Aprender a gestionar emociones
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En un mundo laboral cada vez más exigente, con horarios sin fin, mayores responsabilidades, presiones de jefes, disputas con pares, deadlines, trabajo a casa, sobreexigencia y el contexto que no ayuda, corremos el riesgo de que el estrés nos robe la vida. Más aún si le sumamos la ansiedad personal.
La inteligencia emocional es la capacidad que tenemos las personas de aprender a gestionar nuestras emociones para generarnos bienestar. Y la educación emocional, cada vez más en boga en las empresas, es la disciplina que, entendiendo las emociones como competencias, nos asegura que podemos educarlas.
Aprender a gestionar nuestras emociones implica en primer lugar reconocerlas, validarlas y darles un lugar, algo que representa un desafío en el marco de las organizaciones, en las que, en general, son vistas como algo negativo. Como el origen de la palabra lo indica (del latín emovere: poner en movimiento), las emociones son lo que nos mueve a la acción, por lo que son la base de la motivación, e ignorar su rol y la sabiduría que tienen en nuestro desarrollo es sencillamente poco eficaz.
Esa conciencia emocional está directamente relacionada con la importancia de conocernos a nosotros mismos para saber cuáles son las situaciones, personas o circunstancias que nos motivan y que nos generan bienestar y cuáles las que nos estresan, enojan, frustran y nos hacen "descarrilar". Ese reconocimiento emocional implica además aprender a ponerle nombre a la emoción que estoy sintiendo e identificar lo mejor posible lo que la provoca.
Cuando hablamos de gestionar emociones, hablamos de identificar y encontrar su sentido y utilidad, lo que supone tomar conciencia de la relación entre emoción, cognición y comportamiento, generando buenas estrategias de afrontamiento y capacidad para autogenerarnos emociones positivas. Este camino es un proceso que requiere voluntad y dedicación, pero cuyos frutos son valiosos, ya que favorece el bienestar psicológico y nos protege contra el estrés, la ansiedad y la violencia.
Otro concepto que contribuye a la salud psicológica grupal es el de resiliencia organizacional. La resiliencia, entendida como la capacidad que tenemos las personas, las organizaciones y las sociedades de salir adelante de sucesos adversos, es una metáfora de posibilidades que implica dejar de lado los modelos de déficits (el vaso medio vacío) y apuntar a los modelos apreciativos (el vaso medio lleno). Las personas y organizaciones resilientes tienen algunas competencias para imitar: sentido comunitario o de red, optimismo y una visión de futuro esperanzada, aceptación y aprendizaje del error y sentido de propósito. En el nivel organizacional involucra también la prevención: prepararse y anticiparse al conflicto.
Se sabe que estas competencias y actitudes contribuyen a generarnos bienestar y fortaleza emocional, más allá de las situaciones de adversidad por las que estemos atravesando. Y al ser competencias que se puede entrenar, está bueno ir haciéndolo, lo que nos permitirá estar mejor preparados, dispuestos y con los recursos emocionales necesarios cuando llegue la crisis.
Adela Sáenz Cavia, Counselor laboral especialista en educación emocional
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