
¡Ay San Roque, San Roque...!
Por Eduardo Tarnassi Para LA NACION
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San Roque, como alguna vez relatamos, es aquel al que nuestras adorables tías invocaban cada vez que se acercaba un perro desconocido, al mismo tiempo que decían: "San Roque, San Roque, que este perro no me mire ni me toque".
Pero, ¿de dónde surge esta singular plegaria? El santo, que murió de hambre en una cárcel en 1327, sintió la necesidad desde muy joven de ayudar a los que sufrían.
Estando en Roma, se desató la peste y sin pensarlo se presentó como voluntario en el hospital de Aquadependente donde, como parecía inevitable, contrajo la enfermedad.
Lejos de querer molestar se retiró al campo para morir en soledad. Sin embargo, cuando su salud estaba ya muy comprometida, se acercó a él un perro de caza y, día tras día, lamía las úlceras de su cuerpo.
Con el tiempo comenzó a sentirse mejor, mientras que el perro le traía alimento. El dueño del animal, sorprendido por su conducta, lo siguió y encontró al enfermo al que había ayudado. A partir de su muerte se lo representa junto con un perro y de allí la famosa frase. Pero éste no es el objeto de esta historia, sino relatar que en Salta, en una costumbre que se remonta a mediados del siglo XIX, los sacerdotes franciscanos, año tras año, realizan una procesión en honor a San Roque. En ésta los procesantes participan con sus perros. Al parecer, el rito que culmina con la bendición de las mascotas, fue introducido por la colectividad italiana, en particular siciliana, que se radicó en esa provincia.
A los pichichus les colocan una cinta roja alrededor del cuello y algunos dueños se la ponen sólo ese día. Otros, en cambio, durante todo agosto y están los que no se la quitan hasta que se cae sola.
De la original ceremonia, poco difundida por cierto, no sólo participan perros de todo pelo y color, sino que adhieren a ella los efectivos de las fuerzas de seguridad acompañados por los canes con que trabajan.
Finalizada la recorrida por las calles de la ciudad, todos se reúnen en el patio de la iglesia donde, el 16 de agosto último, los bichos fueron bendecidos por Mateo Krupki, padre guardián del Convento de San Francisco.






