Marianne Bachmeier, la madre vengadora que mató al asesino de su hija en pleno juicio
En 1980, Klaus Grabowski abusó y asesinó a Anne, la hija de Marianne Bachmeier; el tercer día del juicio, ella le pegó siete tiros en la espalda a la vista de todo el tribunal; fue juzgada y condenada por homicidio involuntario
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Alemania, 6 de marzo de 1981. Una mujer de 31 años entra en la sala del tribunal de Lübeck, se para detrás del banco donde está el acusado, en una fila de sillas separadas por una mampara baja. Solo le ve la espalda mientras saca una Beretta calibre .22 del bolsillo de su abrigo y dispara ocho veces contra él. Siete le dan en el cuerpo, la octava se encasquilla. El hombre, Klaus Grabowski, de 34 años, muere en el instante.

Antes de que la policía se la llevara, Marianne Bachmeier, la mujer que gatilló, dijo en el tribunal y ante todos: “Quería dispararle en la cara. Por desgracia, le di en la espalda. Espero que esté muerto”. Después la arrestaron. No se lo había propuesto, y quizás ni siquiera lo había imaginado, pero en ese momento se convirtió en el símbolo de la venganza y en un fenómeno cultural cuando mató, frente a todos, al violador y asesino de su hija de siete años, Anna.
El último día de Anna
La mañana del 5 de mayo de 1980 era un día cálido de primavera. Anna Bachmeier, la hija de Marianne, se había despertado con un plan: no quería ir al colegio. Discutió con su mamá para que no la obligara, y lo consiguió. Marianne creyó que la dejaba salir a jugar al jardín. Pero Anna en realidad quería otra cosa: acercarse a lo de un vecino, Klaus Grabowski, un carnicero que unos días antes le había prometido que la dejaría jugar con sus gatos.
Esa fue la táctica del hombre, el anzuelo. Con la excusa de las mascotas, la atrajo hacia su casa, en donde la retuvo durante horas, la abusó sexualmente y la estranguló con unas medias de nylon de su novia. Después, escondió el cuerpo en una caja y lo llevó a la orilla de un canal. Iba a esperar a que llegara la noche para enterrarla. Pero por alguna razón un poco incomprensible, más tarde le contó todo a su pareja. Después se fue a un bar. Ella aprovechó ese momento para denunciarlo. Cuando la policía lo detuvo, Grabowski no negó el asesinato. Incluso indicó dónde había dejado el cuerpo. Pero sí negó haberla violado.

Según reconstrucciones publicadas en medios europeos, ese mismo día Bachmeier estaba “negociando” la posibilidad de que una pareja de amigos se hiciera cargo de su hija. Como madre soltera, atravesaba dificultades económicas, aunque eso no impedía que la cuidara, que la quisiera. Esa tensión —entre el cuidado y el desborde— aparecería más tarde en el centro del debate público, y su imagen oscilaba entre una madre desesperada por amor a su hija y otra descuidada, casi culpable de que la niña anduviera sola por la calle.
La abogada defensora de Marianne, Brigitte Müller-Horn, habló sobre el caso décadas después con el Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung y sostuvo que su hija lo era todo para ella: “Con Anna encontró continuidad emocional, afirmación y amor”. Tras su muerte, la invadieron la desesperación, la soledad, la ira y el odio. También la culpa, por creer que no había protegido a su hija. Pero la historia nunca fue tan lineal, y el caso también abrió preguntas sobre el rol de la Justicia: Grabowski ya había sido condenado en dos ocasiones por abuso sexual de menores, en 1970 y en 1975.

Grabowski
La última condena, casi tres años después del nacimiento de Anna, incluyó la orden de internación en un hospital psiquiátrico, dada la reincidencia del delito. El tribunal había considerado que “sin tratamiento médico, existe el riesgo de que tales actos contra menores se repitan”.
Sin embargo, en 1976 se sometió voluntariamente a una castración química, que le permitió obtener el alta en mayo de 1977. Las autoridades creían que, tras la intervención, “el riesgo de recurrencia” era menor. No pasó mucho tiempo hasta que, al iniciar una nueva relación, accedió a un médico para revertirla mediante un tratamiento hormonal.

Algunos medios explican que le dijo a un urólogo de Lübeck que lo habían castrado por exhibicionismo, y que el médico no profundizó más. Sobre eso, el doctor habría declarado durante el juicio: “Como médico, me pareció indefendible castrar a un hombre tan joven. Simplemente tenía que ayudarlo”. Lo trató con altas dosis de hormonas masculinas. El resultado fue que recuperó el deseo sexual.
Por su parte, la jueza Uta Fischer, que dirigía la unidad de supervisión de libertad condicional del Tribunal Regional de Lübeck, aseguró que no había imaginado que la castración pudiera revertirse de esa manera, y que Grabowski debía “informar inmediatamente sobre cualquier cambio hormonal relacionado con sus inclinaciones hacia los niños”.

