
Bienvenido al caos
¿De qué hablan los científicos cuando se refieren a este tema? ¿Del tremendo desorden en que están sus laboratorios? ¿Del papeleo sobre sus escritorios?
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Mi vida es un caos. El mundo está caótico. Y del tránsito, ni hablar. Todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de caos, ¿verdad? Pero, y entonces, ¿de qué hablan los científicos cuando se refieren a este tema? ¿Del tremendo desorden en que están sus laboratorios? ¿Del papeleo sobre sus escritorios? Nada de eso: son bastante más concretos y, como siempre, es algo que aparece cuando se mira al mundo con ojos de científico para intentar no sólo entenderlo sino también predecir qué es lo que va a ocurrir. ¿Quién no querría saber el clima de pasado mañana, el ganador del Mundial de básquet, el resultado de una cita romántica que venimos preparando hace tiempo?
Como nos cuenta el físico Gabriel Mindlin –campeón del estudio de los sistemas complejos – en su libro Causas y azares, casi por casualidad se descubrió que pequeñísimas variaciones en las condiciones iniciales de un fenómeno podría dar lugar a resultados insospechados. Y, aunque no las veamos, esas variaciones siempre están: por ejemplo, podemos decidir que los últimos decimales de un número no nos sirven para nada, pero si cambian apenas un cachito, el resultado de, por ejemplo, la predicción o simulación del clima puede dar, literalmente, cualquier verdura. Terreno pantanoso si lo hay: la ciencia, esa campeona de la predicción y la exactitud, metiéndose con lo que no se puede predecir del todo. En otras palabras, se trata de meter un poco de caos en medio de tanto cosmos; esto es mucho más complicado que el vacío que ocupa un hueco, o sea, el Caos según la mitología griega, a partir del cual se creó todo, todísimo.
Uno de los ejemplos más claros podría venir de ese gran, maravilloso escritor llamado Hernán Casciari (con quien no tengo la confianza para llamarlo el gordo Casciari, pero cómo me gustaría compartir algún memorable asado en Mercedes o en Sant Celoni). Cuenta Casciari en sus Charlas con mi hemisferio derecho: "Habíamos ido con Roberto, mi padre, a ver un River-Racing decisivo que perdimos dos a uno. (…). De regreso a Mercedes pensé que, posiblemente, el resultado habría sido otro si esa tarde no hubiéramos ido a la cancha. Supe que, al ir, habíamos modificado sutilmente el destino. (…). Al ir aquella vez a Núñez interactuamos (Roberto y yo) con otras muchas personas. Posiblemente, al ocupar un parking de la cancha de River, hayamos provocado que otro coche tuviera que buscar sitio. Ese coche quizá se haya topado –por nuestra culpa– con el ómnibus que traía al equipo de Racing, impidiéndole el ingreso al estadio. Esos segundos de retraso pudieron haber provocado algún malestar en Rubén Paz que, una hora más tarde y por culpa de aquello, erró un penal que nos hubiera puesto dos a dos. Y habríamos salido campeones."
No será el famoso efecto mariposa, pero sí, más modestamente, el efecto por-qué-Racing-no-salió-campeón. Como diría Siegfried, el vicepresidente de relaciones públicas y terror de una conocida organización internacional del mal, "esto es KAOS, y el mundo, y Racing, se comportarán como se les de la gana". Y no habrá ciencia que lo pueda explicar.





