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Nos reunimos a comer en un boliche inmundo que, afortunadamente, no tiene aspiraciones de pertenecer a Palermo Hollywood. Es un almuerzo de oficina que compartimos cuatro o cinco compañeros, en un mediodía soleado, y la charla deriva sin dificultades hacia los temas de siempre: el deporte, las mujeres y el ejercicio que une a ambos, el sexo. Como corresponde a una charla entre hombres, no hay hondura ni mayor intimidad. Sostenemos una conversación inteligente que abunda en referencias culturales (Valeria Bertucelli, Basquiat, John Lee Anderson, The Offspring, Benicio del Toro: los temas de esta mañana cuyo hilo musical es Vicentico y los Cadillacs), con observaciones de índole autobiográfica, pero siempre a resguardo de sumergirnos en complejidades emocionales que nos rocen siquiera el alma. Nos dispersamos en temas insignificantes. Mañana tengo mi primera clase de remo con mi entrenadora personal, digo. Dejo caer la frase seguro de lo que vendrá: risotadas algo vulgares, chistes misóginos, historias de otros hombres que entrenaron con mujeres entregándose a las tensiones de un invisible juego sexual. Imaginamos escenas eróticas en el gimnasio, frente al espejo, montados en la bicicleta o tendidos en las colchonetas, a solas y en el silencio interrumpido por los gemidos del deseo, y las fantasías siempre nos muestran sometiéndolas a ellas, posesivos hasta la humillación. Nos reímos con las bocas abiertas, risas masculinas, potentes y cómplices. Esteban dice que esta mañana recibió diecinueve mails de índole sexual, invitaciones a mejorar su desempeño en la cama y el tamaño de su pene, imágenes insinuantes de mujeres exóticas. Está harto del correo electrónico que escupe ofrecimientos sexuales con pobres muñequitas rusas, mamoushkas exiliadas que andan ofreciendo su cuerpo por el mundo hechas spam. Ninguno de nosotros ha estado nunca con una mujer rusa, pero las soñamos ardientes en sus cuerpos firmes y blanquísimos, carnosas y rugientes, vociferando sonidos extraños e incomprensibles que, sin embargo, denuncian los ardores del deseo y el placer de la carne. Comienza entonces una batalla por imponer la aventura más extraña con mujeres extranjeras, mujeres que gimen en lenguajes desconocidos, mujeres que huelen a perfumes rarísimos: frutos secos, cítricos, madera. Pero no rusas. Las rusas son un enigma para todos, al menos para los integrantes de la mesa, aunque en los últimos años las agencias matrimoniales que ofrecen chicas rusas al mundo occidental se han multiplicado, dice alguien con alguna autoridad. Mirá vos. Che, Alejo, una muñequita rusa, eso te falta, se burlan mis compañeros de oficina, y las risas vuelven a sus mandíbulas cuadradas de muchachones rústicos con lengua filosa. Me río con ellos, pura camaradería masculina, y cuando llego a la computadora reviso mi correo: tres o cuatro mails ofrecen chicas rusas dispuestas a contraer matrimonio. Miro unas galerías de fotos, me aburro. ¿Nos vemos mañana? Dana del otro lado del messenger: Pensé que me habías olvidado. De ningún modo, muñeca, dicen que se acaba el mundo, tenemos que celebrarlo como sabemos hacerlo los dos.









