerdo ajeno: se volvió propia. “Yo la escuché toda la vida”, dice. “Y llegó un momento en que dije: la tengo que encontrar”. No fue una decisión impulsiva. Fue algo que se fue armando con los años, hasta convertirse en una búsqueda concreta. Juanchi empezó a rastrear datos, a seguir pistas, a preguntar, a moverse. Mendoza, San Juan, Buenos Aires, Córdoba. Donde hubiera una posibilidad, ahí iba. Muchas veces le llegaban mensajes, fotos, indicios. Utilizó las redes sociales, preguntó, indagó, viajó. Y cada vez que creía estar cerca, no era. Otra camioneta. Otro modelo. Otra historia.
“Me pasó varias veces de ir hasta algún lugar con ilusión y darme cuenta de que no era la misma. Es frustrante, pero seguía”, recuerda. Así pasaron los años. Hasta que en 2024, cuando la búsqueda ya parecía más un gesto de obstinación que una posibilidad real, ocurrió lo inesperado. La encontró.

Fue un hecho insólito: no la encontró en otra provincia ni en un lugar remoto. No en el sur. Estaba cerca, muy cerca: a unos 20 kilómetros de su casa, en Mendoza, dentro de un galpón en desuso. Abandonada. Quieta. Como si el tiempo hubiera pasado por encima de todo menos de ella.
“Cuando la vi, no lo podía creer”, cuenta. “Estaba bastante venida a menos, muy caída, pero era esa, era nuestra Ford Bronco. No podía creer lo que estaba viendo”, evoca, todavía emocionado. Habían pasado 35 años desde que su padre la había vendido.
Más de 35 años en los que la camioneta había cambiado de manos, de usos, de destinos. Más de 35 años en los que nadie en su familia supo dónde estaba. Y, sin embargo, ahí estaba. Esperando.
Juanchi no dudó. Hizo lo necesario para recuperarla. Porque eso fue lo que sintió: que no la estaba comprando, la estaba recuperando. “Era como traerla de vuelta a casa”, dice Juanchi. La Bronco no estaba en condiciones ideales. Lejos de eso. Pero tenía lo esencial: seguía siendo la misma. Y eso alcanzaba para empezar.
Repararla, darle una lavada de cara y aparecer de sorpresa en casa
Lo que vino después fue trabajo. Horas, días, semanas de arreglos, de pruebas, de mecánica, de paciencia. No se trataba de una restauración de exhibición, sino de devolverle la vida suficiente como para que volviera a rodar.
“No está 100% restaurada, ni cerca”, reconoce Juanchi. “Pero la hicimos andar, que era lo importante”. Y entonces llegó el momento más esperado. El que, de alguna manera, justificaba todo. Ir a ver a su padre. No le avisó. No le dijo nada. Simplemente apareció con la camioneta.

La reacción fue inmediata. Pancho la vio, se acercó, la tocó… y se quebró. No hizo falta decir mucho más. En ese gesto estaba todo: los años, la pérdida, la sorpresa, la emoción acumulada. Más de 35 años después, la Bronco volvía a estar ahí. “Fue un momento muy fuerte”, dice Juanchi. “No me lo voy a olvidar nunca”.
A partir de ahí, la historia podría haber terminado. La camioneta había vuelto, el círculo parecía cerrado. Pero en realidad, recién empezaba otra etapa. Porque la Bronco no era solo un recuerdo. Era movimiento, historia viva y ruta.
La idea surgió casi sin pensarlo demasiado. Estaban juntos cuando vieron que abrían las inscripciones para el rally “Locos de la Patagonia”. Y Juanchi, casi como al pasar, lo propuso: “¿Y si vamos con la Bronco?”. Pancho dudó. No por falta de ganas, sino por todo lo que implicaba. “Me decía que era difícil, que la camioneta no estaba lista, que no sabíamos si íbamos a poder afrontar un viaje así”, cuenta Juanchi. “Pero yo sentía que había que hacerlo”.
Y empezó otra carrera, esta vez contra el tiempo. Volver a poner la camioneta en condiciones mínimas, organizar el viaje, resolver lo económico, ajustar cada detalle posible. “Estamos todos los días con algo, siempre hay algo para hacerle”, dice.
La Ford Bronco hará otra hazaña: el rally y Ushuaia
El plan es simple en la idea, pero enorme en la práctica. El 15 de mayo salen rumbo a Bariloche. El 16 largan el rally junto a 125 vehículos antiguos, todos con historias propias. Durante diez días recorrerán más de 3.000 kilómetros por caminos donde muchas veces no hay ruta marcada, donde cada equipo decide por dónde avanzar y donde la única certeza es que no hay asistencia: cada uno se arregla como puede. Pero para ellos, el rally es solo una parte. Porque cuando llegue el final en El Calafate, ellos no van a frenar. Van a seguir hasta Ushuaia. El mismo destino al que llegó el abuelo décadas atrás, en esa misma camioneta.
“Queremos repetir ese viaje, en memoria de él. Es como cerrar algo que quedó abierto”, reflexiona. Después, si todo sale bien, la idea es seguir aún más: cruzar a Chile, recorrer la Carretera Austral, volver por otro camino. Pero eso vendrá después. Primero, lo importante, llegar.
En esa decisión hay algo más profundo que un viaje. Hay una forma de entender la herencia. Porque no todo lo que se hereda es material. A veces lo que se transmite son pasiones, obsesiones, historias que piden ser continuadas. Juanchi no solo heredó el amor por la Patagonia. Heredó también la necesidad de reconstruir lo que se había perdido y de volver a poner en movimiento algo que había quedado detenido.
La historia de los Moyano, mendocinos de pura cepa, emociona. Una camioneta de 1979 que vuelve a rodar, un padre que se conmueve como si el tiempo no hubiera pasado y un hijo que decide buscar durante años algo que parecía imposible.
“Lo viejo funciona”, dicen muchos de los que participan en este tipo de travesías. Hoy, 37 años después de aquella venta que dolió, padre e hijo vuelven a subirse a la misma camioneta para seguir escribiendo.
El sur los espera y los caminos, también. Y en algún lugar, entre el viento, la tierra y las rutas interminables, seguramente viajen algo más que dos personas: viaja una historia. Una que, finalmente, volvió a encontrar su rumbo.
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