
Tres bares de culto en Palermo abren sus puertas para contar las ideas que inspiraron su diseño interior y decoración
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VICTORIA BROWN (Costa Rica 4827)
El humo masónico saliendo de la cabeza de la Reina Victoria, el carro de 1800 y el corazón gaitero de John Brown -su criado y amante- pintados por Martín Ron anticipan la historia que se desarrolla en el interior del bar. Por la tarde es un pequeño y simpático café de impronta americana (menú sobre pizarras negras, azulejos blancos, baldosas en damero); por la noche, la falsa pared de ladrillo se abre para dar acceso a otro tipo de escenario…nocturno, histórico, misterioso.
El proyecto, desarrollado por el Estudio HMA, conjugó y puso en marcha de una gran cantidad de referencias provistas por los dueños de Victoria Brown: texturas, colores, climas y tipos de iluminación. Los guiños al género steampunk son evidentes pero superan las expectativas, creando un lenguaje personal con rasgos industriales y una escenografía con méritos de puesta teatral.
Los tachos colgantes de 200 litros tratados con pinturas acrílicas color cobre son uno de los primeros impactos visuales al ingresar al bar. La barra, el otro: 9.42 metros de largo revestidos con mármol arabescato e iluminados con una instalación hecha a medida. El efecto de corrosión y el color óxido dialogan con los sillones victorianos, las butacas de cuero con capitoné y las imágenes con estilo de época en marcos ornamentados, como si pertenecieran a un mismo tiempo y espacio. En el salón del fondo, cuya pared frontal continúa la intención del mural exterior (aquí se revela a John Brown), los boxes están divididos con puertas tijeras de antiguos ascensores. El cielorraso fue terminado con placas decorativas estilo Pompeya y las mesas con ruedas fabricadas con maderas recuperadas.
Victoria Brown está lleno de -a decir de sus dueños- caprichos o locuras que transmiten su pasión por este universo de lo que es antiguo y futurista a la vez. Uno de ellos es el mecanismo de reloj con engranajes verticales, protagonista indiscutible del frente bar: funciona lentamente (sus motores son de baja revolución), casi como si estuviera cansado, pero proyecta la fuerza inspiradora que recorre a todo el bar. Otro de los caprichos es el híbrido mecánico que se encuentra en medio del salón del fondo: dos piezas ensambladas (un torno y una expendedora de aceite) que impulsa aire para burbujas y tiene luces de led. El último -y acaso más pintoresco- es la instalación de las falsas tuberías de destilería de whisky que concluyen en las estanterías de bebidas con iluminación directa. Una curiosidad: las lámparas de pared (el artefacto, su reja y los cables) fueron encargadas a un artesano en Canadá.
SHELDON (Honduras 4969)
Caminar frente a Honduras 4969 e ignorar la doble invitación de sus puertas, el neón incandescente que reza "Sheldon" y la música que suena desde el fondo es una empresa destinada al fracaso: la primera impresión es de pura seducción. Sheldon reúne los diseños americanos más adorados de las décadas del 50 y 60’ (sillas, banquetas, butacas, sillones, mesas ratonas) y los hace convivir con motivos orientales, cartelerías luminosas y una frondosa familia de plantas, árboles y arbustos. La construcción que aloja al bar, de 360 m2, resultó de la fusión de dos casas chorizo. Entre los relatos que hacen a su prehistoria, hay uno que cuenta que hace más de dos décadas solía ser el hogar del reconocido cocinero Francis Mallman, quien criaba truchas en la pileta que aún se encuentra en la terraza. Además de haber conservado la estructura original de la casa, también se mantienen su parrilla y horno de barro, que ocasionalmente se usan para algún menú fuera de la carta.
El concepto de ambientación, propuesto y llevado a cabo por Laboratorio de Objetos, encontró su inspiración en la película In the mood for love, del director Wong Kar-wai: el planteo de paletas cromáticas concentradas (los tonos rojos, verdes y petróleos segmentan los espacios) y la iluminación cálida pero sutil, son dos de los rasgos que construyen la identidad de Sheldon. Si bien cada pieza de mobiliario o decoración constituye un argumento en sí misma, hay dos que son de consulta, visita y fotografía permanente: los murales del tigre y de las geishas (serigrafía sobre tela que reproduce el dibujo de un muralista japonés del siglo XV) y el árbol centenario cuyas ramas se enredan en la baranda de la escalera guiando el recorrido hacia la terraza.
Todos los muebles fueron recuperados y restaurados por Laboratorio de Objetos. En el sector de la barra se encuentran espejos biselados, butacas de terciopelo bordó con estructura cromada y lámparas hechas con floreros forrados en tela. La emblemática disquería palermitana Miles, ubicada al fondo del bar, es poseedora de dos grandes vitrinas con estantes iluminados que exhiben vinilos de Cat Stevens, Lyle Mays y Leon Russell (sólo por nombrar algunos): se lucen con el mismo orgullo y elegancia que habrán ostentado el día de su lanzamiento.
Además de su espíritu nocturno y su esmerada estética, el techo corredizo con vista a cielo abierto, la música en vivo (Javier Calamaro, Kevin Johansen, Mimi Maura, Willy Crook ya han sido de la partida) y la cocina abierta hasta las 3am son algunas de las virtudes que hacen de Sheldon un must de Palermo. La única pista que revela el origen de su nombre está escondida entre las botellas de la barra. Sólo para observadores atentos.
REY DE COPAS (Gorriti 5176)
Rey de Copas, el bar del artista Sebastián Páez Vilaró, es un inédito y ejemplar reducto para amantes del arte que aprecian su circulación por fuera de los museos. En esta antigua casona palermitana todo es obra suya y de su padre Carlos, notable maestro de la pintura, la escultura y la cerámica que transformaría el espíritu de Punta Ballena con una pieza de arquitectura artística: Casapueblo.
En efecto, el interior de Rey de Copas imprime buena parte de aquellas huellas iniciales. Cuadros, libros, esculturas, marionetas venecianas de más de 300 años y hasta una colección de trompetas configuran salas de exhibición, siempre manteniendo presenta la oferta gastronómica y de coctelería. Colecciones familiares y antigüedades de gran valor histórico le otorgan al nombre del bar (y al juego de naipes) un significado renovador: la experiencia de ocupar un espacio atravesado por el arte en primera persona.
Oscilando entre pieza de mobiliario y obra de arte misma, la barra destaca por su origen: fue construida sobre antiguas vías de tren. Detrás de esta, sobre la pared, un imponente mural tallado en bronce se roba la atención de cualquier bebedor dedicado: exhibe un indescifrable jeroglífico. La antigua máquina registradora, las grandes mesas para trabajo con herramientas y las cortinas hechas con hueso y perlas también atraen la atención por su originalidad. El mobiliario de hierro blanco suele confundirse con alguna herencia de abuelos: también lleva la firma de Sebastián.
Por Romina Metti.