Tras asesinar a Anna y ser detenido, seguía insistiendo en que no había abusado de ella. Pero en cada interrogatorio, daba una versión que, aunque difícil de creer, alteraba más y más los nervios de Marianne. Trataba de invertir los hechos, poner a la niña en la posición de instigadora.
La versión del acusado
La absurda versión de Grabowski fue que Anna, de apenas 7 años, había intentado chantajearlo: le había pedido dinero o, caso contrario, le diría a su mamá que la había agredido, que la había “tocado de forma inapropiada”. Él, sostenía, temía por eso volver a prisión, por lo que la estranguló.
El fiscal Schulz explicó a DPA: “Ella [Marianne] dijo que quería evitar que el acusado, a través de su testimonio, hablara mal de su hija públicamente”. También Müller-Horn señaló que Bachmeier había descubierto esas declaraciones donde Grabowski insinuaba esa supuesta extorsión.

Para Marianne, enfrentarse por primera vez en el juzgado con el asesino de su hija fue un punto de quiebre. La mañana del tercer día del juicio creyó entender, a partir de una conversación entre el juez y el abogado defensor, que el acusado iba a declarar. Temía que volviera a desacreditar a Anna, que la tratara de “prostituta”. Müller-Horn escribió: “Entonces miró unas fotos de su hija, irrumpió en la sala y disparó a Grabowski, que le daba la espalda”.
En el juicio posterior, el tribunal concluyó —basándose en informes psiquiátricos— que Bachmeier estaba en pleno uso de sus facultades mentales cuando disparó, pero que actuó de forma impulsiva para impedir una declaración que consideraba una difamación intolerable.

Años después, en una entrevista radial, ella misma explicó: “Nunca se puede generalizar y equiparar el asesinato con el homicidio involuntario. Para mí, lo más importante es el ‘cómo’. Tuve que escuchar cómo el asesino de mi hija describía su muerte, apretando cada vez más la tela alrededor de su cuello. Fue entonces cuando disparé”.
El juicio y la condena
El juicio contra Marianne Bachmeier giró en torno a una pregunta central: ¿había cometido un asesinato premeditado o un homicidio involuntario? El caso acaparó la atención mediática y dividió a la opinión pública. Para muchos, se trataba de una madre desesperada; para otros, de un acto que debía ser castigado para preservar el Estado de Derecho.
Finalmente, los jueces de Lübeck la declararon culpable de homicidio involuntario y la condenaron a seis años de prisión. Der Spiegel escribió: “Marianne Bachmeier no se tomó la justicia por su mano. No portaba el arma esperando el momento oportuno; la llevaba (en este punto, la defensa también debe agradecer a los peritos) como un talismán, como algo que le reafirmara su fortaleza. No buscaba venganza, sino impedir que se repitiera una declaración que consideraba un insulto extremo. Poco después del hecho, dijo: ‘Quería dispararle en la cara. Por desgracia, le di en la espalda. Espero que esté muerto’. No pretendía aprovecharse de la indefensión de su víctima de forma traicionera’”.

Le Monde, por su parte, analizó: “El tribunal no le reconoció circunstancias atenuantes. Pero al acusarla solo por ‘golpes resultantes en la muerte’ en lugar de asesinato (delito reprimido con cadena perpetua), el fiscal general mostró clemencia. [...] Es mucho si se prefiere, como se inclina la prensa de gran tirada, ver en Marianne Bachmeier a una víctima del amor maternal —o del amor a secas— antes que a la autora de un acto homicida”.
Pese a esto, y a que su abogada insistió en que no había actuado como una justiciera, en 1995 ella misma afirmó en una entrevista que había cometido el crimen “tras una cuidadosa reflexión, con el fin de hacer justicia”. También respondió a la pregunta de si se arrepentía: “No, en absoluto. Sería pedir demasiado”.

Obtuvo la libertad anticipada antes de cumplir la totalidad de la condena. Se casó, vivió en Nigeria con su marido hasta 1990, luego se divorció y se instaló en Sicilia, donde trabajó como voluntaria en cuidados paliativos. En 1996, 15 años después de los disparos en el tribunal, le diagnosticaron cáncer de páncreas. Volvió a Alemania y murió el 17 de septiembre de ese año. Fue enterrada junto a Anna.
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